CARTAS SIN FRANQUEO (XX)- LA VERDAD

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“Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira” Ramón de Campoamor.

 

Alfred Stevens: La Verdad y la Falsedad

La verdad es que es complicado hablar de la verdad, que es imposible, ni siquiera, acercarte a ella, que es uno de esos valores absolutos e inalcanzables para el ser humano, pero no por ello renunciable.

Cada uno tenemos nuestra verdad, esa que emana de la convicción personal de estar en posesión de la razón, de tener el conocimiento exacto de los sucesos, de tener una percepción exacta de lo que nos rodea, y en esas estamos, en una verdad soberbia que limita indefectiblemente con la soberbia verdad de los que nos rodean.

Me comentabas de tus dudas respecto a tantas cosas, esas son las únicas verdades a los que puedes aproximarte. Las dudas son el único camino, camino sinuoso y abrupto, que nos permite acercarnos a la verdad sobre cualquier tema o acontecimiento. Incluso a la verdad sobre nuestra propia existencia.

De todas formas, y como se puede deducir de mis palabras, que parecen expresar un convencimiento absoluto sobre lo que estoy expresando, una verdad, es imposible hablar, escribir, dos palabras sin incurrir en la mentirosa detentación de una verdad como un castillo. Pero es que nuestra forma de expresarnos está basada en la aseveración, incluso en la aseveración de la duda, y nos convierte en asertores permanentes, impenitentes.

Es más, y contradiciendo lo que digo, una vez más, si nos ponemos trascendentes podríamos decir que la vida es una sucesión de preguntas cuya respuesta solo se alcanza cuando dejamos de estar vivos, ya que la única verdad inalterable común a todos, a los individuos y a las civilizaciones, es que tienen un  final.

Recuerdo que, uno de los ejercicios con los que intentaba enseñar a mis alumnos las bases de la lógica, era ponerlos en la tesitura de defender, sobre cualquier tema que tuvieran a bien elegir, una posición y a continuación la contraria con igual cantidad de argumentos e igualmente convincentes.

Inmediatamente los mediocres, los absolutamente convencidos de su razón, se mostraban incapaces de encontrar argumentos para dudar de su convicción, y cuando plasmaba de forma lógica, detallada, quirúrgica, la duda y como resolverla, eran incapaces de rebajar sus razonamientos hasta la pregunta de valor binario, sí o no, que puede poner la razón en sus sitio, la incertidumbre, incapaces de rebasar la cultural, e insana, barrera de las verdades incuestionables, de los axiomas.

Con el tiempo, al explicar este básico ejercicio de humildad, y de lógica, me he encontrado con personas que me han considerado un indeciso, un charlatán, un liante o un chalado, porque en sus mentes no cabía la menor duda, lo que en mi escala es que no cabía la menor verdad, y confundían, casi en su totalidad, la verdad con la certeza, y la certeza con la convicción, confusión en la que es difícil introducir una sola duda, ni una sola posibilidad de conocimiento, o, lo que es lo mismo, ni la más mínima posibilidad de aproximarse a verdad alguna.

Seguramente pensarás que al vivir en una duda permanente me convierte en una suerte de indeciso impenitente, en una persona incapaz de tomar decisiones o de tener convicciones. En absoluto. Una cosa es admitir la duda, estar siempre abierto a lo que los demás pueden aportarme, a revisar mis certezas ante nuevas posibilidades, desde una posición de convicción conscientemente elegida, y otra muy diferente vivir en la incertidumbre.

Yo, como cualquier otra persona, tengo la absoluta convicción de tener razón, y, por tanto, de estar en posesión de la verdad en tantos temas como cualquier otro cuñado de los que habitan el mundo del pensamiento. Mi única diferencia con muchos de esos cuñados, es que cuando otro me plantea su verdad, escucho, analizo, pondero y estoy abierto a apropiarme de los razonamientos que se demuestren superiores a los míos. O sea, evoluciono.

De momento me conformo con tener acceso a una verdad bastante limitada, bastante relativa, bastante perecedera, a tener una razón razonable, y no tengo prisa alguna por alcanzar la verdad absoluta y comprobar cuánta razón había en mis razones. En acceder al color absoluto que unifica todos los cristales.

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