CRISIS POLÍTICA Y RELIGIOSA EN LA ERA TRUMP

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Si empiezo este artículo diciendo que voy a hablar de un payaso demente, la mayoría de los lectores pensarán inmediatamente en el actual presidente de Estados Unidos. Y no se equivocarían. Trump ha causado tanto daño al orden internacional en tan poco tiempo, mediante una combinación de vanidad desenfrenada y niveles de imbecilidad descomunales, que su nombre se ha asociado para siempre con todo lo que está mal en la civilización occidental: decadencia moral, intelectual y ética; total desprecio por la construcción del capital cultural; la veneración de los ricos simplemente por ser ricos; y el retorno a un populismo protofascista, encarnado por MAGA en Estados Unidos bajo la forma de un nacionalismo cristiano antiintelectual, similar al de los talibanes.

Imagen generada por la IA

El intento de invasión de Groenlandia, los aranceles autodestructivos, la creación de una organización paramilitar que ha derivado en el asesinato e intento de deportación de ciudadanos americanos, el secuestro ilegal de Maduro, y de la guerra, también mal planificada y catastrófica contra Irán son algunos de los ejemplos más claros. Con Trump, Estados Unidos se ha convertido en una nación paria, en una sombra de lo que fue.

Pero Trump es solo el síntoma de algo mucho peor. Todo populismo crece cual infección bacteriológica en heridas que no han sido sanadas y que han acabado por infectarse. En el caso de Estados Unidos, esto se debe en parte al fallo de la globalización en la América rural, a los problemas endémicos del capitalismo puro y duro tal y como es practicado en Estados Unidos, y a la increíble desigualdad que genera; así como a elementos característicos de la psique americana (el libertarianismo y la admiración por el rebelde, el “outsider” que “dice las cosas como son” y no pertenece al establishment político).

Lo más chocante, sin embargo, es la influencia del fundamentalismo cristiano de tinte evangélico y pentecostal, que ha sido quizás el factor más pernicioso y peligroso en la creación de la nueva América de Trump. Las comparaciones constantes que el culto de MAGA hace de Trump con Jesucristo, así como la interpretación de ciertos sectores políticos y religiosos de conflictos internacionales —como la guerra en Irán— en términos de cruzada o guerra santa, reflejan hasta qué punto la política se ha fusionado con una visión religiosa extrema.

Pero esta situación actual en la que nos encontramos es la consecuencia lógica de algo que comenzó durante el primer mandato de Trump como presidente. El gobierno de Trump y MAGA han sido señalados por incorporar elementos de lo que consideran fanatismo religioso, especialmente del cristianismo evangélico, en varios ámbitos de su acción política y discurso público. Un ejemplo simbólico fue cuando Trump posó con una Biblia tras las protestas por la muerte de George Floyd, lo que muchos interpretaron como una instrumentalización de la fe. En el plano institucional, el impulso a nombramientos conservadores en la Corte Suprema contribuyó a crear las condiciones para la anulación de Roe v. Wade, una causa central para sectores religiosos que consideran el aborto un pecado absoluto. Además, figuras como Paula White promovieron la idea de que Trump había sido elegido por Dios, reforzando una narrativa de tipo mesiánico.

Paralelamente, parte de la retórica MAGA ha enfatizado el nacionalismo cristiano, sugiriendo que Estados Unidos debe definirse como una nación cristiana, lo que se entrelaza con políticas como las restricciones migratorias a países de mayoría musulmana, percibidas por críticos como discriminación religiosa. A esto se suma la influencia de movimientos como QAnon, que introducen una visión casi apocalíptica de la política como lucha entre el bien y el mal, con Trump en el centro, funcionando en algunos casos como una creencia cuasi religiosa. Finalmente, el uso frecuente de lenguaje que implica que “Dios está del lado” de ciertas posiciones políticas, junto con intentos de ampliar la presencia de la religión en la vida pública, ha sido interpretado por detractores como un debilitamiento de la separación entre Iglesia y Estado.

Esta total aniquilación de la razón nos ha llevado a la situación catastrófica actual, en la que Trump, empujado por Israel, ha comenzado una guerra ilegal que no puede terminar. Una guerra en la que, a diferencia de Israel, América carece de objetivos claros. Si Trump pretendía eliminar y reemplazar al actual régimen iraní, ha fracasado totalmente, y es muy probable que este régimen salga fortalecido de esta guerra. Si Trump realmente quería “liberar al pueblo de Irán”, lo único que ha conseguido es empeorar infinitamente las condiciones de la población iraní. Y si su objetivo era cubrirse de gloria, es muy posible que Trump, además de causar una crisis económica global, haya cometido suicidio político. Esperemos que esto último (el harakiri político) se materialice pronto.

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