CASTILLA Y LEÓN, LA ESTRATEGIA

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La tormenta perfecta va quemando etapas, y quemando expectativas de un futuro tranquilo,  en su transcurso. Ya tenemos los cuernos que tanto se buscaban, los cuernos que, por estrategia, por expectativas personales, algunos políticos buscaban con ahínco.

Un gobierno de izquierdas con atisbos a la radicalidad en el gobierno de la nación. Un gobierno de derechas con atisbos a la radicalidad en una comunidad. Lo que viene a significar una convivencia exaltada con atisbos de radicalidad en la vida política del país.

En un ejercicio de inocencia culpable, culpable porque a esta inocencia no la puede proteger nadie, las bases militantes de los partidos, las auténticas culpables de la situación por su ceguera fanática, siguen agitando los fantasmas convocantes de la radicalidad contraria. Y lo justifican como a un llamamiento a los suyos, a los inocentes, para desarmar la radicalidad de signo contrario. Falso. Falso de toda falsedad. En una guerra de desgaste del contrario, en una guerra inclemente entre ideologías, como la que estamos viviendo en España, a veces, dejarse comer una torre garantiza el jaque mate de la partida.

En Castilla y León, dios me libre de escribir Castilla-León, los grandes triunfadores han sido Vox, como partido, y Pedro Sánchez como persona ambiciosa y con pocos escrúpulos. Y los grandes derrotados, porque las ambiciones personales necesitan defenestrados, han sido Podemos, víctima de su ambición de gobierno central, Ciudadanos, porque nadie necesita un centro que siempre hace lo contario de lo que el centro necesita (véase la votación del emplasto laboral), y, por supuesto, el PP, dirigido por un intrascendente y mediocre líder que siempre va a remolque de los acontecimientos.

Alguien leerá con pasmo mis afirmaciones (pero si el PP ha ganado las elecciones), pero es que no siempre lo evidente es lo cierto, no siempre el sentido común asiste a la razón.

El PP ganó, en números absolutos, las elecciones, no hay duda, pero perdió una oportunidad de oro de seguir la tendencia adivinada en Madrid, de marcar una tendencia para conseguir el gobierno de la nación en unas elecciones generales, y cedió la mayor victoria de Sánchez, de su estrategia, para perpetuarse en su más deseada faceta de Presidente del Gobierno de España. El peor político, el más mediocre de los líderes, pero, sin duda, el más brillante estratega de la novata, y mal nombrada, democracia Española.

La victoria, parcial pero la más brillante, de Vox en estas elecciones, es, sin ningún género de duda, la más brillante victoria de la estrategia sanchista, que ya tiene perfectamente colocado el banderín de enganche de las izquierdas: “Hay que parar el avance de la peligrosísima extrema derecha”. Ese es el arma, la idea, que le va a permitir llamar a la movilización de izquierda, que correrá a votarle en masa, y de paso será la defenestración definitiva de Podemos, lastrada en su papel agitador por la incapacidad de un líder de derechas sin fuste ni recorrido, que ni siquiera parece saber dónde está su mano izquierda.

Claro que hay que parar el avance de la derecha radical, como había que parar el avance de la izquierda radical, aunque de esto ya se ha encargado Sánchez con la complicidad alelada de Casado. Por supuesto que tenemos que para los avances radicales de cualquier signo que son peligrosos para la convivencia. Peligrosos por sus formas, no por sus ideas, peligrosos por sus métodos, no por sus pretensiones  (las ideas y las pretensiones siempre son inocentes), pero eso no significa que tengamos que entregarnos a un líder cuya mediocridad, cuya absoluta falta de rigor y de ética, nos apunta a un camino de fracasos y a una pérdida de calidad de vida, y de capacidad económica, peligrosas en la situación mundial que nos ha tocado vivir.

Como casi siempre en este país, al menos desde hace veinte años para aquí, hay un perdedor claro en estas elecciones, y se llama futuro. Una damnificada evidente, la democracia. Y unos evidentes desahuciados, aquellos cuyo único interés es el trabajo y una vida tranquila y sin sobresaltos.

Como en el chiste, a mí también me “joden” los adivinos, pero tampoco hay que adivinar mucho viendo las características intelectuales, éticas y morales de los protagonistas, y de sus seguidores.

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