CON LIMÓN Y SAL

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El viaje de vuelta se me hizo interminable. Quinientos kilómetros sumido en la tristeza de una separación que iba a ser larga. El olor a asfalto caliente y la música de Mocedades en el casete del coche aumentaban mi estado de apatía y tristeza. 

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Tampoco ayudaba la ansiedad que me generaba el sobre que había encontrado escondido en mi mochila «Roberto. No lo leas hasta que llegues a tu casa». Olía a ella.

Lo único que podía haber empeorado la situación era que mis padres hubieran intentado animarme. Por suerte, habían tenido una discusión sobre la mejor ruta para volver a casa y en el coche hablamos poco.

No podía parar de recordar los momentos que Marta y yo habíamos pasado juntos. La mayoría de la gente pensaría que había sido uno de tantos amores de verano de dos adolescentes románticos, pero yo sentía que era algo mucho más fuerte. En ese viaje recordé cada uno de los momentos que había pasado con ella con una mezcla de alegría y dolor.

La carta me quemaba en las manos. No paraba de imaginarme las cosas que Marta me habría escrito. Me arrepentía de no haberle declarado más fuertemente mi amor; mi vergüenza adolescente me lo había impedido.

Cuando llegué a casa, ayudé lo más rápido que pude y me fui a mi cuarto a leer la carta. Las manos me temblaban.

«Querido Pablo: Ha sido un verano precioso, eres una de las personas más increíbles que he conocido y el chico más maravilloso que existe. Pero no quiero que te hagas ilusiones. Solo somos amigos y nunca seremos nada más. Sé que esta carta te hará daño, pero prefiero que conozcas mis sentimientos. Espero que, cuando se te pase el disgusto, me perdones y recuerdes las tardes con limonada en la playa. Besos grandes, Marta».

Tuve que leer la carta varias veces para interiorizar lo que ponía. Las lágrimas, la tristeza y la rabia me hacían temblar. En un par de ocasiones tuve el impulso de romper la carta, pero no lo hice.

Durante los siguientes días no podía dejar de pensar en Marta ni en la carta. El amor que había sentido por ella iba dando paso al odio. Cada uno de los momentos bonitos que había estado con ella ahora me parecía una mentira. Y todas mis ilusiones me hacían sentirme tonto.

No solo me dolía la traición, sino la brevedad de la carta. Media cuartilla sin ninguna explicación. Ni siquiera se había dignado a darme razones detalladas.

Pasaron varios días hasta que decidí leerla por última vez antes de romperla. Busqué un sitio bonito cerca del río y la abrí para leerla por última vez. Cada palabra que leía me dolía más, cuando pensé que el alma me iba a explotar caí en cuenta de la frase de las tardes con limonada. Nosotros nunca habíamos tomado limonada, éramos más de horchata y alguna cerveza a escondidas. Un rayo de ilusión cruzó mi corazón y salí corriendo hacia mi casa.

Llegué sin respiración, cogí la plancha y la puse sobre la carta. Las letras escritas con limón aparecieron borrosas, pero legibles.

«Mi madre me ha obligado a escribir la carta. Dice que no le gustas y que no tenemos futuro. Te quiero. Ven a buscarme. Besos».

La carta la perdimos hace muchos años en algún lugar de Asia, pero todos los treinta de agosto brindamos por ella con una limonada.

 

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