CARTAS SIN FRANQUEO (XXXIII)- EL ODIO

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Todos estamos conmocionados con la historia de las niñas, como no podría ser de otra manera. La muerte, siempre innecesaria, se ve más innecesaria cuando se persona en unas vidas infantiles, inocentes, seguramente confiadas, y más cuando se sustancia como una forma de hacer daño a terceros. Y esta historia reúne todos los requisitos para que el dolor de la madre, el objetivo último de este vesánico acto, lo sintamos todos, de alguna manera más leve, pero con la misma incredulidad horrorizada, en nuestro interior.

Es difícil imaginar, es imposible empatizar hasta lograr entender el proceso, el odio que pudo llevar a una persona, empecemos por despojarle del título de padre más allá de su implicación biológica en la gestación de las niñas, a acumular tal cantidad hacia otra que le permite justificar, en una razón ya desviada, un acto de tal envergadura, un acto absolutamente anti natura.

Porque el fondo de esta historia, por mucho que quieras argumentarme otros sentimientos, otras relaciones, es el odio entre  dos personas que en algún momento creyeron amarse. Seguramente con un amor que ya debía de apuntar a defectos ocultos u ocultados. Seguramente en un amor más alimentado por pasiones que por sentimientos, porque al fin y al cabo son las pasiones las que desembocan en los actos irracionales.

El problema, al final, es que las niñas están muertas. Seguramente, si es que tienen la oportunidad, seguirán sin entender por qué les tocó ser un instrumento de dolor infringido de una forma previsiblemente cobarde y desesperada, como tampoco lo entendemos la mayor parte de los miembros “normales” de la humanidad.

Pero no nos engañemos, no bajemos la guardia ante nuestra supuesta “normalidad”, no nos supongamos inocentes, ni libres de caer en manos del odio, porque, a nada que tiremos de realidad, nos podremos dar cuenta de que vivimos rodeados de odio. Puede que sea un odio con sordina, un odio aparentemente controlado, un odio justificado con nuestras propias razones y convicciones, pero el odio, individual o compartido, solo es controlable hasta que se descontrola, y entonces nadie se explica cómo ha sido, donde ha dado ese salto que lleva de la voluntad del daño cotidiano a la necesidad de un daño de mayor calado.

Veía estos días, te lo comenté, una serie que se llama “Revenge”, una adaptación al mundo actual de “El Conde de Montecristo”, y que trata sobre la mutua destrucción de varios personajes cuya única ligazón, cuyo principal motivo vital, es la venganza, el odio que se profesan. Siempre, dentro de las simplificaciones y carencias de la ficción, resulta ilustrativo poder observar los argumentos que se adivinan en las acciones de los personajes, la miseria moral en la que se van sumiendo tanto los que son objeto de venganza, como los vengadores, hasta completar un panorama sin inocentes, sin inocencias, en el que hasta las víctimas ajenas acaban viéndose emponzoñadas por el entorno en el que les ha tocado vivir.

Percibo ese odio venial, cotidiano, innecesariamente alimentado en posiciones cargadas de razones no compartidas por los odiados, en los entornos familiares, en los laborales, en los vecinales, en las redes sociales, e, incluso, en entornos que se suponen más propensos a la concordia y la nobleza de espíritu, y en los que el odio hacia lo ajeno florece en sus distintas acepciones, o en la principal. La xenofobia, la intolerancia, incluso la que se arrogan los que invocan la tolerancia para ellos, la intransigencia, la asunción de la razón propia que pretende deslegitimar las ajenas, la calumnia, la mentira intencionada, la divulgación de verdades cuestionables, el forofismo, la radicalización, son procesos de odio que parecen quedarse en las palabras, en un enfrentamiento verbal que pretende lastimar el alma y respetar el cuerpo, en una especie de odio de las gentes de “buena voluntad”, porque curiosamente el odio es más practicado por los que se consideran buenos, hacia todos aquellos que no coinciden con su voluntad irreprochable, indiscutible, inalterable.

Pero es ese odio cotidiano, ese odio razonable, razonado, es el que desemboca en las guerras, en las matanzas, en los linchamientos, en la eterna rueda de la venganza, en los episodios de violencia extrema que a lo largo de la historia nos han conturbado.

Es verdad que la muerte es muerte, que la disposición de la vida ajena, incluso legalmente, es un acto de una vileza solo explicable desde la irreversabilidad del acto mismo. Todas las muertes, excepto las ocasionadas por el cese natural de la vida, son inútiles, evitables, innecesarias, pero en todas ellas el asesino cree tener la justificación para haber procedido a su ejecución. Razones sentimentales, razones ideológicas, razones religiosas, razones económicas, razones legales, razones sin  cuento, o, simplemente razones irracionales.

Y allí, al fondo, procurando pasar desapercibido, engañoso, el odio. Siempre el odio.

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