Cartas sin franqueo (XVI)- El conformismo

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Te dije en la carta sobre la felicidad, “habrá quién considere que yo hablo de una felicidad que en realidad se llama conformismo.”, y lo ha habido, a pesar de mi advertencia, y aunque espero que tú lo hayas entendido, parece ser que ha habido unas cuantas personas que no han entendido nada.

No tengo claro si el conformismo es una forma de cobardía, o la cobardía es una forma de conformismo, pero sí tengo claro que los cobardes suelen ser conformistas y los conformistas son siempre cobardes.

Recuerdo, como si fuera hoy, en realidad fue ayer, un ayer de varios años, que nada más resultar elegido para asumir una responsabilidad un cobarde vino a decirme que lo mejor que podía hacer era no cambiar nada, dejar que el año para el que había sido elegido transcurriera sin que se notara que yo estaba allí, tal como había hecho él el año anterior. Este señor a su cobardía no le llamaba conformismo, le llamaba prudencia y sabiduría.

Es verdad que de mi carta se puede desprender, quién quiera desprender algo que le acomode, que yo hago una llamada al conformismo, pero lo que yo si desprendo de esa interpretación, porque las palabras son mías y las puedo desprender como quiera, es que está usando mis argumentos para justificarse.

La felicidad nunca puede ser cobarde, nunca puede ser conformista, porque su misma efímera consideración impide que queramos perpetuarla, que queramos mantenerla. La felicidad es un reto, y es por tanto contraria a todo conformismo. La felicidad lucha por abrirse paso, por llenar todos los huecos posibles, por imponerse a la infelicidad en ese combate dual permanente en nuestras vidas, pero quién la trate con la cobardía que los conformistas demandan, será un muerto en vida, o un infeliz de sonrisa en mueca.

El conformismo establece una línea continua, monótona, que huye de los altibajos, de las emociones, que rechaza los riesgos que implica la misma vida, y que al final se funde en un aburrimiento letal para el propio espíritu, y la felicidad es un sentimiento, un vértigo efímero de plenitud.

El conformista se arrincona, se achiquera, se encierra en un universo que quiere adivinar impenetrable, pero que lo único que resulta es repelente, de tal manera que rechaza a cualquier persona o vivencia que pueda alterar esa uniformidad frustrante, envilecedora, que preside todo lo que en él acontece, a todo aquel que en él permanece.

No, es imposible encontrar la felicidad en la monotonía, en la renuncia, en el encasillamiento. Todas estas características de la cobardía, del conformismo, son absolutamente impermeables a cualquier atisbo de felicidad, si bien los habitantes de esos universos muertos en vida, de esos agujeros negros de las vivencias, creen ser felices en su ausencia de infelicidad, ausencia que, por otra parte, no tiene más recorrido que el instante presente, ni más seguridad que la que tiene cualquier circunstancia de cualquier vida.

Los cobardes siempre son infelices, incluso en su autoimpuesta felicidad, porque el temor a que cualquier suceso, cualquier persona con inquietudes, con deseos de ser realmente feliz, quebrante su inmovilista monotonía los hace vivir en un miedo permanente, incompatible con la felicidad. Porque el conformismo, aparte de cobarde, es absolutamente inmovilista.

Solo el que juega gana, solo el que arriesga consigue, solo el que se mueve puede llegar, o, al menos, pasar por ese punto del camino especial, diferente, pleno, y en el que no puede pretender quedarse y convertirlo en una meta.

Pero, y volviendo al cobarde, al conformista que se consideraba a sí mismo prudente y sabio, de la misma especie que los cobardes conformistas que solo tienen argumentos cuando los callan y glosan el silencio como reflexión, su confusión parte de su misma mediocridad, de su misma incapacidad para alcanzar las virtudes que se atribuye, salvo por la ausencia de los defectos contrarios.

El prudente es aquel que sopesa todas las opciones antes de elegir una, el cobarde conformista es el que no se equivoca nunca porque nunca toma ninguna decisión.

El sabio es aquel que usa su conocimiento y experiencia para elegir la mejor opción entre varias, el inmovilista conformista, con ínfulas de sabio, es el que no yerra nunca, porque nunca toma el riesgo de equivocarse.

El silencio del sabio parte de la reflexión y de escuchar a quienes lo rodean, el silencio conformista, cobarde, parte del que no tiene nada que decir, y si lo tiene se calla, por no correr el riesgo a que lo corrijan.

Pero, concluyendo, la felicidad nunca puede ser conformista, porque su misma esquiva y efímera esencia la hacen un bien que hay que buscar continuamente. La felicidad es el logro, y los cobardes no pueden lograr porque ni siquiera lo intentan.

En todo caso, y como casi siempre, todo parte de un trueque de conceptos. Yo decía que teníamos que aceptar nuestro pasado y nuestro presente, no conformarnos con ellos, y que la felicidad futura solo podía alcanzarse desde esa aceptación, no que teníamos que conformarnos con lo logrado renunciando a objetivos futuros. Y es que una cosa es aceptar y ser consecuente, y otra es conformarse, y ser cobarde.

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