CARTAS SIN FRANQUEO (XC)- DEL BANCO A LA BANCADA

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Muchas veces hemos comentado lo fácil que resulta arreglar el mundo desde una barra de bar, o desde una tertulia en cualquier lugar en la que unos cuantos ciudadanos se reúnen a comentar la actualidad política relatada por el diario de turno que habitualmente compran.

Si, querido amigo, esa frase que siempre pronuncia alguno de los tertulianos: “que me dejaran a mí un mes que iba a acabar con todas estas… “y la cuestión a solucionar, y que consiste en una serie de medidas drásticas, normalmente desmesuradas y que acabarían en menos del mes con el país, amén de, casi con toda seguridad, agravar el problema a solucionar. Medidas, casi todas ellas, inspiradas en una mente con claros síntomas totalitarios y una severa tendencia a la represión, por supuesto ajena.

Bueno, pues tal como te apuntaba en nuestra última charla, para mí, el populismo es esa misma actitud, amparada en una estructura política de disparatados afines y con, ¡válgame dios!, no un mes, si no cuatro años para acometer esos disparates dándoles el rango de ley.

De la barra de un bar, o de una tertulia de mesa camilla y estufa, han salido muchas de las leyes que nuestro actual gobierno aprueba sin empacho, sin vergüenza, también todo junto, para complacer a esa parte populista, esperpéntica, fuera de sistema, con la que se ha tenido que acompañar para conseguir mantenerse en el machito.

Claro que basta con oír argumentar a ciertas personas que presumen de sensibles a cuestiones sociales, y dicen apoyar esas leyes, para darse cuenta de que el disparate argumental para apoyar ciertas posturas, no conoce límites, ni siquiera repara en las contradicciones permanentes en las que incurre, con absoluto desparpajo y desprecio de cualquiera que pueda poner un poco de sentido a esas opiniones.

La cuestión iba, en una tertulia radiofónica, concretamente en el programa de Julia Otero en Onda Cero, sobre la reivindicación de la necesidad de la prostitución que Telmo Irureta hizo en su discurso de recogida de los premios Goya. El discurso defendía desde la inmediatez del reivindicador en primera persona, algo que tú y yo ya hemos comentado en otras ocasiones, cuando te contaba cómo, en el Orense de mis veranos adolescentes, en la pandilla, había un chaval, algo mayor que nosotros, que, mientras nosotros ligábamos, y nos echábamos novias, él, debido a ciertas malformaciones, no tenía más oportunidad que pasarse por la calle Villar a pagar los desahogos que su cuerpo le pedía.

Yo no sé hasta qué punto la abstinencia sexual no voluntaria puede perturbar la salud mental de los individuos, o la corporal, pero en estos casos me acuerdo de aquella frase tan presente en los servicios, y no solo los masculinos, de la facultad cuando yo asistía a clases: “La virginidad produce cáncer, vacúnate”. Así que, entre coñas y veras, lo mismo hay algo.

Decir que con su discurso, el de Telmo Irureta, reivindicando su uso, y por tanto la existencia de la prostitución, como servicio a personas que no tienen otro acceso a una sexualidad compartida, está validando la explotación sexual es una argumentación, como mínimo, demagógica, como sus argumentos, pero es además cobarde, prepotente, poco caritativa, discriminatoria, censora y, me temo, puritana.

Tal vez, sin haber oído el programa mencionado, habría pensado en lo inadecuado del comentario, sin más, pero una vez escuchados los argumentos, que no dan ni para polemizar, me siento indignado por el trato dado a una persona que, sospecho, que si perteneciera a ciertos círculos afines, habría sido tratado con otra tolerancia.

Vaya por delante, aunque me parece inútil decirlo porque quién no escucha suele poner en duda cualquier cosa que se diga y no le acomode, que nunca he usado la prostitución, nunca he tolerado ni simpatizado con ningún tipo de explotación, y no me siento espacialmente orgulloso de ello porque eso solo significa que nunca la he necesitado, y que mi único mérito es no haber padecido una carencia o pulsión que me hubiera hecho planteármelo.

El primer argumento, con el que puedo estar de acuerdo, es que la sexualidad no es un derecho, solamente un deseo. Lo compro, aunque quienes me argumentan tal cosa sí le llaman derecho a una interrupción de embarazo, o una pulsión por un cambio de sexo, que tampoco me parecen derechos, como muchas veces he dicho, si no voluntades, y ahí lo dejo. Pero el hecho de que no sea un derecho no puede significar que haya que cortar los caminos para su ejercicio, ni siquiera que tengamos que ignorar ese deseo, si no ver las formas de canalizarlo. Yo entiendo, para quién no ha tenido esa necesidad en la vida, y le da a todo un sesgo ideológico, que reconocer la necesidad de los demás, salvo que pertenezcan a un grupo afín, les resulta complicado, incómodo, intolerable.

Pero los siguientes argumentos esgrimidos, con un desahogo absoluto, ya marcan el camino populista en el que la contradicción no importa, porque se consideran con capacidad para usar un mismo argumento a favor y en contra según el interés que tengan en la cuestión a tratar. Veamos:

  • La prostitución cosifica a la mujer, que no digo yo que no, porque en el momento en el que se le paga su ejercicio deja de ser voluntario, y se conculca su libertad. Bueno, vale, pero a mí me llevan cosificando todos los finales de mes desde hace más de cuarenta años, y nadie se ha preocupado por mí. Y siguen, es que, en el caso de la prostitución, si la mujer(siempre solo la mujer, como si no existiera la prostitución masculina, sobre la que se han hecho películas y escrito novelas, luego debe de existir) la ejerce, es solo por explotación, o por estado de necesidad. Claro, es lo que me pasa a mí con el trabajo. Yo trabajo porque si no lo hago entraré en estado de necesidad. Hago un trabajo y cobro, igual que una prostituta, o prostituto (¡zás¡, lenguaje inclusivo).  Yo también tengo en cuestión mi libertad porque tengo que trabajar para comer. Yo, creo que casi nadie, tampoco voy a trabajar por amor a mi trabajo, si no porque estoy en un sistema en el que no trabajar está penalizado con la exclusión y la necesidad.
  • La prostitución fomenta la explotación sexual, y la trata de mujeres. Coño, claro, es cierto, pero los trasplantes favorecen la aparición de mafias y prácticas delictivas que trabajan el tráfico de órganos y a nadie se le ha ocurrido prohibir los trasplantes. El argumento es impagable, y de una desfachatez rayana en el esperpento.

Por ir acabando; toda actividad lucrativa, empezando por la empresarial, y acabando por la prostitución, genera conductas indeseables encaminadas a lograr un mayor beneficio con un mínimo esfuerzo, en realidad a costa del esfuerzo ajeno, si ello es posible, pero estas conductas delictivas no se corrigen prohibiendo la actividad, si no regulándola y legislando sobre ello. En este caso, el tufillo ideológico, la peste represora y censora, se acompañan de un tema omnipresente en los idearios más recalcitrantes, represivos  y mojigatos, aunque se disfracen de progresía incuestionable. La prostitución, la profesión más vieja del mundo, lleva milenios ofendiendo la sensibilidad de los que ven en el sexo más la faceta de lo perverso que la de lo lúdico. Lo llevan en el ideario (nacional-católico, fascista o comunista, da lo mismo), de todas aquellas ideologías que pretenden hacer un mundo a su medida, en el que su élite determine las conductas ajenas, su libertad y su moral.

Y es que, al final, cuando a los movimientos populistas se les mueve del banco del parque a la bancada del congreso, todos salimos perdiendo. En libertad al menos , pero, seguramente también, en tolerancia y en futuro.

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