«¡¡Mira que pesa el hijoputa.!!»

Le suelta los brazos y un ligero olorcillo a cebolla se desprende de sus manos, arruga el morro y se las restriega con asco en los pantalones. «¡Desgraciado, hasta muerto suda! No hay quien lo mueva», gruñe mientras prueba a cogerle primero de las axilas y después de los pies, sin conseguir moverlo más de una baldosa.
Da varias vueltas alrededor del cuerpo, intentando buscar la solución.
«La de veces que he imaginado ese momento y ahora… joder, pero ¿qué he hecho? No sé cómo ha ocurrido, ha sido verle delante de mí y no poder resistir la tentación de empujarle. Cuando he escuchado ese sonido de árbol hueco, no he necesitado mirarlo ni ver el charco de sangre para saberlo, le he matado, se ha matado. El cabrón va y se mata.
» Yo no tengo la culpa de que se haya golpeado la cabeza, puedo llamar a la policía y decir que se ha caído, un accidente, un traspiés y zas, pero ¿y si investigan? ¿Y si analizan la caída como en las series de televisión? Empezarán que si el ángulo, que si la fuerza del impulso, que si es imposible caer de ese modo por un simple tropezón.
» ¡Joder, que soy el único que estaba con él!, bueno… y los gatos que se cuelan en el patio». Piensa cuando se encuentra con dos de ellos espiando por la ventana. En un acto reflejo la cierra, y los dos animales salen huyendo. Hace un recorrido por todo el perímetro con la vista, intentando adivinar si le han podido ver desde algún edificio. Imposible, frente a la nave donde trabajan solo hay un parque. Nadie ha podido ver ni oír nada. Solo estaban ellos dos, haciendo una de las rondas nocturnas, como cada noche en los últimos veinte años.
«Se dice pronto, veinte años aguantándote. Noche tras noche de servicio; escuchándote hablar sin callar un minuto, que lo mismo te daba comentar las noticias, que criticar a unos y otros o hablarme de tu pueblo al que no vas nunca porque nadie te soporta. Con ese asqueroso acento de paleto orgulloso y soberbio. Y ese olor a pies, al que te terminas acostumbrando con el paso de las horas, pero hasta que llega ese momento, sientes como cada poro de tu piel, cada recodo del cerebro, se va contaminando de un tufo espeso y amarillo que te pone de una mala hostia…
» Aquí estás, ahora, con la cabeza partida como una nuez. Maloliente, pero al menos, mudo ya. Y no me das pena, lo que me das es asco y trabajo, porque a ver qué hago yo contigo ahora».
Roza con la mano cada instrumento que cuelga de su cinturón de vigilante, sopesando si hay algo que le pueda servir. «Esposas, no; pistola ¿ya, para qué? Y la porra, como no sea para metérsela por el culo, como he soñado tantas veces». De paso se pregunta para qué le valdrá todo eso que pende de su cintura y que no ha usado en su vida, pero que, a cambio, le ha ocasionado una trocanteritis crónica en la cadera.
Tiene siete horas por delante para tomar una decisión antes de que lleguen los trabajadores.
«A ver, Alfonso, que tú eres un hombre pragmático. Ventajas e inconvenientes, analiza. Ventajas: No tiene familia, nadie le echará de menos. Amigos, nunca los ha nombrado. ¿Quién va a soportar a una persona maledicente y envidiosa como él?
» Inconvenientes: Vive de alquiler, se darán cuenta de su desaparición. En el trabajo sospecharan. Y, sobre todo, ¿qué coño hago con el cuerpo para que no lo descubran?».
Decide salir a fumar un cigarrillo, aunque la noche está bochornosa, siente que, al menos fuera, se respira mejor.
Cuenta, al menos, una docena de luces verdes flotando en el aire, le están observando. Adivina los cuerpos negros, pardos o grises detrás de ellas, expectantes, hambrientos, ansiosos… Recuerda las latas de atún que tiene en el armario para aderezar las ensaladas de las cenas y la manía que tienen los gatos a su compañero por lo mal que los trata.
Abre la primera conserva cerca de ellos, los llama. «Mininos, venid, mirad lo que tengo para vosotros». Los atrae dejando un reguero grasiento tras él, que se va, poco a poco, sembrando de huellas diminutas. Llega al pie de la escalera donde se encuentra con el cuerpo de Gervasio, y le rocía con el contenido de las conservas.
«Ahí os quedáis, ¡qué aproveche!» les desea. Se dirige a la garita a esperar, abre un libro, se coloca las gafas para la presbicia y estirando las piernas encima de la mesa comienza a leer. Por primera vez en mucho tiempo disfruta de la lectura sin interrupciones, el único sonido que le llega es el de los maullidos de los gatos disfrutando el festín.
Cuando el sueño está a punto de vencerle y le empieza a costar trabajo mantenerse despierto, escucha a uno de los jefes entrar, recoge la mochila y sale a su encuentro.
—Buenos días, D. Antonio
—¿Qué tal, Alfonso? ¿Todo tranquilo?
—Todo bien, lo único los gatos, que han dado mala noche, se han colado y han revuelto las bolsas de basura, han dejado una peste… Pero ya está todo recogido, habría que llamar al ayuntamiento para que se los llevara de aquí, no dan más que problemas.
—Tienes razón, hay que hacerlo ya. Descansa Alfonso —le responde el otro cubriéndose un bostezo.
El vigilante, atraviesa la verja cambiándose la mochila de brazo mientras varios gatos ronronean y se frotan contra sus piernas.
—Ya está bien amigos, dejad al menos los huesos. Con esto mi perro, Sultán, tendrá comida al menos para un mes.




