CARTAS SIN FRANQUEO (XI) – LA NEUTRALIDAD

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“Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales” –  Grabriel Celaya.

Hay muchas palabras que, ante el empuje inmisericorde de las ideologías, han perdido su verdadero significado, palabras que han pasado de considerarse una virtud a usarse para descalificar. Son muchas, pero hoy quiero reflexionar sobre una en concreto.

Hablábamos el otro día de la neutralidad. En realidad me argumentabas la imposibilidad de mantenerse neutral ante los muchos y variados temas que la sociedad sufre, o que los políticos dicen acometer. Del dicho al hecho hay mucho trecho, y no menos trecho existe entre la indiferencia y la neutralidad.

Tal vez la discrepancia, y la aberración de quienes utilizan el término neutralidad como sinónimo de indiferencia o de incapacidad de posicionarse, esté en la forma de interpretar el concepto de neutralidad. Y dado que muchos de los que utilizan ese argumento errado para acusar a los que no se alinean con sus posiciones, son fervientes admiradores, al menos repetitivos citadores, del verso con el que empezaba esta carta, recurriré al mismo poeta, al mismo poema, para iniciar mi argumentación. Yo, personalmente, y soy libre de hacerlo, considero que Celaya tenía poco que ver con los que ahora reclaman su poema como argumento de sus posiciones.

“Que lavándose las manos se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quién no toma partido hasta mancharse”- Gabriel Celaya

Para aquellos que reclaman la verdad única, el error ajeno, que conciben el mundo como un eterno enfrentamiento entre el blanco y el negro, entre el azul y el rojo, la neutralidad es una incapacidad de alinearse, una frialdad culpable para acometer los problemas, una tara empática para enfrentarse a las realidades, pero olvidan que su posicionamiento, su inamovible bloque de posicionamientos, depende de un ideario rígido que solo puede ser interpretado por un líder ideológico que no admite otra postura que la adhesión inquebrantable o el infierno de la culpabilidad. Por ello, y por simplificación, todo aquel que no comparte el ideario, sea por tener otro, o sea por negarse a aceptar posicionamientos integrales, está fuera del círculo de elegidos.

Pero ¿ser neutral es no tomar partido? No, no necesariamente. Ser neutral, en algunos casos, en mi caso, es partir de una postura que pretende desembarazarse de los ruidos para poder llegar a una idea útil, conveniente, analítica. Postura que en muchos casos disiente de alguno de los puntos de los idearios inamovibles, aunque pueda coincidir con otros. Para algunos, para mí, ser neutral no es una posición final, como se pretende decir, si no una posición de partida, una predisposición a escucharlo todo, reflexionarlo todo, y construir una postura personal. Una predisposición y exigencia de poder practicar el libre pensamiento. Una negativa a permitir que el ruido me ensordezca.

Dice cierta tradición iniciática: “El centro es el único punto desde el que un iniciado no puede equivocarse”. ¿Desde qué centro puede partir una reflexión si ya tiene una idea preconcebida del resultado a alcanzar? ¿Se puede encontrar el centro cuando se parte del perímetro?

¿Es compatible, según algunos pretenden, el librepensamiento con las ideologías? Yo creo que no, estoy convencido, viendo algunas actitudes, algunos desarrollos personales, de que no. Es imposible pensar libremente cuando has aceptado que otro te marque el camino a seguir en tus posicionamientos. Es imposible reclamar el libre pensamiento y la convicción de que la verdad solo tiene un camino, un discurso, un transcurso.

El libre pensamiento, que necesita de una neutralidad de origen, no desinformación, no prejuicios, no indiferencia, no puede ser de izquierdas o de derechas, no puede ser global, no puede ser gremial o cabañil, es una convicción personal, única, ácrata, libertaria, que no puede resistir ser modificada según las convicciones de un referente externo, que no pide, ni admite, otra identidad que la suya propia. No se puede acceder al librepensamiento desde una posición fundamentalista y beligerante, como observo que hacen algunas personas que reclaman el libre pensamiento para ellos en tanto en cuanto descalifican cualquier idea que no coincida con sus ideas.

Por eso ser neutral, desde una neutralidad activa, comprometida, beligerante, irrenunciable, me parece la forma más útil de servir a una humanidad que parece estar inmersa en un debate permanente entre absolutos, entre propios y equivocados, entre coincidentes o perseguidos, entre buenos y malos, entre ángeles y demonios.

Y, entre ángeles y demonios, yo elijo ser hombre; entre buenos y malos, yo elijo ser regular; entre propios y equivocados, yo elijo ser ajeno con argumentos; entre coincidentes y perseguibles, yo pretendo ser divergente aceptado. Unas veces lo conseguiré, la mayoría de las veces no, porque el centro perfecto no es accesible a los hombres, pero intentaré que nadie pueda acusarme de un alineamiento que me impida escuchar a un semejante, debatir sus ideas, aceptarlas o rechazarlas con argumentos y no por prejuicios ajenos, ni siquiera propios.

No pretendo, con esto, reclamar una verdad contumaz, una razón sistemática, una ausencia pertinaz de dudas. No, solo reclamo mi derecho a equivocarme y a aprender escuchando a los demás, a todos, incluso a los que se hayan, también, equivocado.

Y si eso significa ser neutral entre los que necesitan irrenunciablemente pensar acompañados, asistidos, encaminados, me declaro neutral. Patológica, desesperada,  irrenunciablemente neutral, independiente, libre pensador, ácrata y libertario. Reivindico la tradición del centro geométrico como punto de partida de toda razón y me considero en condiciones de decir, parafraseando a Celaya: “maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los indiferentes, los débiles, los cobardes, y maldigo el pensamiento de los que no tienen oídos,  ni buscan otra vía que la lucha, el dolor y los lamentos”

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