CARTAS SIN FRANQUEO(XLIII)- LA RAZON Y LA RABIA

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Hay muchos debates en la España actual, casi todos los que tocan la política o la religión, en los que se contrapone la rabia contra la rabia, el frentismo contra el frentismo de signo contrario, e intento por todos los medios, con éxito en mis letras, sin éxito en mi cabeza, eliminar la palabra odio, que sería la que definiría a la perfección lo que se palpa en ciertos ámbitos politizados, ideologizados, para ser más concretos, cuando escribo sobre alguno de ellos.

Me parece inconcebible, entre personas que una a una son seres entrañables, ese emponzoñamiento del discurso que lleva el debate a extremos irreconciliables, sin darle la más mínima opción a la razón, sin buscar lugares de encuentro, buscando, antes bien, el desencuentro más radical.

Y esta reflexión se me vuelve a hacer presente a propósito de una visita a un pueblo, a un pueblo granadino, tan lleno de ruinas como de bellezas, La Calahorra, que se asoma a las llanuras de Guadix con los ojos de una fortaleza singular ubicada en lo alto de una pequeña meseta a los pies de Sierra Nevada. Un pueblo cuya historia y tesoros merecerían una mejor suerte que la que se percibe en el abandono de algunos de sus tesoros

En mi muy frecuente ir y venir hacia, o desde, Almería, mis ojos no dejaban de contemplar el castillo que se deslizaba al paso de los vehículos a un costado de la autovía. Su belleza singular, su posición, dejaban en mi retina la añoranza de un acercamiento, de una visita que nunca encontraba el momento idóneo para producirse. Somos reos de la prisa y del objetivo final. Pero esta vez, como me ha sucedido con otros maravillosos enclaves que me salen al paso en mis viajes, decidí buscar esos minutos necesarios para realizar lo que, en términos militares, se llamaría una descubierta, un acercamiento que me permitiera ver, aún sin conocer.

Mi primera sorpresa, no sé de qué me sorprendo a estas alturas, fue que para llegar al castillo, un castillo de torres cupuladas y aspecto formidable, a pesar de los evidentes achaques, un castillo con aires de residencia noble en alguna de sus fachadas, no hay una carretera al uso, sino una serie de enlaces de caminos de tierra y grava suelta, por los que los coches tienen que discurrir con una cierta precaución para sus mecánicas e, incluso, para la integridad de sus ocupantes, si no hacen gala  de una mínima pericia.

Salvadas las dificultades de acceso, una vez llegados a la puerta del castillo, no hay timbre, ni cuerno, ni campana, ni tambor que a su redoble haga acudir a alguien que facilite el acceso del osado caballero de caballos mecánicos al interior del recinto. Solo un cartel. Visitas los miércoles de tal a tal y de tal a tal. Los miércoles, día, como todo el mundo sabe, de asueto general que facilita el flujo masivo de visitantes. Bueno, por casualidad, era miércoles, pero eran las tal y un minuto de la tarde y por allí no había nadie, ni con nadie nos cruzamos en el intrincado acceso, ni nadie parecía haber en el interior por más palmadas y golpes manuales que dimos en la puerta, carente de timbre, aldaba o, que espanto, telefonillo. Así que con las mismas, y después de un recorrido perimetral, emprendimos el tortuoso y mal cuidado, por decir que existe, camino de retorno al pueblo que rodea el pie del castillo.

La iglesia que vimos ofrece un buen aspecto, aunque también estaba cerrada, como ya va siendo habitual en los pueblos de nuestro país para preservarlas de latrocinios y vandalismos, pero los dos palacios cercanos, que deberían de ser parte del esplendor del pueblo, se ofrecen a la mirada del visitante como dos ruinas, una de ellas en venta, de difícil recuperación. Parece ser que hay un par de iglesias más y un palacio episcopal, pero ya no había tiempo, y la decepción de lo visto no invitaba a alargar más la incursión, pero lo visto hizo que me viniera a la memoria una pequeña discusión que tuve con una persona, visitante como yo del Monasterio de Piedra, y que clamaba a todo el que quisiera escucharle, e incluso a los que no, por una expulsión inmediata de la Iglesia de toda propiedad que pudiera considerarse patrimonio. Desde la rabia, desde un sentimiento claramente anticatólico, desde una posición que, por ya ensayada en nuestra historia, sabemos que es un fracaso, una ruina patrimonial de todos.

Sin duda la Iglesia Católica, la Apostólica Romana, ha cometido, y aún comete, una gran cantidad de abusos cuando actúa como un agente más del mundo material, y deja de lado su vertiente, la única que debería de cuidar, espiritual. Sus intromisiones en la política, en la economía y en los derechos de los ciudadanos, suelen ser más desafortunadas que constructivas, incluso para ella misma. Y eso provoca la rabia y el rechazo de un sector minoritario, pero apreciable, de la sociedad. Una rabia y un rechazo que desembocan en una sinrazón parcial en sus argumentos y pretensiones, pero esa sinrazón no puede ocultar, ni evita, unas razones que los defensores a ultranza de la Iglesia pretenden ningunear camufladas entre las sinrazones argumentadas, y que cargan con una rabia similar de signo contrario.

La razón me dice que, si no fuera por la Iglesia, gran parte de la cultura y patrimonio españoles, por no hablar del resto de Europa, no existirían, pero también me dice que los fondos necesarios para su realización salieron de negocios profanos en los que esa misma Iglesia actúo como un agente económico y no como un vector espiritual, y que esa misma actuación económica desembocó en acaparamiento y especulación, que nada tienen que ver con la finalidad sagrada que se le supone. Así que puestos en razón, deberíamos de distinguir entre el patrimonio, fundamentalmente arquitectónico, aunque también plástico, dedicado al culto, y el patrimonio dedicado a su propio negocio y enriquecimiento. Y si en el segundo la Iglesia ha de ser considerada como un propietario más, con las mismas obligaciones y los mismos derechos que cualquier otro propietario, en los primeros debería llegarse a un compromiso en el que el Estado fuera el propietario y cediera el usufructo de los lugares de culto a cambio del mantenimiento de los mismos.

Se lo dije al ciudadano que voceaba a sus allegados, con fines mitineros, la necesidad de que la Iglesia fuera despojada de todos sus bienes patrimoniales. Lo he comprobado en mi visita a La Calahorra. El estado no tiene fondos, al menos no los destina, para mantener en unas condiciones mínimas el inmenso patrimonio histórico que tiene nuestro país, y vemos ruinas dignas de un estado menos lamentable, y asistimos al deterioro de edificios y lugares que merecerían una mayor atención, sin que los limitados recursos destinados puedan hacer frente a todo ello.

Y entonces se me viene a la cabeza una pregunta razonable: si nacionalizamos todos los bienes de la Iglesia ¿De dónde van a salir los recursos para hacer frente a su mantenimiento? ¿De los impuestos? ¿De su explotación? ¿De su privatización?

Y esta última pregunta me lleva a otra cuestión ¿No deberíamos de preocuparnos, antes de reclamar más patrimonio, de lograr que el que actualmente administra el estado esté convenientemente dotado? ¿No deberíamos preocuparnos del deterioro del patrimonio cultural que se dilapida, también, en otras manos privadas sin que nadie intervenga? ¿No debería ser obligación del propietario mantener ese patrimonio o buscar una fórmula de cesión si no tiene capacidad para hacerlo? Más allá de la rabia, del anticlericalismo que en algunos se antepone a la razón, más allá de la exigible propiedad de los bienes culturales, fundamentalmente los monumentales e inmobiliarios, la razón, en realidad la evidencia, nos dice que de todos ellos son los administrados por la Iglesia, y en los que se mantiene su finalidad de culto, los menos deteriorados.

La razón apunta a buscar soluciones viables, soluciones que puedan garantizar la integridad del patrimonio, no su propiedad ciega y suicida, pero esas soluciones no existirán mientras la rabia, y no la razón, sea el argumento principal de los debates, y no parece que, de momento, haya muchas opciones de que así suceda. Ni siquiera se aprecia interés en que las haya.

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