CUANDO ALGO DEJA DE ENCAJAR

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El proceso de despertar interior no suele comenzar con grandes revelaciones.

Más bien se inicia de forma discreta, casi imperceptible. Una incomodidad leve, una sensación difícil de definir, una intuición que aparece sin terminar de concretarse. No hay todavía claridad, pero sí una cierta inquietud que rompe la aparente normalidad.

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Con el tiempo, esa sensación empieza a adquirir forma: lo que antes se percibía de manera difusa comienza a hacerse más nítido. Aparecen preguntas, se revisan actitudes, se advierten matices que antes pasaban desapercibidos. Es el momento en que uno empieza a verse a sí mismo de otra manera, pero también a mirar de forma distinta lo que le rodea.

Y es entonces cuando algo deja de encajar.

No siempre se trata de una ruptura evidente. A veces es una discordancia sutil entre lo que uno piensa y lo que se dice en determinados entornos. Otras veces es una incomodidad ante actitudes que antes se aceptaban sin mayor reflexión. También puede manifestarse como una distancia creciente respecto a formas de actuar, de relacionarse o de entender las cosas que, hasta ese momento, formaban parte de la normalidad.

No es un proceso inmediato.

Durante un tiempo, esa sensación convive con la vida habitual. Se sigue participando en los mismos espacios, manteniendo las mismas relaciones, compartiendo dinámicas que ya no resultan del todo cómodas. Se intenta ajustar, matizar, reinterpretar. Como si fuera posible integrar lo que empieza a cuestionarse sin modificar en exceso la propia posición.

Pero ese equilibrio suele ser inestable. Porque lo que ha comenzado a verse no desaparece. Permanece como una referencia constante, a veces silenciosa, pero cada vez más presente. Y, poco a poco, la distancia entre lo que uno siente como propio y lo que se vive en determinados ámbitos se hace más evidente.

Es entonces cuando aparece una dificultad distinta. No ya la de comprender lo que ocurre, sino la de decidir qué hacer con ello. Porque permanecer resulta más sencillo.

Seguir en los mismos entornos, aceptar determinadas dinámicas, no cuestionar abiertamente lo que se percibe como inadecuado permite evitar el conflicto. No solo con los demás, sino también con uno mismo. Obliga menos, exige menos decisiones y mantiene una cierta estabilidad, aunque sea aparente.

Pero tiene un coste: el de vivir en una forma de incoherencia que, con el tiempo, se hace difícil de sostener. El de aceptar lo que ya no se comparte del todo. El de posponer una decisión que, en el fondo, se sabe necesaria.

Salir de esa situación no es fácil.

No se trata solo de cambiar de entorno o de modificar determinadas relaciones. En muchos casos, implica asumir una posición distinta, aceptar posibles incomprensiones o renunciar a espacios que habían formado parte de la propia vida durante mucho tiempo.

Y, sobre todo, implica aprender a decir “no”.

No a lo que se percibe como injusto, aunque sea aceptado por la mayoría. No a propuestas que no encajan con la propia forma de entender las cosas, aunque resulten cómodas o ventajosas. No a dinámicas que generan incomodidad interior, aunque no sean abiertamente cuestionadas.

Decir “no” no es un gesto sencillo. Ni fácil. Con frecuencia es un gesto que requiere mucha valentía.

A menudo se asocia con la confrontación, con la ruptura o con una forma de rigidez que se prefiere evitar. Pero, en muchos casos, es simplemente la expresión de un límite. La afirmación de una coherencia que ya no permite seguir actuando como antes.

También exige una forma de honestidad poco habitual. Porque no solo se trata de decir “no” a los demás. En ocasiones, lo más difícil es decirse “no” a uno mismo. Renunciar a determinadas comodidades, reconocer que se ha mantenido durante más tiempo del necesario una situación que ya no encajaba, aceptar que el cambio implica también una revisión personal.

Este proceso no siempre conduce a decisiones inmediatas. A veces se prolonga en el tiempo, con avances y retrocesos, con momentos de mayor claridad y otros de duda. Pero hay un punto en el que la permanencia deja de ser una opción real, no porque no sea posible, sino porque ya no resulta coherente.

Y es entonces cuando se produce el desplazamiento. No siempre visible desde fuera, pero significativo en el interior. Una forma distinta de situarse, de elegir, de actuar. No necesariamente más fácil, pero sí más acorde con lo que uno ha empezado a comprender.

Quizá por eso, cuando algo deja de encajar, no conviene apresurarse a resolverlo de cualquier manera. Pero tampoco ignorarlo.

Porque esa incomodidad no es un error. Es una señal.

La señal de que algo ha cambiado en la forma de ver y de estar. Y de que, a partir de ahí, ya no todo puede seguir siendo como antes.

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