CARTAS SIN FRANQUEO (XLIV)- EL ORGULLO Y LA SOBERBIA

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Sigo pensando, tal como te dije el otro día, que esta costumbre nuestra, no sé si ajena porque no he vivido en otros países, de utilizar el lenguaje sin rigor ni interés, a veces el interés se pone en deformarlo, nos lleva a vivir un equívoco permanente. Por mucho que nos empeñemos, por mucho que muchos hayan decidido que, como Humpty Dumpty, el verdadero lenguaje lo crea el poder, por lo que para tener poder lo primero que hay que hacer es subvertir el lenguaje hasta que sea propio, el lenguaje de los que no tenemos poder, ni lo buscamos, no admite según qué equívocos. O, por decirlo de una forma rotunda y popular, con el lenguaje que es de todos, “lo que es, es”, y lo otro son guerras en las que los interesados buscan otras metas.

 

 

Denostabas, si no recuerdo mal, el orgullo como una actitud negativa que marcaba una personalidad perversa, y, como ya te dije, no estoy en absoluto de acuerdo. El orgullo que nace de la apreciación íntima de algo que nos satisface, nunca puede ser negativo.

Yo, que me enorgullezco de algunos logros en mi vida, de mi familia, de mis amigos, de algunas cosas que me rodean, y me enorgullezco tanto como comprendo cuántas cosas tengo por mejorar, pero con detalle, no en genérico, no veo ningún inconveniente, cuando me miro en el espejo de pesar almas, en reconocerme mis aciertos, en congratularme de ellos y aliviar con ese reconocimiento el profundo pesar por los errores, por las metas no conseguidas, por los daños inferidos, por las actitudes equivocadas.

Es frecuente comprobar que aquellos que denostan el orgullo ajeno lo hacen desde una falsa modestia que hiere la sensibilidad del espectador, desde una soberbia encubierta que retrata una personalidad tortuosa, una incapacidad de lograr un equilibrio veraz en el espejo. Y lo hacen, como creo que lo haces tú, aunque no adolezcas de un perfil de falsa modestia, confundiendo dos términos que, para mí, nunca pueden ser sinónimos: el orgullo y la soberbia.

El orgullo pasa por ser un reconocimiento íntimo de lo logrado, un reconocimiento que permite un asentamiento de la autoestima y que facilita la construcción de una personalidad con carácter. Nadie puede, al estilo de Dobby, el personaje de Harry Potter, formar un carácter franco, fuerte, desde el servilismo, desde la sumisión, aunque sea fingida o impostada.

El orgullo, como iba diciendo, es un reconocimiento íntimo, y se pervierte cuando se hace público, cuando se intenta proyectar sobre los demás, buscando un reconocimiento que, viniendo de fuera, pierde todo su carácter positivo y se transforma en soberbia, en esa soberbia insufrible, vana, vanidosa, que acompañada de falsa modestia nos pone ante las personalidades más potencialmente lesivas del catalogo humano.

¿Qué si estoy pensando en alguien? Seguro, y tú también. Supongo que todos nos hemos encontrado, casi seguro, con ese personaje que intenta, mediante gestos y palabras, explicar lo poco importante que es lo importantísimo que está compartiendo con nosotros, por nuestro propio bien, por supuesto. Todos conocemos, casi seguro, a ese personaje que se infla a ojos vistas antes de darnos un consejo que nadie le ha pedido, pero que él considera imprescindible para nuestras vidas. Todos habremos asistido, casi seguro, a ese episodio de vanidad mal reprimida que busca en el entorno la admiración por lo expuesto, y que no logra otra satisfacción que la apreciación ajena. Casi seguro, y no digo seguro porque posiblemente los sujetos en cuestión no serán capaces de reconocerlo en sí mismos, ni de reconocerlo acertadamente en los demás.

No, definitivamente, el orgullo y la soberbia no son sinónimos, ni siquiera pertenecen al mismo ámbito. El orgullo es algo que todos sentimos, que sienten incluso los serviles, incluso los sumisos, íntimamente en algún momento de nuestra vida, pero que solo los soberbios necesitan proyectar sobre los demás para recibir su aprobación, su aplauso, su admiración. Algo así como los que viven las redes sociales obsesionados por los símbolos de aprobación que su intervención provoque.

Y es que, al fin y a la postre, el único aplauso que podemos constatar como sincero, e incluso aun así nos podemos engañar, es el de nuestro propio reconocimiento, siempre que no caigamos en el silogismo de “El Clásico”, ese personaje orensano del que ya te he hablado algunas veces: “Yo leo a los clásicos y me placen, y luego leo lo que yo escribo y me place en igual forma. Eso es que escribo como los clásicos”.

Este imperdible, y real, personaje, adolecía de orgullo íntimo por su obra literaria, pero al compartir su orgullo con los demás, caía en la soberbia. En una entrañable, inocente, ridícula, soberbia que ni siquiera pretendía disimular con una falsa modestia.

Creo que es lícito sentirse orgulloso, lícito y necesario, y que en la soberbia falla, sobra, la comunicación. Y ni siquiera espero que estés de acuerdo.

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