CÓMO SER UN PERIODISTA ASQUEROSITO

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En la Facultad nos decían: el periodista está para informar, para contarle a la gente lo que pasa, para decir la verdad. No fueron del todo sinceros.

 

 

Se ha sabido en estos días que dos conocidos periodistas (uno ya célebre por sus trampas y embustes; el otro, un gesticulante y vocinglero conductor de programas de televisión) difundieron deliberadamente información falsa sobre un político español, ahora relativamente retirado. Información falsa quiere decir bulos. Mentiras. Calumnias inventadas, fabricadas para desacreditarle por un siniestro expolicía que vive desde hace décadas en las cloacas de Estado, sótano segundo, al fondo, donde peor huele. Un tipo muy peligroso.

Les digo la verdad: no me sorprende lo más mínimo. Los periodistas, al menos una escalofriante cantidad de nosotros, ya no contamos lo que sucede, después de comprobar y contrastar la información. Contamos lo que nuestros lectores quieren, exigen leer. Y lo contamos como los lectores quieren: sesgado a un lado o a otro, a veces hasta mucho más allá del límite de la manipulación y de la indecencia. Que sea verdad o no, eso es lo de menos. Ya no importa. Hay una broma clásica sobre esto. El presidente norteamericano Lyndon B. Johnson decía: “Yo podría caminar milagrosamente sobre las aguas del río Potomac y la prensa diría: ‘Johnson no sabe nadar’”. Es exactamente así.

El político agredido por esa mentira, que no es santo de mi devoción pero eso ahora no importa en absoluto, ha sido objeto –él y su partido, Podemos– de una veintena de denuncias y acusaciones que, en su gran mayoría, han acabado en los Tribunales. Se han abierto contra él numerosas causas judiciales. Pero todas han sido archivadas. Todas. En ninguna había nada. Esto no quiere decir que este señor sea el ángel del Señor que anunció a María, pero sí demuestra sin lugar a dudas que este hombre lleva siendo objeto de una persecución sistemática por parte de sus adversarios políticos (mejor fuera decir enemigos) desde que empezó a dejarse la coleta. Y en esa persecución han participado, y participan, periodistas. De esos a los que en la universidad o en el máster les dijeron que su trabajo consistía en contar la verdad, como me lo dijeron a mí. De chicos, los de mi generación soñábamos con ser Ben Bradlee o Woodward o Bernstein. Ahora parece que a muchos les basta con tener el teléfono de Villarejo.

¿Por qué difundieron esa mentira, sabiendo que era mentira, los dos conocidos periodistas? En uno de los dos casos no tiene nada de extraño. Ese sujeto tiene la costumbre de calumniar, en realidad vive de eso. Por algo en la profesión le llaman el indaseable. Pero el otro… ¿Por qué? Pues yo creo que solo hay una explicación: el ansia de dar una exclusiva, un notición. Las ganas, casi siempre irresistibles, de causar sensación y de ganar audiencia. Por experiencia sé lo difícil que es resistirse a eso. Aunque sea mintiendo. Aunque sea echando a rodar algo que sabes que es mentira, que estás engañando al público.

Los motivos (que no las razones; es distinto) para que un periodista mienta son muy variados y dependen siempre de la forma de ser del mentiroso. Uno de los más comunes es el afán de notoriedad, que suele mezclarse con una malsana sensación de impunidad. Hubo un corresponsal español que “cubrió” la guerra de Irak escribiendo como si estuviese bajo las mismas balas, cuando en realidad jamás salió de la habitación del hotel. Sencillamente se lo inventaba todo, porque imaginación no le faltaba y estilo literario tampoco. A Boris Johnson, el más delirante primer ministro que ha tenido el Reino Unido en toda su larga historia, lo echaron de The Times –empezó como periodista, ay– por lo mismo, por inventarse lo que contaba. Y es que ser un mentiroso suele resultar muy útil… si no te pillan.

Y a veces también si te pillan. Depende del poder que tengas, o que creas tener. Ustedes no pueden haber olvidado a un conocido director de periódicos que durante años, durante muchos años, publicó en primera página que la matanza del 11-M de 2004, la de los trenes de Madrid (193 muertos), la había cometido ETA. Era mentira. El gobierno de entonces sabía que habían sido los yihadistas, y lo sabía casi desde que estallaron las bombas. Pero mintió para no perder las inminentes elecciones, cosa que no logró. Mantuvo durante mucho tiempo que había sido ETA, primero, y más tarde que “no se descartaba” que hubiese sido ETA. Hasta que la evidencia les hizo callar.

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Pero quien no se calló fue el director de aquel periódico, hombre de personalidad muy compleja y muy difícil. Tenía fuertes lazos con aquel gobierno y, esto sobre todo, tenía un orgullo y una vanidad del tamaño de la cordillera del Himalaya. Y mintió. Día tras día, día tras día, durante años. Cuando todo el mundo se había rendido ya a la certeza demostrada de que habían sido los yihadistas, él continuaba engañando a sus lectores con una prestidigitación de mochilas y productos químicos que ya no entendía nadie y que no aguantaba un soplido. Pero eso daba igual. A él, que era tan importante, nadie, ni siquiera la realidad, le decía lo que tenía que publicar. Él era más importante que la realidad. Así que mintió. Mintió deliberada, consciente, descaradamente, durante varios años. Y esto es lo peor: obligó a mentir a otros, a sus subordinados, a sus empleados, que tenían que apuntalar aquella mentira con sus “investigaciones”.

Este es otro de los motivos más frecuentes para que los periodistas mintamos: o lo haces, o te vas a la calle. Así de claro. Guardo bajo siete llaves seis editoriales, seis, que se dice pronto, que yo tuve que escribir cuando trabajaba en un diario, ya desaparecido, que en aquel momento era propiedad de unos gallegos de respiración claramente nacionalista. Los seis editoriales defendían valerosamente al señor Xabier Arzalluz, de amarga memoria, quizá ustedes lo recuerden aún. Yo sabía que lo que estaba escribiendo no era cierto. Se lo dije al director. Su respuesta fue inolvidable: “¿Y qué?”. Luego, tras una pausa: “¿Tú quieres seguir trabajando aquí y cobrando lo que cobras? Pues hala, ya sabes lo que tienes que hacer. Que como tú hay cincuenta que lo harían por la mitad y sin tocar tanto las narices”. En realidad no dijo “las narices”, ustedes ya se lo imaginan, pero no me gusta usar según qué expresiones en un periódico como este.

Eso se hace en nombre de la libertad de expresión. En serio. Miren ustedes el diccionario. La libertad de expresión es el derecho a decir lo que uno sabe o lo que uno piensa, sin duda. Pero el término “expresión” tiene otro significado: es la acción de exprimir. Así, los periodistas tenemos que mentir en nombre de la libertad de expresión… que ejerce con nosotros quien nos paga, que suele estrujarnos para que digamos lo que él quiere.

Hay otra clase de mentira, manipulación o engaño deliberado. Es el que comete el “reportero militante” o confesional, cada vez más frecuente porque también los diarios –no solo los digitales– son, cada vez más, políticamente militantes o confesionales. Un ejemplo reciente. La piadosa muchacha a la que encargan un reportaje sobre los efectos de las recientes fiestas del Orgullo en Madrid. Ella plantea, desde el principio, lo que quiere escribir: que ha sido un desastre y una ruina. Y luego se pone a buscar datos que lo demuestren. Elige los datos que apoyan su tesis y descarta los demás. A Ben Bradlee, Bernstein o Woodward les habría dado un síncope.

Naturalmente, la devota reportera lo consigue. Acaba escribiendo que los 400 millones de euros que ha dejado el Orgullo en la ciudad se los habrá llevado alguien en un maletín, porque en el barrio de Chueca los comerciantes no dejan de gemir: no han vendido nada. Solo han hecho su agosto los que venden alcohol a “esos maricones”.

Enhorabuena, bonita, lo has logrado. Hablaste con el dueño de la cerería, con el de la tienda de imágenes religiosas, con el de la ortopedia, con la chica de la tienda de lápices y material de oficina, con el ebanista. Claro que no han vendido mucho. Cuando recabas el testimonio del anciano señor Remigio (nombre supuesto), presidente de una de las asociaciones de comerciantes del barrio, al que saludas todos los domingos en misa de doce, pues ya sabes lo que te va a decir, corazón. Lo que tú querías que te dijera. Y te callas (piadosamente) que lo mismo te dirían los comerciantes de lo mismo en los Sanfermines, las Fallas, los carnavales o la tomatina de Buñol. Son fiestas, querida. En las fiestas, en todas las fiestas, la gente compra lo que compra y no otras cosas. Como es natural. Pero tú mientes que el Orgullo de Madrid (que es pecado, por supuesto; eso es lo más importante) ha sido una ruina. Que la realidad haya demostrado todo lo contrario te importa un reverendo pimiento: tú has hecho una buena obra que el Señor te premiará, ya te lo dice tu párroco.

Los periodistas estamos cada vez peor pagados y tenemos menos prestigio cada día que pasa. ¿Por qué? ¿Por la multiplicación de los medios digitales? No, no es por eso. Es porque mentimos. No todos, desde luego, pero los mentirosos abundan cada vez más. Se ponen al servicio de lo que sus lectores exigen leer, aunque sea falso. La verdad ya no vende; lo que vende es que te calienten la cabeza como tú quieres. Así de sencillo. Aunque tengas que mentir. Y acabas consintiéndote mentir. Te perdonas por ello. Simplemente, le cambias el nombre: a las mentiras les llamas “hechos alternativos” o “posverdad” y hala, a vivir.

Es muy triste pero cada vez somos menos los que sentimos aún esa sensación tan desagradable que te asalta cuando mientes. Quiero decir: cuando mientes en el ejercicio de un oficio que tiene su único fundamento en la credibilidad, en decir lo que sabes que es verdad. Esa sensación que a mí siempre me ha recordado a lo que sientes cuando te pones ropa interior prestada, sin saber si está limpia o no. Esa sensación tan asquerosita.

 

6 COMENTARIOS

  1. Excelente artículo. Este es un síntoma más de la inversión de valores que afecta la Era actual en que vivimos, lo cual afecta todos los ámbitos de la persona y de la sociedad en que vive. La mentira se convierte en verdad y el mal en bien.

    • Espero equivocarme pero no creo que esté muy lejano el día en que echemos de menos a Tezanos. En cuanto cambie el viento político, ya lo verá usted. Los de Tezanos, por lo menos, aseguran que el CIS no miente. Los del equipo contrario hace ya muchos años que ni se molestan en decir eso mismo. Crucemos los dedos.

  2. Excelente exposición Luis, como todo lo que sale de tu intelecto y pasa al papel a través de tu mano que jamás tiembla.
    Verás, y tú sabes mucho más que yo de esto, que los lectores leemos un determinado diario por la línea editorial que lo caracteriza y que va en sentonía con nuestro perfil ideólogico, filosófico, social, cultural….. ahora bien, cuando se trata de noticias, es decir, transmisión de hechos, si los profesionales encargados de contárnoslas, mienten, manipulan y tergiversan los acontecimientos, debería ser el propio gremio de profesionales que depurases dicha praxis en los foros internos adecudados por los cauces de la deontología profesional…. Harían se tamiz depurador de la escoria periodística.

  3. Muchas gracias, Juanfran, pero… ¿qué foros? ¿Con qué medios? ¿Con qué autoridad? ¿La Asociación de la Prensa, por ejemplo? Es puramente decorativa, no tiene ningún poder para presionar a nadie. La difusión de bulos y la creación “a coro” de opiniones manipuladas y desinformadas (las barbaridades que se están diciendo sobre la Ley de Memoria Democrática, por ejemplo, que nadie parece haberse leído) salen gratis y dan mucho dinero. Eso va a peor cada día que pasa…

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