CARTAS SIN FRANQUEO (VII)-EL RUIDO

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Hemos hablado del silencio y hemos hablado de la palabra ¿Qué sentido puede tener hablar del ruido? Pero en la sociedad en la que habitamos, en nuestra realidad cotidiana, el ruido nos rodea, nos cerca, y muchas veces nos atrapa.

No pretendo hablar del ruido ambiental que a veces nos desasosiega por la simple ausencia de un silencio reparador. En la civilización, al menos en esta que hemos elegido, el ruido ambiental es casi un sinónimo de progreso. Todos los avances técnicos, mecánicos,  tecnológicos, van acompañados de un ruido, de un sonido característico. Incluso las nuevas energías tiene su peculiar forma de hacerse oír.

Pero esta respuesta a tus preguntas nada tiene que ver con los ruidos mencionados, tú me hablabas del ruido que producen las palabras.

Evidentemente no hablamos de decibelios, ni de armonías, hablamos, o al menos eso pretendo, de ese efecto indeseable que ciertas palabras tienen sobre nuestra actividad mental. Hablamos de esas palabras, a veces ni siquiera pronunciadas verbalmente, que no tiene otro fin, o que parecen no tener otro fin, que anular el pensamiento ajeno. Y en esto hay verdaderos expertos.

Hablamos del ruido ideológico, del ruido mediático, del ruido de las redes sociales, y ahora, desde hace unos días, del desgraciadamente popular ruido de sables.

No sé hasta qué punto, aunque a mí me parece un efecto secuencial y lógico, estos ruidos se provocan unos a otros, se retroalimentan. En realidad digo que no lo sé desde una absoluta convicción de la necesidad que tienen los unos de los otros para perpetuar su existencia.

Es triste, y curioso, observar cómo actúan los maestros de esta lamentable técnica, con qué habilidad y descaro, descaro basado en la certeza de que no serán cuestionados aunque lo hagan sin ocultarse, preparan un escenario en el que el ruido que producen aplaca, sofoca, ensordece al pensamiento.

Es difícil ignorar el ruido de sables, un ruido que sabe a muertos, a torturas a abusos, a periodos en los que la libertad estaba encarcelada, maniatada, perseguida. Es difícil ignorar a los que dejaron su vida a causa de ese ruido, a los que tienen reconocimiento y a los que se pretende no reconocer, porque unos y otros fueron víctimas, en muchos casos inocentes, de ese ruido que algunos, cuya labor encomendada es otra, cuyo permiso armado lo es para defender a los demás, se permiten hacer con medios puestos en sus manos con fines diametralmente diferentes. Es difícil ignorarlo mirando a la historia y sus consecuencias, aunque las circunstancias hayan cambiado y cueste imaginar que ese ruido se imponga en el actual planteamiento internacional. Pero no por eso debemos de ignorarlo, y debemos de poner bajo sospecha a las personas e instituciones que lo acojan.

Pero no es menos inclemente el ruido ideológico que con una violencia descarnada, no por verbal menos violenta, pretende acallar cualquier crítica o pensamiento independiente, cualquier atisbo de libertad diferente a su libertad, de ética que no sea su ética, cualquier iniciativa que pueda suponer reconciliación, paz o tolerancia.

Es un ruido que nos agrede permanentemente, desde los medios, llamados, de comunicación, desde las redes sociales, que lo mismo insulta, que descalifica, provoca o sentencia, porque todas esas formas de conminación, o contaminación, utiliza, y que pretende apoderarse de los conceptos y las palabras haciéndolas suyas y desposeyéndolas de su verdadero significado.

Es un ruido  que parece perfectamente organizado para la provocación, para la coacción, para el ensordecimiento, para someter, coartar y cercenar la libertad de aquellos que pretendan ser diferentes, mantener un pensamiento propio, negarse a integrarse en unas corrientes de pensamiento que no admiten otros pensamientos.

Me preguntas que cual de los dos me da más miedo, pero contestarte de forma absoluta es una irresponsabilidad; los dos me dan miedo. El ruido de sables le he vivido en primera persona, en épocas pretéritas más oscuras que esta, pero el ruido ideológico me recuerda otras épocas en que también ensordeció a la sociedad hasta que fue acallado por el ruido de sables, que , ya puesto a la labor, se llevó por delante vidas, haciendas y libertades. Unas vidas, unas haciendas, y, sobre todo, unas libertades que ya habían sido puestas en cuestión por el ruido ideológico.

Créeme, no seré yo quien elija, no seré yo quien permita que el temor a un determinado ruido me haga ignorar al otro, no seré yo quien, en un acto de irresponsabilidad, se entregue a un ruido para que tape al otro.

No, para mí, espero que para muchos más, el único ruido apreciable es su ausencia, la única libertad defendible es la Libertad, el único alineamiento posible en con una sociedad libre, tolerante, dialogante, fraterna, equitativa, esa que no permiten los ruidos. Una sociedad en la que los únicos ruidos tolerables son: el de las ideas constructivas, la música y la vida.

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