CRITICA DE “YA NO ESTOY AQUÍ” DE FERNANDO FRÍAS DE LA PARRA

En la actualidad, resulta extraño encontrarse con producciones cargadas de tanto lirismo como la película de Fernando Frías de la Parra “Ya no estoy aquí”. La carga poética responde sin duda a un interés personal por el autor en poner de relevancia ciertos aspectos culturales de los barrios bajos de la ciudad mexicana de Monterrey, donde una juventud más que desorientada busca en su yo interior una forma de reivindicar un pasado cultural ancestral a través de la danza “Cumbia” que forma parte de la contracultura Colombia. Es indudable recordar al verla los bailes de las tribus de los nativos americanos que en tantos westerns nos muestran el preámbulo a la batalla o a la caza como rito iniciático de cántico a la naturaleza y a su poder.

Imagen de la Película

A través de este baile, que sirve de hilo conductor argumental en toda la cinta, descubrimos la crudeza social de la juventud pobre, sumergida en bandas locales donde la violencia aflora a cada segundo y donde sobrevivir marca la delgada línea que separa la vida y la muerte. Muerte que se manifiesta de muchas formas, siendo la exclusión social la primera de ellas unida al drama de la migración obligatoria que el protagonista, Ulises, tiene que padecer junto con su madre y su hermana para escapar de los matones del barrio.

Desde ese momento, el descenso a los infiernos convierte a Ulises en el protagonista de su propia Odisea homérica, cuyo regreso a Ítaca se verá alterado por los condicionantes de su epopeya, huida, hambre, enemigos, cárcel y deportación.

La sensación de desarraigo es parte del esquema narrativo, mostrado mediante el propio individualismo de la danza, de la soledad, en un país que no es el suyo, Estados Unidos, y en los barrios más deprimidos de Nueva York. Traicionado por su propia gente, la calle se convierte en su hogar. Los únicos gestos de humanidad son femeninos, representados por una joven oriental con la que no es capaz de comunicarse por el idioma, pero que le acoge en un cuartucho de una azotea, y la buena acción de una prostituta colombiana que le deja dormir en su casa. Erigidas como ninfas salvadoras, son las únicas personas que se preocupan por él. Casualmente ninguna es blanca, porque la representación de los rostros pálidos es frívola, materialista y muy alejada de la realidad del protagonista que escucha sus conversaciones escondido en los bajos de una furgoneta que lleva a varias chicas de compras en territorio yanqui.

Lo masculino es hostil, duro, inmisericorde y violento. No deja margen para el error y no perdona, da igual que sean compatriotas o policías. El camino del perdedor se hace en soledad, ni siquiera está permitido bailar en la calle para ganar unas monedas y la cárcel es la meta con la que encontrarse si eres un ilegal. Después de eso México de nuevo, tras ser deportado.

La vuelta a casa y al hogar en Monterrey no deja un paisaje más esperanzador; los amigos han muerto o han cambiado, ya nada es igual. El desarraigo es peor que en Estados Unidos, ya no hay nadie en su ciudad y en el barrio que pueda ayudarle. La droga y el narcotráfico de las bandas domina la realidad. No hay futuro para nadie. Todo está como sus edificios, desolados, inhabitables, yermos de vida y de esperanza.

La música y la danza se convierten en el refugio donde ahogar el sufrimiento. Todo está perdido o quizás sea el momento de comenzar de cero en otra parte. La cumbia se convierte en una danza tribal con la que bailar bajo el sol para pedir que cambie la suerte o que los augurios sean favorables.

La película cierra con una escena magistral, Ulises en la azotea de un edificio contempla la situación de su barrio; hay dos calles, por una bajan corriendo las bandas de narcotraficantes, por otra paralela suben los coches de la policía. De nuevo la carga poética hace su aparición como metáfora de una realidad que quizás simbolice que unos bajan, los narcotraficantes y otros suben, la policía, en una victoria por un futuro con esperanza donde un joven espectador, Ulises, tenga opción a la redención y una oportunidad en la vida de la nueva Ítaca.

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Imagen Abrahan Domínguez Belloso
Profesor universitario en Cine. Doctor en Cinematografía por la Universidad Rey Juan Carlos, Máster en Historia y Estética de la Cinematografía por la Universidad de Valladolid y Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca. Ensayista y artista plástico. Jurado en Festivales de Cine nacional e internacional y miembro de la Asociación de Críticos de cine catalanes (ACCEC), Federación internacional de la prensa cinematográfica (FIPRESCI), de la junta directiva de la Academia de cine de aragonés y de la academia gallega de audiovisuales.

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