«CONDENADOS A AVANZAR»

«CONDENADOS A AVANZAR»
Mona Hatoum. Road Works. Performance Still 1985, 1995.

Como penados avanzamos sin saber hacia donde. Remolcamos la vida… arrastrando los pies –desnudos, pues la horma con la que modelan el material que debería proteger nuestros pasos es demasiado estrecha-. No pisamos yerba ni tierra. El cemento rasga la piel, el alquitrán la quema. Sentimos el asqueroso alivio de un sucio líquido al pisar un charco… y seguimos. Sin dejar huella en la existencia. Solo acumulamos suciedad ¿Qué más podemos hacer?

Mona Hatoum. Road Works. Performance Still 1985, 1995.

No sirve de nada girar la cabeza. La sombra que un día nos acompañaba ya no está allí. Ni eso han dejado. ¿Era necesario que la usurparan también? Insaciables, han ocupado incluso la silueta de la imagen que íbamos conformando con nuestros actos.

Así que la historia (la mía y, tal vez, la vuestra) ha sido despojada de todo aquello con lo que una vez construimos una existencia…

Seres vacíos, sin pensamiento más allá de la necesidad de parecer, se atan a mis miembros para no perder el rastro. Botas brillantes (de militar, de skinhead, de pensador, de experto, de gurú, de artista refinado de la cultura…) hollarán cualquier intento por dignificar las vidas que roban.

Con poco más que su cuerpo, Mona Hatoum (Beirut,1952) empezó a sondear la iniquidad con la que el ser humano desarrolla esa actividad a la que denomina política… y que nos convierte a todos en extraños. Proceder de palestinos en Líbano no debía ser suficiente para conseguir una nacionalidad, una identidad. La religión tampoco ayuda en determinadas partes del mundo. En realidad nuestra existencia es un todos contra todos de la que no podemos escapar.

La ignominia de la guerra civil la dejó atrapada en una visita a Londres en 1975. Comenzó un exilio obligado. ¿Cuántas veces hemos de marchar, de abandonar el lugar en el que estamos? Ser desterrados, expulsados, proscritos, es el destino al que nos abocan nuestros semejantes. No siempre utilizan las armas. Basta con la amenaza de la palabra, con la calumnia. Camuflarán y adornarán las suyas (bajo el barniz de la justicia, de la legítima demanda, de la igualdad…). Transformarán las tuyas en algo deshonesto o indecoroso.

¿Qué puedes hacer ante el poder institucional? ¿Cómo evitar las agresiones que las diferentes facciones sociales –agrupadas por ideologías, ilusiones étnicas o de procedencia, intereses económicos, estéticos…- acometen contra lo que intuyen diferente y atisban –siempre en la distancia del desconocimiento- peligroso?

Cada día siento la imposibilidad de seguir tirando de ese otro yo. De seguir remolcando a tantos personajes –ajenos totalmente- pero construidos por aquellos que han decidido por mí: ¿cómo soy, quién soy, qué soy?…. Alguien que acarrea desconocidos de un lado a otro.

Road Works (1985, 1995), fue una performance que realizó por las calles de Brixton. ¡Nada es permanente! Hoy también es una fotografía. Las instituciones intervienen en el mundo del arte de una manera mucho más decisiva de lo que nos gusta creer.

Measures of Distance, 1988

Measures of Distance (1988), es una pequeña pieza de vídeo (si cuantificamos en tiempo). Sin embargo es capaz de contener una enorme cantidad de connotaciones: la distancia enorme –física y mental- que conllevan los desplazamientos forzosos para las personas (relaciones de parentesco, afectivas, amistades,…), la sexualidad femenina (y ésta en diferentes culturas),…

Su madre se está duchando (en esta ocasión las imágenes ya son en color). Superpuestas, aparecen palabras escritas (cartas que Mona Hatoum recibió de ella en Londres durante la guerra civil desde Beirut). Las letras surgidas directamente desde la mano de su progenitora –en árabe- actúan de eslabones en una cadena entre ambas mujeres: no aprisiona, ni atenaza. Abordan la dificultad de la comunicación en los conflictos. Los bélicos, por supuesto, pero existen trances y apuros también en las relaciones personales.

No es un trabajo fácil. No estamos ante un documental ni nada que se asemeje al mundo del periodismo. En realidad la escena es un tanto elusiva ya que queda velada por la escritura, como si estuviese más allá de una alambrada. Solo así puede hablar con libertad esa mujer palestina… a través de la obra y la voz de su hija.

Y aunque su cuerpo está ahí, dispuesto a ser escrutado por nuestra curiosidad occidental, el relato sonoro (con partes en árabe e inglés) nos deja en muchos momentos fuera de la intimidad de la narración.

Emociones enmarcadas por la guerra, el exilio, la desorientación, la separación, la sexualidad y las identidades. La cercanía y la distancia como motor de la existencia.

Over my dead body, 1988-2002

La utilización del cuerpo en el arte -del propio físico- acaba siempre en una deriva social… ¡y ésta va a ser politizada.!

Hatoum lo sabe perfectamente. Es difícil encontrar una confrontación más literal que la que nos ofrece en Over my dead body (1988-2002). ¡Cuántas veces hemos utilizado esa misma expresión! Influenciados por su reiteración en películas, libros, conversaciones en todo tipo de contextos. ¡Por encima de mi cadáver!

Pero seamos serios. La mayoría de las veces no es más que una bravata, un brindis al sol de las luces del interior de un bar. Un verdadero posicionamiento en temas que generen peligro, compromiso, posibles riesgos y pérdidas suele quedar descartado. Es mucho más fácil un like, un tuit ingenioso que demuestre que estamos por la causa, indignados y dispuestos a cambiar el mundo… desde el sofá.

En esta obra hay un enfrentamiento concreto, preciso. Un pequeño soldado de juguete -¿no lo son todos, a pesar de su capacidad de matar?- guarda un equilibrio precario sobre el puente de su nariz. La bayoneta apunta entre los ojos. La mirada de ella desafiante ante la intimidación que queda reducida al esperpento. El hazmerreír bélico.

Light Sentence, 1992

¿Y si el juego pudiese aportar soluciones? ¿En qué nos convertimos cuando abandonamos lo lúdico?

Light Sentence (1992) condensa los malabarismos del lenguaje, sus resonancias prolíficas, las posibilidades… La ligereza de la luz aletea sobre la levedad de una oración, de una sentencia, de una frase. Aún así, las jaulas y la electricidad, en una macabra ceremonia de sombras chinescas fuerzan la comprensión de un mundo terrible en el que no hay cuerpos. ¿O sí?

Si por condena o por cualquier otra circunstancia entramos a formar parte de esta instalación comprobaremos que no hay posibilidad alguna de dar nada por sentado. Todo se transforma, se convierte en otra cosa, ajena, distinta, diferente,… sombras de rejas que encierran algo en un calabozo (pero también a nosotros).

Un solo foco nos permite comprobar la multiplicidad de celdas en las que nos hallamos prisioneros. Cárceles y mazmorras construidas a mayor gloria de la inteligencia humana. Lóbrega, fría,… despiadada.

Current Disturbance, 1996

Current Disturbance (1996) aumenta la apuesta. En un ambiente aparentemente festivo (siempre utilizamos los tópicos, especialmente los sensoriales, ¡como si nuestros sentidos fuesen de fiar!) jaulas y más jaulas de alambre se acumulan hasta completar un espacio cerrado que contiene una bombilla por habitáculo,… cables y más cables… y el sonido amplificado de la corriente eléctrica.

En una Navidad profana los bulbos luminosos se encienden y apagan. El ritmo es irregular. Un ciclo de vida y muerte alumbra objetos y espacios,… venas negras se desparraman –enredadas- por el suelo conteniendo la energía vital y crepitante que mantiene activo todo el proceso.

No podemos negar que hay un enorme atractivo en todo ello. Hasta es posible que resulte amenazante. Toda alteración, todo disturbio, cualquier alboroto, reclama nuestra atención. Nos sentimos fascinados por lo nuevo, lo último,… aunque –realmente- no lo sea.

Hipnotizados, reclamamos nuestra dosis diaria, de forma que debemos generar espectáculos. Tiene que haber luz y sonido… ¡y que sea grande, para que la experiencia pueda ser total!

Grater Divide, 2002

Un pie en el minimalismo y otro en el surrealismo. Con ello consigue que un objeto cotidiano se transforme en el más siniestro (unheimlich) y atroz de los utensilios. Ese común y vulgar útil de cocina, ahora de más de dos metros de altura, es dispuesto ante nosotros como un biombo… un muro cuya posición respecto a él determina nuestra vida… o nuestra muerte.

El rallador es ahora un gigante que consigue –fácilmente- trocearme, laminar mi carne en finas tiras,… lo mismo que puede ocurrir si intento saltar la valla que tantos y tantos países construyen para mantener alejados a esos/otros peligrosos seres.

Entre la risa y el pánico, trataremos de circundar la gigantesca mampara. Alternaremos la elección del lugar adecuado, probaremos la posición más conveniente. ¿Tan fácil es huir del peligro como escoger el lado seguro? La mayoría de las veces sí.

Pero seguro no es lo mismo que correcto. Hatoum nos advierte de ello. También de que la escala del poder puede, independientemente de nuestra posición, decidir despedazarnos en unos instantes. Lo está haciendo… y lo hará de nuevo.

Hot Spot III, 2009

Puede que resuenen las carcajadas. Pero no hay consuelo ni descanso. Con Mona Hatoum podemos ir desde las más loables pulsiones creativas hasta los más abyectos estados destructivos de lo que llamamos humanidad (hay que redefinir urgentemente su significado desgastado, prostituido, empequeñecido).

Cada día vemos los extremos de nuestra propia capacidad… Atrapados entre el dolor, la facultad de torturar… y una creatividad manifiesta. Somos letales. Reescribir el mundo pasa, en nuestra situación actual, por la destrucción. Buscamos el conocimiento en la negatividad… lo hay… pero no encontramos más que desesperación.

Breves y triviales, repetimos las mismas historias. Hemos de ser capaces de volver a ver el mundo. Le damos vueltas a las nociones de escala y poder para concretar los términos territorio y geografía (que hace mucho que dejaron de significar hogar para acaparar la idea de propiedad, de posesión).

Desde un descomunal ego balbuceamos el mantra humanidad pero no lo asociamos a fragilidad. No tenemos ni idea de dónde estamos. Pero todo arde. Los países son alambradas electrificadas incandescentes que calcinan todo lo que tocan. El mundo solo está unido por líneas de fuego que queman mis pies desnudos. Busco otro charco. Está sucio. Entro y me quedo un instante. Ya no duele.

Continúo avanzando sin dejar huella en la existencia. Solo acumulo suciedad. ¿Qué más podemos hacer?

Quería hablar de arte. Buscad la obra de Mona Hatoum.

* Mientras escribía sonaba una y otra vez, desesperada y obsesivamente, “Downtown Train”, de Tom Waits. Álbum Rain Dogs,  1985.

(Deberíais hacer lo mismo… o no. ¡Aunque solo sea esta vez deberíais!)

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