CARTAS SIN FRANQUEO (XIX)- A VUELTA DE CORREO

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Vuelvo, aunque ella, la violencia, no se ha ausentado en ningún momento, a mi reflexión sobre la violencia, y sobre las cuestiones planteadas en lo que me comentas en tú respuesta.

De alguna manera asocias el pacifismo a un nivel de inteligencia, a un nivel no especialmente brillante, deduzco, y del que, agradezco, consideras que está por debajo de las expectativas que yo puedo despertar. Yo creo que el pacifismo y la inteligencia no tienen ningún tipo de nexo, ninguna escala que los relacione. La inteligencia suele ser la consecuencia de una dotación natural y un esfuerzo por desarrollarla, en tanto el pacifismo es una pulsión, una percepción del mundo que se va formando ante la permanente injusticia que el uso de la fuerza genera, o una toma de conciencia de los escenarios a los que puede conducirnos.

Tal vez el problema es que hablamos como si fueran uno, de pacifismos que no tienen en común otra cosa que el nombre. Yo parto de un pacifismo individual y sentido, de un pacifismo asumido desde la percepción interesada del mundo y su evolución, desde un pacifismo como ideal, y seguramente tú me hablas de ese pacifismo estereotipado y, por qué no decirlo, del jipi ridiculizado en películas, o del pacifismo que algunos reclaman a golpes.

“Que se calle la guerra, que se está callando, porque no quedan niños, que  están soñando”. Escribía yo allá por mis veinte años. Y sigo pensando, tantos años más tarde, que la violencia solo es útil para los que quieren someter a los demás, para los que no tienen otro argumento que la misma violencia, para los provocadores.

La violencia es un fracaso, es el fracaso de la razón y de la justicia, y nadie, a lo largo de la historia incluso, que ha hecho uso de la violencia ha resultado inocente.

Creo que, de todas formas, tal vez, estamos homologando términos que aunque se asimilen son diferentes. La fuerza, la violencia y la saña, no son lo mismo, no merecen el mismo tratamiento. Pongamos, ya que tú te referías a él, como ejemplo a lo sucedido en Linares. Un policía debe de usar la fuerza en el uso de su cometido, y cuando ejerce su función no debe de ser cuestionado, ya que la sociedad le ha encomendado su defensa contra aquellos que van contra la convivencia sin reparar en leyes o en medios. Pero la fuerza ha de ser proporcional a la resistencia, porque en el momento en que no lo es, ya no es fuerza, es violencia, y ningún ordenamiento legal ampara el uso de la violencia. Y lo que ya no ampara nadie es el ensañamiento, es la violencia que busca el daño, que indica un uso lesivo, humillante, innecesario de la fuerza.

Un policía, del cuerpo que sea, está entrenado para usar unas técnicas cuerpo a cuerpo que le permiten reducir a un delincuente con el menor esfuerzo y riesgo posible, y hacerlo es hacer uso de la fuerza. Si en el uso de esa fuerza usa técnicas o instrumentos que exceden lo necesario, estará ejerciendo la violencia, y si una vez reducido sigue aplicando indiscriminadamente la fuerza, habrá ensañamiento.

Yo no sé si, en lo sucedido en Linares, estaba justificado el uso de la fuerza, para eso están los jueces, pero lo que si tengo claro es que hubo una conducta violenta y que las imágenes parecen reflejar un ensañamiento, y esto será así más allá de que las víctimas sean inocentes o culpables, más allá de que hubiera, o no, una provocación, y a un funcionario que actúa en mi nombre, en el de toda la sociedad, nunca le admitiré ni la violencia, ni el ensañamiento.

Así que no, yo no pongo a los policías en situación de negarles la presunción de inocencia, no presumo que su actuación no respondiera a una provocación o a un acto ilegal que les aconsejara intervenir, no tengo ni los elementos, ni el conocimiento para discernirlo, pero sí que los considero culpables de una actuación desmedida, y eso sí que lo veo claramente en las imágenes.

Me hablas de que cometo una contradicción buscando una justificación ideológica de la violencia, pero  he repasado mi escrito en busca de tal justificación y no la he encontrado. Es más, si existiera no sería una justificación, sería una errata. Supongo que, en algún momento, debe de haber alguna coma que sobra, o que falta, y que puede producir esa impresión, y lo deduzco  porque hablas de mi condescendencia con el comunismo, condescendencia que jamás ha existido.

Yo soy condescendiente, fundamentalmente, con cualquier idea que busque un mundo mejor, en general, pero jamás con ninguna ideología porque las considero a todas perversas, instrumentos de la búsqueda del poder, embriones de totalitarismos más o menos contenidos, y el comunismo tradicional, en concreto, como el fascismo, son bastante poco contenidos.

Con la única fuerza que puedo ser permisivo, de ahí que me aplique el calificativo de pacifista pragmático, es con aquella que busca el resarcirse de una injusticia que no encuentra otro camino. La fuerza del levantamiento del dos de mayo, la de la revolución francesa, los Irmandiños, los Comuneros… creo que a lo largo de la historia hay bastantes ejemplos, tal vez demasiados, pero ya no lo soy tanto con la violencia que se desencadenó a partir de esos hechos, con la saña desarrollada por algunas facciones aprovechando la movilización popular.

Violencia con excusa ideológica es la que se ejerce estos días en las calles de varias ciudades, fundamentalmente Barcelona, pretendiendo presentarla, por parte de algunos, como una reacción popular contra una acumulación de acciones represivas en contra del sentimiento mayoritario. La acumulación de mentiras en esta pretensión es tal que es casi imposible rebatirla. Es mentira que sea popular, es mentira que sea una reacción, es mentira que sea un sentimiento mayoritario, como es mentira el fundamento en el que se basan  muchas de las reivindicaciones invocadas.

La violencia y la saña, en Barcelona, la ejercen los manifestantes, la ejercen grupos profesionales de instigadores a los que se unen todos los exaltados de los alrededores, como siempre pasa en este tipo de actos anti sistema. No voy a entrar a analizar algo que sociológicamente está sobradamente analizado, pero nadie podrá convencerme de la espontaneidad ni de la inocencia de las tropas anti sistema, y les llamo así, tropas, en la absoluta convicción de que hay unos elementos reclutados, entrenados y organizados en la guerrilla urbana, en la violencia y que usan la saña para exaltar a los que tienen alrededor.

Poco más me queda que decir. Tal vez mencionar, de pasada simplemente, esos despachos que pareces identificar como de la internacional comunista, y que en realidad son de la internacional del poder. Despachos donde el comunismo, el fascismo, el liberalismo o el socialismo, la democracia, o cualquiera de sus aberrantes variaciones, el totalitarismo, la libertad, la economía o la represión, no pertenecen al mundo de las ideas, o  de los ideales, son simplemente herramientas que utilizar según las necesidades del momento. Instrumentos de poder para ir llevando al mundo hacia un modelo que yo no comparto y que llevado a sus últimas consecuencias dudo que nadie pueda compartir.

Todos tendemos a considerar un mundo ideal, una utopía por la que merece la pena plantarse y aportar, pero tal vez la utopía de esos despachos sea una cruel distopía para cualquier percepción con un mínimo de rigor social.

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