CATALAUNICOS

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Cuánto tiempo falta para que amanezca, Lucio?

Cuánto tiempo falta para que amanezca, Lucio?

-No lo sé Aurelio, poco supongo.

Lucio mira hacia arriba. Aún es de noche y entre el negro de sol escondido, las nubes arropan a una luna que parece una rodaja de melón, o de sandía, o lo mismo la sonrisa sincera de alguien enamorado que ve llegar a la otra parte de él en la lejanía.

Una fina lluvia cubre de húmeda seda el aire y convierte a los dos soldados en peces. 

Millones de gotas decoran sus cascos y atrapado en cada una de ellas, los recuerdos hermosos de los días bonitos y sin espadas en la cintura.

Hace bastante frío y cada palabra entre los dos amigos se escribe en el aire, congelándose y cayendo al suelo para romperse como una copa de vidrio fino..

Están sentados en el suelo, mirándose el uno al otro. 

Juntan los escudos, formando un pequeño tejado que cubren con sus capas rojas. 

Un hogar improvisado se ha creado en la inmensa llanura de palma de mano que los acoge. Y ha nacido un paraíso de soledad entre ellos.

Encienden una pequeña hoguera saltando luciérnagas de chispa espada contra espada y dejándolas jugar con un pequeño trozo de lana seca que Lucio lleva en una pequeña bolsa de piel de cabra sin curtir.

-El calor es bueno, eh Aurelio  -le dice Lucio frotando sus manos y acercándolas a las pequeñas llamas recién nacidas-. 

-Si muy bueno, en casa siempre hace calor, bueno ahora no lo sé…tú crees que allí será también de noche?.

Lucio no le responde, en realidad no lo sabe.  

Y un hilo irrompible de silencio se anuda en su garganta, apenas puede hablar. 

Lleva comiendo tierra desde hace tres días y el tragar se le hace insoportable, vivir se le hace insoportable. La muerte es deseada como el cuerpo desnudo y palpitante de una virgen.

La planicie de los campos Catalaúnicos  yace ahora en silencio. 

Tres jornadas de combates han dejado sembrada la meseta de miles de cadáveres desmembrados que poco a poco se descomponen, dejando libres de materia a los espíritus que los habitaron, que ahora vagan libres al fin.

Hay  tanta paz donde hace tan poco tiempo reinaba el caos que nada de lo que sucede parece real. 

Una luz fosforescente recubre los cuerpos de Lucio y Aurelio y los hace brillar.

-Qué es lo que nos está sucediendo, qué nos pasa?

Los dos soldados intentan levantarse en vano pero no pueden. El tiempo ha secado sus piernas jóvenes.

Y la primera luz del alba ilumina con la timidez de un cervatillo el escenario trágico que se acumula en la tierra,

Tres legiones de buitres sustituyen a las victoriosos ejércitos de Aecio y comienzan a volar formando círculos perfectos que se proyectan en la superficie de la llanura, abriendo abismos, cilindros infinitos que se hunden en las entrañas de tierra, tragando con voraz apetito los gritos agónicos, los choques de metal con metal, los caballos reventados por el esfuerzo, con el cuerpo aún cubierto de espuma.

-Tengo miedo Lucio, mucho miedo.

El joven soldado sabe que el tiempo para él, se ha parado.

-Ven, acércate a mí  y cógeme fuerte. No me sueltes.

Lucio y Arelio se abrazan con un invisible lazo azul y se quedan así hasta que son tragados finalmente por un remolino de lágrimas de madre.

Al fin Atila y el pueblo Huno ha sido derrotado. Los estandartes han sido quemados y las cabezas de los generales decoran, clavadas en lanzas el amanecer, del vigésimoquinto día victorioso. 

Los vivos ya se han ido, dejando atrás el pasado que será escrito con letras de oro, olvidando los nombres de los que ahora blanquean sus huesos entre los trigales, secándose como muñecos al sol que ahora marca con sus rayos el mediodía.

He leído lentamente los versos del poeta Leusiros, acompasados por el suave caer del agua en una fuente de  granadas y el corazón se me ha desgarrado, al igual que el de aquellos que he visto morir.

En el camino, guiado por el rastro imborrable de la desolación, encuentro al sueño y con él, una brizna de alivio escondida entre los pliegues de la almohada…

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