CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXVIII)- POPULISMO LABORAL

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Comentábamos sobre lo que es el populismo. Como ya te dije me basta con recurrir al diccionario, y ver la definición de populismo, para saber que lo que realmente existen son temas populistas de derechas, y temas populistas de izquierdas, porque el populismo no es una ideología, es una forma de enfocar ciertos temas dentro de cualquier ideología, una forma de tratar los temas en la que lo que prime es el titular, el aplauso fácil, sin que importen los resultados a largo plazo o las consecuencias inmediatas de lo realizado.

Como bien sabes, he tenido una semana en la que esos coletazos populistas se han dejado ver con una frecuencia no habitual, no habitual en mi empresa, pero que desgraciadamente son un reflejo nítido del deterioro que en el ámbito de las relaciones empresario-trabajador se está produciendo por ciertas políticas social-populistas que no se atienen a lo que sucede en el mundo real, ni le importa un ardite las consecuencias a largo plazo de medidas tomadas solo para consumo de los propios, titulares periodísticos para el consumo general, y mayor gloria del nefasto líder ( y no hablo solo del actual y de su camarilla de incompetentes populistas, a esta situación se llega por un trabajo en equipo de los populismos de todo signo, por el fracaso institucional de un sistema que prima el poder sobre el servicio). Así que de la serie populismos infumables, permíteme que hoy me centre en empleo y subvenciones.

Primero fue el sinvergüenza al que entrevisté como aprendiz recién salido de una escuela laboral, de fontanería, para hacer prácticas en nuestra empresa y con posibilidades de incorporarse con contrato  indefinido si demostraba su valía en las prácticas. Como pusiste en cuestión, sin conocerlas, y presuponiendo la populista explotación de los trabajadores, las condiciones de la oferta, te digo: 1200 € netos al mes, 14 pagas, horas extras y guardias (no presenciales) aparte y reflejadas en nómina. Herramientas, vestuario y vehículo proporcionados por la empresa, horario flexible entre las 8.00 de la mañana y las 18.30 de la tarde con una hora para comer. Desgranadas las condiciones y características del trabajo, me pregunta si le puedo pagar las prácticas en b, porque está cobrando el paro y gana 1400, y aún le quedan cuatro meses y no quiere perderlos.

Después fue el desahogado, por ser comedido, que tras decirme, en medio de su semana de vacaciones, que no se va a reincorporar porque ha visto otro trabajo que le interesa más, y que le tramite la baja, cosa que hago de inmediato, al volver, diez días más tarde por la oficina, me pide la carta de despido para tramitar el paro, y ante mi negativa, y mi recordatorio de que fue él quien me dijo que se iba, me dice que no lo había hecho por escrito y que por tanto el despido era improcedente, aunque si le daba una cierta cantidad como indemnización, no me denunciaba.

Quizás no merezca la pena recordar que, a este empresario explotador que suscribe, le ha llegado una multa de 3000 € por no identificar a un conductor que había cometido una infracción por exceso de velocidad con un vehículo de la empresa que él no conducía, y además ha recibido una denuncia por acoso, por requerir al conductor (ya ex empleado), por supuesto suficiente y contrastadamente identificado, y confeso, que se haga cargo de la sanción y las consecuencias de su negativa a hacerlo desde el primer momento, rechazando su identificación cuando la multa era de 200 €.

Pero el populismo dice que el explotador, el sinvergüenza, el desahogado es el microempresario (el 94% de los empresarios en España lo son), sometido a leyes y acuerdos pactados por la gran empresa, que no los representa, y los sindicatos, que en España no se representan ni a sí mismos, subvencionados por el estado y viviendo una relevancia social que solo se justifica desde la necesidad política de justificar las medidas populistas.

Mientras tanto, mientras se reúnen en grandes despachos, mientras reciben a manos llenas las contribuciones sociales de los trabajadores que apenas tienen para llegar a fin de mes, a modo de subvenciones, el entramado laboral y empresarial, que sostiene realmente la economía del país, se desangra entre medidas populistas y sinvergüenzas que se aprovechan de ellas.

El cacareado salario mínimo es una mierda, insuficiente para que nadie viva decentemente en la sociedad de hoy, de aquí, pero el gobierno presume de negociar su incremento; pero lo que no negocia, de lo que no presume,  es de imponer un incremento del IRPF que invalida económicamente cualquier mejora conseguida y asfixia un poco más, ya poco más se puede, al microempresario atrapado entre las deudas generadas por una coyuntura desfavorable, unos impuestos inmorales y un populismo que los usa como hucha, como chivo expiatorio, o como sujetos de mitin, según las circunstancias lo aconsejen.

Solemos pensar que la corrupción es lo que practican los políticos, los grandes empresarios, que se lo llevan crudo. A mí me parece tan repugnante, si no más, la corrupción de los individuos que se lucran, que se aprovechan, que roban los recursos sociales de los realmente necesitados, para evitar el trabajo y vivir por la cara. Corruptos, sinvergüenzas, favorecidos por unas leyes más preocupadas de salir en los titulares que de solucionar situaciones inadmisibles de exclusión social real. Favorecidos por unos entramados sindicales pagados por el dinero de todos y que se dedican a ignorar la ética más elemental y promover el abuso de las leyes. Favorecidos por un flujo económico más interesado en el clientelismo, yo te doy dinero, tú me das votos, que en promocionar el empleo y remedar la brecha económica entre clases. Favorecidos por un absoluto desinterés, yo hablaría de desprecio, en instaurar unos controles mínimos reales y unas contraprestaciones sociales que eviten la picaresca, las corruptelas. Favorecidos por un imaginario ideológico basado en etiquetas, en tics, en consignas que rompen y enfrentan. Favorecidos por un populismo dispuesto a romper, engañar, manipular y quemar en aras de los intereses exclusivos de su entorno. Favorecidos, al fin y a la postre, por la mediocridad, la soberbia, la ignorancia, la falta de ética, de líderes y camarillas con ínfulas de masianismo y afanes de historia.

Las leyes educativas son, sucesivamente, cada una más degradante, más alienante, más adoctrínate, que la anterior. Los pensionistas son estafados por un sistema que les roba los ahorros que han ido acumulando durante su vida, les devuelve una cantidad ridícula e insuficiente para una vida digna, y les cobra impuestos por las cantidades que les devuelve y que ya habían pagado impuestos. Una de las prácticas favoritas de los gobiernos, en las pensiones, en las viviendas, en la circulación y en las empresas, es imponer impuestos sobre bienes que ya han sido gravados previamente.

 

Es imprescindible, y posible, erradicar la pobreza. Es imprescindible, y urgente, restaurar una clase media en descomposición. Es imprescindible restaurar un mercado laboral herido de muerte por el clientelismo. Es imprescindible acabar con los corruptos que saquean las ayudas sociales con argucias y descaro, profesionales de la subvención y el “dolce far niente”. Es imprescindible lograr la dignidad, y suficiencia, de los salarios y las pensiones.

Es imprescindible, nos va la sociedad en ello, acabar con el populismo, con las mentiras, con los relatos, con los comportamientos carentes de ética, con el forofismo, con el concepto sindical de que todo lo que proviene del trabajador es inmaculado, con el concepto empresarial de que la riqueza es patrimonio exclusivo del empresario, con el lujo conviviente con la miseria, con las leyes ideológicas, de parte, con las leyes que legislan la moral, con las prácticas recaudatorias inmorales y empobrecedoras, con los políticos que lastran la evolución, la integración, la libertad y la posibilidad de lograr una sociedad equitativa con sus manejos ambiciosos.

En definitiva, y como ayer te decía, es imprescindible acabar con el populismo, que hoy por hoy, toques lo que toques, toques a quién toques, es la razón última de la mayoría de nuestros males.

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