CARTAS SIN FRANQUEO (XXXI)- LA DESFACHATEZ

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Me preguntabas, supongo que al hilo de la conversación que mantuvimos sobre lo que ocurre a nuestro alrededor, por el calificativo que mejor definiera a la sociedad que se retrata en las redes sociales, y en el entorno público, porque parece que en  privado, y cara a cara, nos desenvolvemos con algo más de educación y tiramos algo más de ética.

Lo tengo claro, lo tengo meridianamente claro, tan meridianamente claro que no necesito matices, ni tiempo para pensarlo, ni siquiera hacer ningún tipo de acotaciones: la desfachatez. La característica que retrata a nuestro entorno público, nuestra forma de desenvolvernos en redes sociales, de relacionarnos con el entorno menos privado de nuestra vida es la desfachatez, la capacidad de actuar sin filtro ético, sin reservas morales, y además esperar que nos aplaudan, o, lo que es aún más triste, jactarnos del éxito de nuestras boutades.

Dice el diccionario, al que conviene recurrir, incluso cuando no nos da la razón,  al respecto de desfachatez:

  1. Actitud de la persona que obra o habla con excesiva desvergüenza y falta de comedimiento o de respeto.
  2. Dicho o hecho descarado e insolente.

¿Te suena?

A mí me parece una desfachatez que pueda haber personas dedicadas a mentir y desmentir, según la conveniencia, para crear corrientes de opinión y que además vivan de ello.

Como me parece una desfachatez invocar y exigir derechos y libertades que se usan para negarle eso mismo a los demás, o simplemente a otros.

Una desfachatez es decir una cosa y la contraria, públicamente, y pretender que no existe contradicción, invocando la coherencia.

También es una desfachatez hablar de los errores, delitos, ajenos, a sabiendas de que también son los propios, y omitirlo a pesar de que sea del dominio público.

Es una desfachatez como una montaña, empeñar la palabra en algo que no se tiene intención de cumplir, y además descalificar a los que nos reclaman el empeño.

Desfachatez es desvirtuar el lenguaje e inventar circunloquios, frases vacías, expresiones sin sentido, palabras huecas, para que parezca que se ha dicho lo que no se ha dicho, o que no se ha dicho lo que se ha dicho.

No es menos desfachatez argumentar sobre lo que ha dicho otro, sin que lo haya dicho, o sobre lo que no ha dicho, que sí ha dicho, con el único objetivo de arrebatar una razón cuando faltan los argumentos.

También es una desfachatez, y es de las más habituales, insultar, descalificar, ridiculizar y abrumar a cualquier interlocutor al que no se logra convencer y es capaz de desmontar la falta de razones con razonamientos propios.

Otra desfachatez frecuente, que además supone una torpeza, es criticar a los demás por acciones o cuestiones en los que uno mismo ha incurrido con una ferocidad y contundencia que acaba provocando la sospecha de un ocultamiento.

Aunque no es menor la desfachatez de aquellos que se escudan en frases rimbombantes, en argumentarios ajenos, en paredones dialécticos sin trasfondo, ni trastienda, para sostener ideas que nunca les fueron propias y que recitan sin desmayo ni razón.

Todas esas, y muchas más, son las desfachateces que día a día nos encontramos en las declaraciones de personajes públicos que aparecen en los medios de comunicación. Que se asoman inopinadamente a nuestra privacidad a través de las redes sociales. Que violentan nuestra ética y nuestra razón obligándonos a compartir mentiras como si fueran verdades, falsedades como hechos incuestionables y a asumir acciones lesivas para nuestros derechos y libertades como si fueran necesarias para preservarlos.

Claro que, tampoco debemos de olvidarlo, sería una desfachatez impropia de nuestro intento de ser éticamente solventes, suponer que nosotros somos inocentes en este estado de las cosas. Una desfachatez y una huida hacia ninguna parte.

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