CARTAS SIN FRANQUEWO (XXXIX)- LA RESPONSABILIDAD

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Sí, yo también estoy horrorizado, nadie que tenga un mínimo de sensibilidad puede por menos que horrorizarse ante lo sucedido. La muerte de una criatura de pocos años, siempre es una tragedia de consecuencias que solo los padres pueden entender, sentir, en toda su dimensión, y esa dimensión en muchos casos, en todos los que estoy pensando en este momento, tiene mucho que ver con la disfunción administrativa, sobre la que apenas hace unos días comentábamos.

 

Un niño asesinado por un pederasta, violador, condenado y en la calle porque los filtros de la institución penitenciaria han fallado, porque la presión buenista de ciertos círculos sobre la legalidad lo permiten, porque el trasiego político de conseguir votos a costa de no importa qué lo fomenta.

Una niña muerta a la puerta de su colegio por una madre incapaz de controlar el vehículo que conduce, porque obtener un permiso de conducir es un trámite administrativo-recaudatorio que no garantiza que el que lo consigue esté medianamente preparado para ejercer tal actividad, ni siquiera que lo llegue a estar en algún momento a lo largo de su vida como conductor. Pero, si el tal examen fuera todo lo riguroso que debiera ¿Quién pagaría las tasas del examen, las multas, los impuestos sobre los combustibles, los impuestos de circulación, todo el entramado recaudatorio montado sobre una actividad cuyas implicaciones mortales solo son tenidas en cuenta como forma de aumentar la presión monetaria de las sanciones?

Sí, la muerte de los niños es terrible, es antinatural, nos conmueve más allá de las circunstancia, más allá de las consecuencias, más allá de las responsabilidades. Sobre todo más allá de las responsabilidades

¿Qué hace un asesino en la calle? ¿Qué hace un enfermo sin reinserción posible tutelado por un sistema enfocado a la reinserción? ¿Quien se hace responsable de las algaradas cuando se intenta legislar para individuos patológicamente irrecuperables? ¿Qué compensación puede aportar ahora la justicia a los padres, al niño muerto? ¿Puede la legalidad ajustarse a sensibilidades que ignoran las consecuencias de su postura? Y cuando esa postura tiene consecuencias ¿Cuál es la actitud válida para esas personas? ¿Mirar para otro lado como si no fuera con ellas? ¿Explicar que un caso no modifica sus convicciones? ¿Le valdrá esa explicación a los padres, a los allegados, de los niños, de las mujeres, de los hombres muertos por asesinos previsibles?  Claramente a las víctimas ya no les vale ninguna excusa, ningún discurso moral sobre lo que debe de ser y no es.

¿Podemos seguir viendo como, con absoluta impunidad, con la seguridad que da un permiso administrativo, las carreteras, las calles, se llenan de personas incapaces de dominar las máquinas que su estatus les permite adquirir, pero que sus condiciones físicas, psicológicas, les impiden manejar con seguridad? ¿Podemos asistir sin inmutarnos a ver como un alto cargo administrativo incita al linchamiento en la calle, en la carretera, para imponer el dominio de los mediocres? Porque solo los mediocres, solo aquellos que juzgan a los demás por su propia incompetencia, pueden acogerse a la denuncia anónima, cobarde. Y no sólo en el ámbito de la conducción. Basta con asomarse a la historia a las épocas oscuras de la delación del prójimo, a las persecuciones justicieras, a los linchamientos amparados por el poder.

Por si tienen alguna duda, si tienen la más mínima duda, salgan a la carretera algún puente, algún fin de semana, alguna época de vacaciones, observen con atención, con descaro, al personaje que va por el carril de la izquierda, aunque los de la derecha estén libres, y que, requerido para apartarse por otro conductor, se mantiene en ese carril y acelera más allá de su capacidad de dominar el vehículo, que, en la primera curva, en realidad apenas un leve desvío de la dirección principal, necesita frenar, y hace unaa trayectoria oscilante que denota su impericia, el riesgo que está dispuesto a asumir para que el loco que viene detrás no lo adelante porque el ya va a 120, en realidad no más allá de 115, y a él no tiene porque adelantarlo nadie, y cuando ya, descontrolado, descentrado por su propia persistencia, por su propia limitación, se aparta, o es sobrepasado, inadecuada pero inevitablemente, por otro carril, se desgañita boqueando, haciendo gestos de todo tipo, haciendo ráfagas de luces que afortunadamente no son láseres mortales

¿Acaso ese mal conductor es el culpable de su actitud? No, no lo es ¿Acaso ese conductor entenderá alguna vez que en realidad no es otra cosa que un sujeto móvil de recaudación inmerso en un medio que precisa de una pericia que él no tendrá nunca? No, no lo entenderá ¿Podremos responsabilizar a ese sujeto de que en algún momento su pérdida de control, su impericia, su falta de control psicológico, provoque víctimas? No, no podremos, y no podremos porque las instancias que deberían de haber evitado esa opción, cualquier opción que suponga un peligro para la convivencia, no solo no han ejercido esa función, si no que, en muchos casos, han incitado a una actitud contraria a la que deberían haber promocionado.

¿Es la madre conductora la máxima responsable de la muerte de esa niña a la salida del colegio? No, lo es una legislación que le otorgó un permiso para realizar una función para la que seguramente no tenía las aptitudes imprescindibles. Lo es un sistema que puso en sus manos una máquina peligrosa sin verificar si estaba preparada para manejarla. Lo es una caterva de mediocres al mando, preocupados de sus propios asuntos y de cómo mantenerse en el machito, antes que de su propia responsabilidad.

¿Es el pederasta, el violador, el asesino, en permiso penitenciario, el máximo responsable del daño causado? No, tampoco lo es, la responsabilidad real es del juez que firmó el permiso. Es del legislador que ignoró, seguramente por cuestiones ideológicas, una realidad constatable. Es del sistema que intenta llevar las garantías hasta el punto de olvidar garantizar la integridad  de las posibles víctimas. Lo es de una caterva de mediocres que legislan para la preservación de sus prebendas y poltronas, y no para el bien común, la justicia y la convivencia.

Lo comentaba el otro día contigo, sobre la serie que estoy viendo estos días, «Borgen», y los códigos éticos que los políticos parecen manejar en ella ¿Te acuerdas? Que en la serie los políticos tengan un sentido ético reconocible, es una ficción, que ese código ético, o cualquier otro, se pueda dar en la realidad política actual de España, es una fantasía.

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