Existen momentos en nuestras vidas en los que estamos seguros de que lo que experimentamos es real. Momentos que no se sienten en el tiempo pasado ni futuro, sino total y absolutamente integrados en el tiempo total; como si toda realidad no fuese más que ese momento; como si nada importase realmente más allá de esa integración absoluta con todo cuanto existe, más allá de esa paz en la que ni siquiera necesitas respirar, porque el entorno te sostiene bailando contigo y una suave y perfumada brisa te acaricia el rostro.

Esos momentos son contados a lo largo de la existencia, pero jamás se olvidan. Nos susurran al oído del alma para que ésta despierte y sacuda nuestros necios pensamientos.
Creemos que saber es tener fe ciega sólo en el conocimiento científico, o en los dogmas religiosos; pero solo está el pensamiento científico cuando sólo usa de la razón y solo está el dogma cuando sólo usa de la fe ciega. Esa soledad que ambos tienen sólo se corrige cuando se emparejan y juegan al unísono, tratando de comprenderse, mutuamente, aunque al principio no se entiendan.
Por eso la vida nos regala momentos que trascienden las dudas y nos dan certezas no pensadas, no razonadas, no esperadas, ni interiorizadas previamente como dogma de fe. Esos momentos SON; y más allá de SER no hay nada.
Cuando te encuentras con lo que eres, a través de cualquier circunstancia, sea la que sea, las dudas desaparecen. Saber no es razonar, no es ni siquiera sentir al modo humano; es experimentar todo a la vez y concretamente nada, es vaciarse de uno mismo y contemplarse entero, pero integrado…sin límites que te configuren, sin estrecheces; contemplándote dentro de todos los abismos en todas las direcciones.
No se trata de misticismo religioso ni de entendimiento técnico-científico; es algo diferente. Quizás se trate de habitar en la intersección de ambas “certezas”, pero eso sólo me lo dice la mente. Si le pregunto al alma, ella se calla; me parece que queriendo que no ponga palabras en lo que es indescriptible, ininteligible, pero sin duda verdadero.
En Camino de Vida, Karlfried Graf Durckheim dice: La vía se abre con una experiencia que exige una “conversión”, un cambio total y radical, un cambio fundamental de orientación…
La vía, según yo la entiendo, es la rendija por donde el velo se va rasgando, como cuando la vitela que nos contiene dentro del útero materno se rompe y nos invita a nacer. Puede que no haya una separación real entre esta energía y esa energía, puede que todo sea producto de un sueño dentro de múltiples y fractales sueños que individualmente contienen al Todo. No lo sé; es mi imaginación la que tiene esas visiones y la imaginación, ya se sabe, vuela por espacios inventados. No obstante, ¿qué es la realidad?
En As Valquirias, Coelho dice: Cuando el ritual de un día se consolida el hombre pasa a ser su esclavo, y de esta manera impide cualquier crecimiento interior o exterior.
Nuestras vidas en su mayoría están hechas de rituales, de costumbres inculcadas por otros o adoptadas por nosotros mismos. Somos autómatas, nos movemos sin ser conscientes de hacia dónde lo hacemos. Conducimos en automático.
En El Jardín del Profeta, Khalil Gibran dice: Tratad de percibir ahora en vuestra propia plenitud una belleza más encantadora que todas las cosas bellas, un canto más extenso que los cantos de la mar y del bosque, una majestad que se sienta en el trono del que Orión no es más que un escabel, y que sujeta un cetro del que las Pléyades no son más que la tenue luz de unas gotas de rocío.
Después de pasar por esas experiencias, aunque sólo duren instantes, ya nunca se olvida ese trono en el que te sientas y te sientes, ese poder de ser UNO con todo y a la vez nada contigo. Sintiendo que no es una contradicción ser una individualidad múltiple. Bajando al mundo de la hormiga, del caracol…; subiendo al vuelo del águila y la paloma; siendo fruto y flor. Mirando en todas direcciones que a la vez son una.
Solemos desdeñar la sabiduría ancestral de los pueblos antiguos, considerando que eran ignorantes y que sólo los doctos o eruditos de nuestro tiempo presente o pasado son dueños del saber; pero para muestra de lo equivocados que estamos, cuando así pensamos, lo siguiente:
En La Sabiduría del Indio Americano, Joseph Bruchac, recopila este precioso pensamiento anónimo de un indio navajo: Fue el viento lo que les dio vida. Es el viento que sale de nuestra boca ahora lo que nos da vida. Cuando deja de fluir, morimos. En la piel de la yema de los dedos vemos el rastro del viento; nos indica el viento que soplaba cuando fueron creados nuestros antepasados.
De dónde venimos, a dónde vamos, quiénes somos…; siguen siendo las grandes cuestiones. Sin embargo, ese anónimo indio navajo en su fuero interno, en su alma, sabía que la existencia se mueve en espiral, que todo en el universo entero es una espiral de “viento” (yo lo percibo como aliento del Creador) que forma las galaxias, los agujeros negros, nuestro ADN y las huellas de nuestras manos; esas que nos hacen seres total y absolutamente únicos.

Más allá de toda duda, ni siquiera sé que no sé nada…; pero también más allá de toda duda sé que soy, aunque no sepa qué.






Hermoso artículo. En su meditación sobre la Verdad, la Luz , el soplo primordial … el autor realiza disquisiciones filosóficas de forma poética que, cómo decía UNAMUNO, es la única forma de pensar certeramente, porque la verdadera filosofía no es una fría abstracción racional sino la búsqueda apasionada y trágica del sentido de la existencia. Hay que pensar con las tripas, con la entraña, visceralmente. Sancho era más revolucionario que Don Quijote, llegó a decir el sabio rector. Mi sincero reconocimiento al autor porque ha sido capaz de sentir la filosofía tan poéticamente.
Muchas gracias de corazón.