CARTAS SIN FRANQUEO (XCII)- EL SINGULAR Y LOS PLURALES

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Por más que me insistas, no vas a convencerme, no al menos en la línea argumental que sigues; el camino de la globalización es un camino erróneo, y lo es, no por el concepto, no por el objetivo, que me parecen interesantes, si no por el desarrollo, por el claro tinte económico que mantienen las instituciones y por la deriva política que nos lleva a ignorar al individuo en aras de unas macro-instituciones más preocupadas de ordenar, de homogeneizar y de enmarcar a la sociedad que de fomentar el elemento esencial de cualquier sociedad, el individuo, el ciudadano, el hecho diferencial.

Solo lo singular es garantía de que lo plural no derive hacia un totalitarismo más o menos encubierto, solo la preponderancia del individuo sobre las estructuras que lo administran puede garantizarnos un mundo equitativo y progresista; progresista en el sentido de evolucionar, no en el sentido falsamente ético, de intromisión moral, que contemplan ciertas tendencias políticas.

No es lo mismo la Verdad, que las verdades; no es lo mismo la Lealtad, que las lealtades; no es lo mismo la Ley, que las leyes; no es lo mismo la Democracia, que las democracias; no es lo mismo el Conocimiento, que los conocimientos; no es lo mismo el trabajador, que los trabajadores. No, no son lo mismo. Cuando pluralizamos un valor, una idea, un individuo, lo vaciamos de contenido, de personalidad, trivializamos su preponderancia, le asociamos, habitualmente, un apellido, que relativiza y hace inaccesible el ideal por el que merece la pena luchar, y le otorgamos la posibilidad de ser interpretado por alguien que inmediatamente sentirá el impulso de imponer su criterio a los demás. No, definitivamente no, no es lo mismo el Singular, que los plurales; el ciudadano, que la sociedad. Ya, ya lo sé, la sociedad es singular, como lo es el pueblo, como singulares son algunos globales que se utilizan ideológicamente para perpetrar una apropiación de una voluntad global que ni ha existido, ni existe, ni existirá jamás, y actuar en su nombre sin que nada ni nadie lo acredite, sin que nada ni nadie pueda rebatirlo.

La globalización no puede ser, no deberíamos de consentirlo, el sometimiento del individuo a estructuras políticas que lo anulen, que lo diluyan, que, y al final es lo que sucede, lo ignoren como tal englobándolo en sucesivas etiquetas según el tema a tratar, raza, género, edad, religión, lugar de nacimiento, tendencia sexual, que sin embargo las mismas leyes dicen ignorar en busca de una sociedad equitativa que eluden con sus miradas, con sus medidas, con sus encasillamientos.

Cuando anulan mi identidad, proporcionándome un número que sustituye a mi identidad personal, me están degradando a componente de una máquina administrativa que va a ignorar mi personalidad, mi voluntad, mi individualidad.

Ya sé, tú consideras que ese cambio de identidad, esa asignación de referencia en el sistema, es una forma de mejorar la eficacia de ese sistema en mi relación con él, pero solo déjame que te haga dos preguntas. Si fuera por eficacia ¿No sería más lógico que yo tuviera un identificador fijo único, que me sirviera igual para todas las áreas administrativas de la estructura social? ¿Por qué tengo un número diferente como persona, otro como trabajador, otro como estudiante, otro como contribuyente, uno distinto por cada servicio en el que soy cliente? ¿Dónde está la eficacia? No sabría contestarte, pero si me sería fácil identificar la despersonalización, la indefensión que eso me produce como individuo. Y una segunda, mucho más cándida, ¿por qué no se me permite, como individuo libre, como integrante de pleno derecho de esa estructura, elegir mi propia identificación, personalizar mi impersonalidad? A esta segunda pregunta la respuesta es aún más compleja que a la primera, y podríamos movernos entre la abrumadora incapacidad burocrática y alguna que otra teoría conspiranoica.

Sin duda la globalización, como concepto, como ideal de un mundo unido y sin conflictos, como una residencia común de todos los seres humanos, igualitaria, libre y en paz, es un deseo que casi cualquier individuo, parece ser que menos los que la dirigen, podría firmar. Un mundo sin fronteras, algunas han caído, sin abismos sociales, cada vez son más abismales las diferencias, sin guerras, dado el momento mejor ni hablar del tema, y con una estructura política volcada en el bienestar del ciudadano, a esta ni se la espera, sería un ideal al que nadie debería de oponerse.

Pero, me temo, esa no es la globalización que tenemos, esa no es la globalización que nos imponen. No es esa la globalización que se está llevando a cabo, más encaminada hacia un reparto del mundo en bloques de políticas irreconciliables, a un mundo cada vez más volcado en ideologías antagonistas que, todas ellas, ignoran al individuo, al ciudadano, al ser humano buscando la preponderancia de la élite que los va a dirigir, y, de paso, en que distopía económica y moral, va a desenvolverse su futuro.

Hay, que se puedan apreciar hoy en día, cuatro modelos propuestos, y en ninguno de ellos se contempla al individuo como base sobre la que edificar la colectividad. La pirámide de responsabilidad, que no de poder, que nunca de poder, debería de edificarse desde la base hasta el vértice, pero, por el contrario, es el vértice el que pretende decidir cómo ha de ser la base, justificando en esa necesidad de una base afín y homogénea, todas la medidas arbitrarias y represoras que persiguen ese no declarado objetivo.

Ni las formales, pero vacías de contenido, democracias liberales, ni las dictaduras ideológicas, ni las dictaduras personalistas, ni las teocracias, ni siquiera algunos intentos supuestamente mixtos, consideran en ningún momento edificar una sociedad al servicio del individuo, del ciudadano. Todos estos sistemas buscan la preponderancia de una élite, sea de partido, económica, religiosa o camarilla personal, que imponga sus criterios y se perpetúe a costa de una sociedad entregada. Solo varía el grado de aparente libertad, de aparente preocupación, de aparente equidad, que transmiten de cara a sus dominios.

Hay quién considera que solo puede haber globalización dentro de la homogeneidad, de la identificación de ideas y objetivos, de la insoportable monotonía del pensamiento único, pero eso no es globalización, eso es tiranía, absolutismo. Solo existen la libertad, la justicia y la equidad, cuando el individuo es capaz de ejercerlas sin coacción, sin imposición de estructuras que suplanten esos valores fundamentales, esos derechos básicos, por sus libertades, sus justicias y sus equidades, y solo porque esas aparentes concesiones son imprescindibles para la consecución de sus superiores objetivos.

La persecución del individuo, del pensamiento diferente, del concepto personal de ciudadano como pieza única y fundamental de una sociedad libre, en detrimento de una uniformidad manejable, es la máxima de todos los poderes actuales, y no parece abrirse ningún camino alternativo que permita ser optimista. Hace ya años que el último movimiento en pos de una libertad individual murió aplastado por lo clichés del sistema y por aquellos que, desde dentro del mismo movimiento, justificaron esos clichés y resaltaron todos sus defectos. Hablo del movimiento hippy. La rebelión de los indignados, que empezó a gestarse en 2008 y culminó en 2011 en Madrid como movimiento ciudadano, fue una leve brisa que quiso recuperar ese discurso, pero que solo dejó como poso un partido populista y unos líderes de pacotilla que se aprovecharon de aquel grito angustiado de muchos individuos de la sociedad, para su propio beneficio y para construir su propia élite que participara en el reparto de poder.

No, querido amigo, no pintan bien las cosas para el individuo, para el ciudadano, para el ser humano. Tal vez, como en “Un Mundo Feliz”, a los irreductibles que queden acaben encerrándolos en reservas para salvajes, como en tiempos ya hicieron con los pieles rojas, como intentaron hacer en otros lugares, con otras culturas, en un afán malicioso de apartar todo lo que no se someta, que no se diluya. Que no lo vean mis ojos, ni los tuyos.

Yo, por si acaso, seguiré manteniendo, contigo y con quién quiera escucharlo, mi idea singular de lo que debería de ser el mundo, mi idea singular de cómo debe de construirse una sociedad libre, justa, equitativa, mi idea singular de cómo huir de los plurales que, como amebas, nos atrapan y nos fagocitan, para construir un mundo de amebas.

Singularmente tuyo.

1 COMENTARIO

  1. Magistral ensayo sobre la singularidad y lo colectivo; por ende, sobe la libertad individual sometida al “pretendido”, pero falso, bien común”…

    No, yo tampoco me rindo. Es más, creo que siempre que sigamos reflexionando sobre la libertad, la seguiremos refrescando como idea absoluta que baja incompleta, pero con vocación de completarse, a este mundo de sombras que algún día, tampoco renunció, verá la luz.

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