CARTAS SIN FRANQUEO (XVIII) – LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

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“Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja”. Francisco de Quevedo a Isabel de Borbón, reina consorte de España, que era efectivamente coja. El muso de las calles actuales diría algo así como: «Isabel, coja de mierda, ojalá te maten» o de forma que ritme más, porque cree que es poeta.

Tal como te anuncié en mi carta anterior, vayamos ahora con el segundo ingrediente de lo que acontece, aunque solo sea porque es la razón invocada en este momento para esas noches de orgía violenta, idénticas a esas otras que antes se dieron invocando la independencia catalana. Exactamente iguales, con los mismos protagonistas, que al parecer lo mismo se apuntan a un roto que a un descosido siempre que haya opción de utilizar la coacción ciudadana y de paso, como quien no quiere la cosa, llevarse para casa algún que otro objeto escapado de algún escaparate al paso.

Partamos de que a mí, y ya lo he dicho varias veces, los valores y los derechos me gustan sin apellidos. Cuando apellidamos algún derecho lo que estamos haciendo es recortándolo, y, precisamente por eso, hablar de la libertad de expresión me produce la sensación de estar hablando más de una renuncia, de un fracaso, que de un logro.

Porque invocar el derecho a la libertad de expresión es un reconocimiento explícito de que no existe la libertad, sin más, sin etiquetas, sin acotaciones y, por tanto, reconocemos la imperfección del mundo en el que vivimos. Invocar la libertad de expresión significa que nuestros derechos y obligaciones emanan de una legislación que los limita, que los tutela, y sobre la que le hemos otorgado el derecho a ser administrada a alguna institución de un ente pretendidamente superior al individuo. Por la fuerza o por nuestra  delegación, que eso ya dependerá del sistema  en el que convivamos.

Y, si le hemos otorgado ese derecho, eso significará que hay unas reglas aceptadas que marcan los límites, las excepciones y las represalias que su incumplimiento conlleva. En eso consiste la convivencia reglada, en que hay una institución que vela porque se cumplan las reglas, las leyes, y que dice actuar en nombre de la colectividad.

En un mundo ideal la libertad de expresión no necesitaría ser invocada, es más, ni siquiera existiría el concepto, ya que existiría la libertad, sin apellidos. Pero este no es un mundo ideal, y la libertad está regulada. Concretamente, la libertad de expresión está regulada porque debe de estar limitada por el derecho al honor y por la prohibición de incitar al odio y a la violencia.

Ambas limitaciones, el derecho al honor y la persecución del odio, se hacen necesarias dada la tremenda confusión que sufren algunos individuos, algunas organizaciones, al considerar que la libertad, habitualmente su libertad, es tener derecho a todo, sin límites, sin cortapisas, sin tutelas, sin importar a quién se daña en su ejercicio.

Pero fuera de esas tutelas existentes, fuera de instituciones o cargos públicos, la pretensión de utilizar la libertad de expresión como excusa, nunca como argumento, para insultar, menospreciar, humillar, vilipendiar o zaherir a otra persona, la pretensión de ampararse en la libertad de expresión para llamar al linchamiento, al acoso, a la muerte de otra persona, lo único que puede demostrar es el absoluto desprecio por los derechos ajenos y una necesidad acuciante de educación. No de “buena educación”, sino de educación en valores, de esa educación que genera un compromiso ético personal.

¿Cuándo es lícito reclamar la libertad de cualquier tipo? La prueba del algodón no engaña, la seguridad de estar reclamando lo justo solo es constatable cuando el derecho a defender, la opinión a permitir, es contraria a la nuestra. No es que debamos renunciar a reclamar lo que consideremos reclamable para nosotros mismos, evidentemente, pero siendo estrictos en nuestra mirada, siempre habremos  de considerar que la reclamación de derechos que se acomodan a nuestro pensamiento debería de estar bajo la sospecha de la conveniencia, mientras que reclamar el derecho ajeno nos permite estar convencidos de hacer lo correcto.

Pero esa prueba no se hace. Falla de forma estrepitosa. Falla porque se invoca el derecho a la libertad de expresión desde una posición que pretende limitar ese derecho a los que no compartan cierto alineamiento político, porque los que reclaman su derecho a expresarse libremente son los mismos que se manifestaron contrarios a que otros lo hicieran no hace mucho tiempo. Porque los que dicen reclamar ese derecho para ellos pretenden limitarlo para todos los que opinen de una forma diferente.

Me resulta doloroso, extremadamente doloroso y significativo, comprobar como la libertad de expresión se reclama con argumentos y acciones de corte fascista. Como al amparo de la etiqueta anti-fascista se mancillan derechos y libertades con actitudes fascistas de libro, y además se hace invocando los mismos derechos y libertades que esas actitudes niegan a los demás, a la inmensa mayoría.

No, en la libertad, en los derechos, no todo vale. No porque la ley lo mande, no porque lo diga un gobierno, un partido o una institución. No todo vale porque lo dice la ética, esa que emana del rigor de la propia mirada, del compromiso con las libertades y los derechos ajenos.

Y como sé que me lo vas a decir, no, no he hablado de ese personajillo mediocre, medrador y carente de la ética más elemental, que ha servido de excusa para todo lo que está sucediendo. No voy ni a pronunciar su nombre porque sería hacerle un tributo a su megalomanía perniciosa, inmoral. La provocación, como argumento para medrar, es tan antigua como la humanidad, pero, si ha habido provocadores geniales, me vale Quevedo, otros, como el de actualidad, son hijos de la mediocridad de su tiempo.

En definitiva, por si no había quedado claro, la libertad de expresión debe de ser absoluta en cuanto crítica a instituciones, a organismos, a cualquier tipo de ente colectivo que administra, decide o regula en nombre de una colectividad, pero jamás debe de permitirse para inferir un daño, moral o físico, a un ciudadano, o a una institución que representa una forma colectiva de entender la vida.

Me voy a permitir, para acabar, contarte una anécdota que puede ilustrar el trastoque de valores. Corría el principio de los setenta en Orense, cuando se organizó una protesta, promovida por intelectuales, artistas y políticos de diversas tendencias (todas prohibidas), consistente en una reunión en la catedral. Solo hubo un detenido, Jaime Quesada, pintor famoso, por proferir la expresión “me cago en Franco”. Una vez interrogado fue puesto en libertad porque alegó que el Franco al que se refería no era el jefe del estado, era su cuñado, cuñado que se llamaba Franco Muela.

En un estado totalitario se protege a las instituciones y se desprotege al individuo, en un estado de derecho Jaime Quesada debería de haber sido imputado por una falta al honor de su cuñado, y totalmente absuelto por criticar a la institución de la Jefatura del Estado en el nombre del que ostentaba el cargo.

A mí que se metan con el rey, con los ministros, o con cualquier símbolo del estado, del gobierno o de los partidos, me parece un ejercicio más o menos sano en función de la inteligencia de la exposición, de su fundamento y de la intención del reclamante, pero si alguien insulta, o falta al respeto a algún individuo, se llame Felipe de Borbón, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Santiago Abascal, fuera de su cometido institucional, me parece intolerable, y, desde luego, fuera del amparo de ningún derecho o libertad. Si la llamada además es a la violencia, ya me da igual si la víctima es individual o colectiva, la violencia no puede estar amparada por ningún derecho porque es la negación misma de todo derecho.

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