Quien no se haya enojado en algún momento, arrepintiéndose a continuación por la falta de autocontrol, que deje de leer porque de nada le servirá esta reflexión, al negar y no reconocer que los seres humanos somos principalmente seres emocionales, así como la necesidad del equilibrio entre razón y emoción. De manera que, al proponer controlar nuestra amígdala, no es una llamada o propuesta a dejar de sentir, sino a aprender a comprender y regular nuestras emociones para vivir mejor.

Durante mucho tiempo se nos enseñó que la razón y la emoción eran opuestas. Pensar bien significaba no dejarse llevar por los sentimientos, y sentir demasiado era visto como una debilidad. Filósofos como Platón ya hablaban de la necesidad de que la razón domine los impulsos, y siglos después René Descartes reforzó esta visión al separar mente y cuerpo, razón y emoción.
Sin embargo, en cuanto a la citada separación la ciencia ha demostrado que pensar y sentir son procesos profundamente conectados, tal y como pone de manifiesto el neurólogo Antonio Damasio en su libro El error de Descartes: “No somos máquinas racionales que sienten, sino máquinas emocionales que piensan”. Es decir, nuestras emociones no estorban al pensamiento; lo hacen posible.
La amígdala es parte del sistema límbico, el conjunto de estructuras cerebrales encargadas de procesar las emociones. Su función principal es detectar amenazas y activar respuestas rápidas de supervivencia. Gracias a ella reaccionamos con rapidez ante un peligro, por ejemplo ante un coche que se nos viene encima frenar nuestro vehículo de golpe o dar un volantazo, o protegernos la cara cuando alguien pretende darnos un puñetazo, son entre otras muchas, respuestas instintivas ante algo que parece amenazante.
El problema aparece cuando esta alarma se activa demasiado rápido o con demasiada frecuencia. Daniel Goleman, autor de Inteligencia emocional, llama a esto “secuestro de la amígdala”. En esos momentos, la emoción toma el control y deja fuera de juego a la parte racional del cerebro. Actuamos por impulso, decimos cosas sin pensar y tomamos decisiones de las que luego nos arrepentimos, ante situaciones como las descritas al inicio.
Por lo tanto, no podemos negar que es muy fácil perder el control, siendo una de sus causas el descontrol de la amígdala por culpa del estrés. Vivimos en un mundo acelerado, lleno de exigencias, notificaciones constantes y presión social. Cuando el estrés se vuelve crónico, el cerebro permanece en estado de alerta permanente. Esto hace que la amígdala esté hiperactiva y que la corteza prefrontal —la zona encargada del pensamiento racional y el autocontrol— funcione peor.
Pero también es causa del desequilibrio del que hablamos la falta de educación emocional. En la escuela aprendemos matemáticas, historia o idiomas, pero rara vez se nos enseña a identificar lo que sentimos o a manejar emociones difíciles como la frustración, el miedo o la ira. Es más, nos da vergüenza reconocerlo por el miedo a que los demás nos tachen de débiles o desequilibrados, siendo lo más fácil poner o ponernos la etiqueta de Persona Altamente Sensible (PAS), o utilizando expresiones tales como «yo soy así» no son más que autosabotajes que buscan justificar nuestras acciones descontroladas, no dejando lugar al propósito de cambio en cuanto al control de nuestras emociones aprendiendo a gestionarlas de manera saludable. El psicólogo Carl Jung lo expresó de forma muy clara: “Aquello que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”.
A esto se suma la cultura de la inmediatez. Las redes sociales y los medios digitales fomentan respuestas rápidas y emocionales. Opinamos antes de reflexionar, reaccionamos antes de comprender, reforzando de esta manera los circuitos emocionales más primitivos y, consiguientemente, debilitando la capacidad de pensar con calma. Demos la oportunidad de que lo urgente no reste tiempo a lo importante.
De lo expuesto hasta el momento, al hablar de “controlar la amígdala” no debe sonarlos a reprimir emociones, porque reprimir lo que sentimos suele tener el efecto contrario: las emociones vuelven con más fuerza. Controlar, en este contexto, significa regular. Es decir, reconocer lo que sentimos, entender por qué lo sentimos y decidir conscientemente cómo actuar, es consecuencia de un proceso donde la corteza prefrontal cumple un papel clave, por ser la parte del cerebro que nos permite frenar un impulso, pensar en las consecuencias y elegir una respuesta más adecuada. Cuanto más entrenamos esta capacidad, más fácil resulta mantener el equilibrio entre emoción y razón, porque tal y como explica la neurocientífica Lisa Feldman Barrett las emociones no son reflejos automáticos e inevitables, sino construcciones del cerebro basadas en experiencias previas y contexto; lo que viene a significar que podemos aprender a interpretarlas de otra manera.
Ahora bien, no debemos perder la perspectiva que la razón sin emoción es igualmente problemática. Las emociones nos indican qué es importante para nosotros. El miedo nos protege, la tristeza nos ayuda a procesar pérdidas, la alegría nos orienta hacia lo que nos hace bien. Son alertas cuyo objetivo no es silenciarlas, sino escucharlas sin que nos dominen. En este sentido, Aristóteles hablaba de la virtud como el justo medio, por lo tanto, del equilibrio entre razón y emoción que no se alcanzará de manera eficaz eliminando una de las dos. Sólo si somos capaces de sentir intensamente y, al mismo tiempo, reflexionar sobre lo que sentimos, tomaremos mejores decisiones y viviremos con mayor bienestar.
Controlar la amígdala es, en definitiva, aprender a conocernos. Es darnos cuenta de cuándo estamos reaccionando desde el impulso y cuándo desde la reflexión. En un mundo cada vez más acelerado y emocionalmente exigente, esta habilidad se vuelve esencial.
En conclusión “Controla tu amígdala” no es una orden, sino una invitación. Una invitación a detenernos, a observar nuestras reacciones y a entender que la emoción no es el enemigo de la razón. Al contrario, cuando trabajan juntas, nos permiten vivir de forma más consciente, equilibrada y humana.
Como señala Daniel Goleman, la verdadera inteligencia no consiste solo en saber mucho, sino en saber manejar lo que sentimos. Aprender a regular nuestras emociones no nos hace menos sensibles; nos hace más libres.



