CARTAS SIN FRANQUEO (XXXVI)- LAS MORALES AJENAS

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Albrecht Dürer, «La expulsión del paraíso» (1510)

Es difícil concebir el mundo sin un dictado moral colectivo, que facilite el tránsito vital por sus días, sin el apoyo de una moral externa, habitualmente ávida de imposición y dominio, que marque los márgenes en los que ha de desenvolverse el camino. Es difícil, vertiginoso, y por ello es aún más admirable, la capacidad que los científicos, interpretando el mundo desde sus datos y realidad, y los filósofos, buscando su esencia en el pensamiento, en el de sus gentes, han tenido para cuestionar esas morales, sus realidades y consecuencias, impuestas desde las religiones, desde la política, desde ambas en muchas ocasiones, para poner a disposición de la humanidad un mundo diferente. No siempre mejor, nunca más fácil, pero siempre más comprensible y en ocasiones más tolerable.

Ese binomio político-religioso que ha creado, sobre todo en el ámbito de un poder absoluto ejercido por un hombre predestinado por el poder religioso de un dios único y omnipotente, que lo habilita en el ejercicio de ese poder, un poder omnímodo que ha aplastado a lo largo de la historia cualquier posibilidad del hombre de interpretarse a sí mismo en libertad, en conciencia, haciendo de una moral única el instrumento político de sometimiento y represión.

Me decías que los tiempos han cambiado, que ya no se puede concebir ese sometimiento sin fisuras a una escala moral impuesta desde el exterior del individuo. Argumentabas que el acceso a la información y las conquistas sociales, políticas, económicas, de nuestros tiempos hacían imposible que esas situaciones volvieran a producirse, que el libre pensamiento, la posibilidad de ejercerlo, supongo, es una realidad sin vuelta atrás.

Confundías, supongo, sospecho, el deseo con la realidad,  lo formal con lo fundamental, lo estético con lo práctico. Ya ha habido vuelta atrás, ya somos, ahora mismo, cada año que pasa un poco más, menos libres de lo que hemos sido. Ya estamos, una vez más, otra vez, enredados en criterios morales que nos son impuestos desde ámbitos e intereses ajenos a nosotros como individuos.

Los derechos individuales, en diferentes capítulos, con diferentes argumentos, nos han sido recortados en los últimos cincuenta años, de forma radical, y con nuestro propio consentimiento, casi diría, amparados en nuestra propia súplica.

El terrorismo primero, la debacle económica después, la sucesivas amenazas sanitarias -el VIH, el COVID-19, el ébola, la gripe aviar, y lo que esté por venir- han sumido al individuo, colectiva e individualmente, en un estado de terror pánico que lo lleva a renunciar a parte de sus derechos para que un estado omnímodo, omnipotente, omnipresente, omnisciente (¿te suenen los adjetivos? ¿sabes de qué?) los proteja de las amenazas. Y la moneda por esos servicios, por esa protección, por esa falsa seguridad, es la libertad. El miedo se paga en libertad.

Tenemos miedo a que nos maten. Tenemos miedo a arruinarnos. Tenemos miedo a enfermar. Tenemos miedo a morir. Tenemos miedo permanentemente, a todo, a todos, a nuestra propia libertad, a las consecuencias de ejercerla, y por ello nos refugiamos en cualquier escala moral que nos permita escondernos en el calor, en la seguridad, de un colectivo que nos prometa protección y aceptación.

Y con las religiones en retroceso, con los poderes absolutistas desacreditados ¿A dónde acudir para sentirse parte de los elegidos, de los protegidos? La respuesta es clara, a las ideologías, sistemas morales externos que siempre tienen una respuesta para cualquier cuestión. A los movimientos radicales, sistemas morales rígidos, totalitarios, absolutistas, que prometen mundos imposibles retratados en sus utopías, pero que ocultan terribles distopías que no querríamos ni imaginar.

Y todos ellos, como antes la religión, como antes reyes, emperadores, caciques o tiranos, nos dan un mundo ordenado, un mundo sin responsabilidades, por un precio asequible, casi imperceptible, la libertad. Un precio inapreciable por quién nunca, la mayoría, la ha ejercido.

Me asombran, en realidad me enfurecen, aquellos apóstoles de las morales impuestas, que desde su militancia, desde su intolerancia, desde su fanatismo, desde su incapacidad para ver el mundo real, reclaman la libertad de pensar, siempre y cuando el pensador coincida con sus planteamientos. En un mundo de justicia bíblica, en un mundo donde la incoherencia, la inconsistencia, la desfachatez, estuvieran penadas, ellos serían los primeros reos.

No, la libertad no está en peligro, ni campa a sus anchas por el mundo. No, la libertad no es una palabra, no es una idea, la libertad es un riesgo, el que se asume con las acciones, con las equivocaciones, emanadas de su ejercicio.

Hace unos años, pocos, compré en el mercado de Tánger unos quesos envueltos en hojas de palma, que, por supuesto sin etiqueta, sin ajustarse a ninguna normativa o ley, vendían unas señoras sin puesto, ni teléfono de atención al cliente, ni certificados de calidad. Los que venían conmigo me hablaron de las fiebres de malta, de los riesgos de un producto no controlado, mi libertad eligió el sabor real de la comida, la naturalidad de una preparación sin trucos, números y letras de sustancias irreconocibles, y, ejerciendo mi libertad, compré y disfruté de aquellos quesos que sabían a leche, con aromas del animal, y con la satisfacción de recuperar en mi paladar un sabor que las morales impuestas, por leyes, por normativas, por intereses industriales y sus legisladores interpuestos, me llevan hurtando, por mi bien, desde hace años.

Efectivamente, las religiones están en decadencia, las tiranías están mal vistas, al menos en el mundo occidental, y todos podemos decir, con cierta permisividad, lo que pensamos. Pero las ideologías, el laicismo, ciertas minorías radicales, las sustituyen sin mejora. La democracia que disfrutamos es tan falsa como la falsa moneda, tan vaciada de contenidos y representatividad que solo tiene de democracia el nombre. Podemos decir lo que pensamos, a la vista está, siempre y cuando no molestemos a algún poderoso, o nuestra voz no se oiga la suficiente para suponer un peligro. En ese momento alguien puede desviar un avión en el que viajemos, jugar con nuestra fama o, simplemente, hacernos desaparecer. Por el bien de todos, por una moral colectiva administrada por aquellos que velan por el bien común, que nada tiene que ver con el bien de los individuos, de los ciudadanos, ni con la libertad.

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