CARTAS SIN FRANQUEO (V)- LA PALABRA

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Reflexionaba, en mi última carta, sobre los silencios, y seguramente habrá quién considere que, por opuestos, está considerada también la reflexión sobre la palabra, pero eso, desde mi punto de vista, no sería más que una falacia, una simpleza de gran calibre que no alcanza a ver la verdadera dimensión que la palabra alcanza.

Estoy convencido de que cualquiera a quién le preguntes sobre la relevancia de la palabra reconocerá que es uno de los elementos fundamentales en la vida, y por esta misma afirmación podrás adivinar que nunca se ha parado a ponderar la palabra en su verdadera importancia, que simplemente está repitiendo un concepto acordado universalmente y no reflexionado.

La palabra es, junto con la consciencia, uno de los dos atributos divinos que tiene el hombre, una de nuestras semejanzas con dios.  Y si alguien considera que estoy excedido en mi amor por la palabra, valgan ellas mismas, las mías, para justificar mi convicción. En todo caso hay quién reclama la semejanza física con dios, creando así dioses semejantes a hombres, poniendo el fin por delante del principio. Yo reclamo que cuando dios hizo al hombre a su imagen y semejanza lo concibió dotado de palabra.

¿Qué tiene la palabra de divino? Es el instrumento de la creación. Dios, para crear la existencia usa la palabra y expresa su voluntad de creación que es inmediatamente obedecida por las fuerzas que la palabra reclama, de tal forma que solo existe aquello que puede nombrarse. Dios expresa su identidad con la palabra: “yo soy la palabra”, “yo soy el verbo”, de una forma clara e inequívoca, y cuando quiere comunicarse con la creación, lo hace con la palabra, palabra que usa tanto para transmitir conocimiento, órdenes o castigos, y acaba haciendo el legado de la palabra mediante los libros sagrados.

Usa la palabra para castigar: “ganarás al pan con el sudor de tu frente”. Usa la palabra para confundir y alejar al hombre de su cercanía con él diversificando sus lenguas, usa la palabra para probar, para bendecir, para poner a prueba, e incluso, para humanizarse: “y el verbo se hizo hombre”.

No estoy reclamando con mis palabras, ya que de ellas se trata, la existencia de dios, ni la autenticidad de una religión, y lamento tener que aclararlo para los cortos de miras, si no que reclamo la superior consideración de la palabra como atributo universal del espíritu.

Pero, por muy divinas que sean las palabras, por muy conscientes que seamos de su importancia, entre tú y yo, entre nosotros todos, las palabras son el instrumento de un ser social que las usa para relacionarse. Para darse a conocer a los demás cuando desea ser aceptado, y para transmitir, perpetuar, el conocimiento adquirido.

Es verdad, y no cabe ninguna de ello, que las palabras pueden servir tanto para darse a conocer como para ocultarse, y seguramente todos tenemos sobradas experiencias para confirmarlo en ambos sentidos, pero esta posibilidad equívoca de las palabras no es característica de ellas, si no de aquel que las usa.

A veces tendemos a confundir la palabra con su uso cuando queremos valorarla, pero las palabras siempre son inocentes ya que adquieren carga ética, intencionalidad, cuando son pronunciadas. Tal vez esto pueda suceder porque es habitual confundir la palabra con su sonido, sin tener en cuenta que la palabra existe desde el mismo momento que existe el pensamiento y no necesita ser verbalizada, ni expresada por ningún otro medio, para confirmar su existencia.

Es difícil hablar excelencias de las palabras que inician una guerra, una disputa, que perpetran un agravio o una mentira. Es difícil extenderse en ensalzar las palabras del zafio, del soez, del intrigante, del traidor, del mentiroso o del que hace cualquier uso indebido de ella, pero ni con toda la inmundicia ética con la que podamos asociarlas podemos rebajar su excelencia. ¿Cómo podríamos desenmascarar al mentiroso si no con sus palabras? ¿Cómo identificar al zafio si no por sus expresiones? ¿Cómo acallar al soez si no con palabras?

Pero están, finalmente, las palabras que realmente importan, las que hacen del hombre una singularidad en la existencia, las de amor, las de deseo, las de amistad, las de encuentro, las de acuerdo, las que, en verso o en prosa, invocan el sentimiento. Las que escuchadas alivian el alma, remueven las entrañas y afloran los valores.

Solo mediante la palabra podemos conocernos, solo la palabra permite que nos amemos desde el intelecto, más allá en algunas ocasiones, o junto al disfrute de los cuerpos. Solo la palabra hace que trascendamos lo cotidiano y hagamos sublimación de nuestros pensamientos.

Hablar, eso que permite el galanteo, no solo el amoroso, porque galantes son los amigos cuando se acercan, eso que facilita el mutuo conocimiento, eso que asienta el sentimiento y lo desarrolla, es la única vía que tenemos para compartir, que es nuestra esencia, el amor, el dolor y el conocimiento. Y solo desde el mutuo conocimiento, desde la voluntad de tenerlo y concederlo, solo desde el pensamiento, íntimamente expresado y verbalizado, existe una relación con vocación de amistad duradera. Solo desde la expresión del amor hacia los demás puede reclamarse el amor hacia el que lo ofrece.

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