CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXVI)- DE LA GESTIÓN Y LA INDIGESTIÓN

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He de reconocerte, y no me duelen prendas, que el primer obstáculo que tenemos para poder resolver ciertos problemas es crear un marco dialéctico que no encorsete y restrinja el mansaje que se pretende. El debate ficticio, superado, castrante, que pretende dividir el mundo en dos percepciones sociales diferentes, adscribiéndoles unas siglas, y unas ideas ya preconcebidas, no contribuye a otra cosa que a privar a la sociedad de un debate real.

Claro que, en puridad, el primer debate real sería determinar cuál es el debate político real ¿Conseguir una sociedad en la que el ciudadano sea el sujeto objetivo? ¿Una sociedad en la que primen las estructuras territoriales? , o ¿Una sociedad tutelada por intereses ideológicos, económicos o religiosos?, lo que equivale a establecer unos objetivos hacia los que debe de encaminarse la gestión de los representantes, que, según la elección tomada, pueden ser ciudadanos de a pie elegidos por sus iguales, o líderes, caudillos, o entes difusos de poder.

Está claro que los sistemas actuales están pensados para ignorar al ciudadano, y para consagrar una tendencia ideológica sin vuelta atrás, pero, incluso en esto, hablar de izquierdas y derechas, invocando ideas que en su día tuvieron sentido y contenido, intentando homologar las ideologías actuales, en realidad las interpretaciones actuales, con los líderes y convicciones de entonces, difícilmente tiene sentido.

¿El socialismo es socialista? No, como tampoco el comunismo es comunista, ni el capitalismo es, exactamente, capitalista. Las ideologías tal como fueron concebidas en el XIX, en un mundo con unos valores y unas expectativas diferentes, no tienen cabida en el mundo actual, salvo para añorantes y retardados. No hablemos ya de esa dicotomía de la ilustración que no obedecía más que a un posicionamiento físico de los diputados en la cámara, y que ha trascendido su significado para formar pretendidos bandos irreconciliables: la izquierda y la derecha.

Tal vez podríamos hablar de un social-populismo, de un liberal-populismo, de un nacional-populismo, o de cualquier otra ideología, infiltradas todas ellas por un populismo que las invalida como opción constructiva y que llevan a una gestión nociva en aras de la consecución de objetivos inmediatos, que no siempre están correctamente enfocados, cuando no están directamente en contra de la sensibilidad mayoritaria de la sociedad.

Cada vez es más clara la falta de rigor, de gestión, en aras de una indigestión ideológica más interesada en la autocontemplación, en la supervivencia,  que en una resolución eficaz de los problemas comunitarios. Eficaz, esa es la palabra en cuestión. La eficacia de la gestión es el mínimo exigible a quién se ha postulado para gestionar las mejoras de una sociedad. No de una parte, no de un colectivo, no de unos afines, no en contra del resto, sino de toda la sociedad.

Tal como veo la situación, siendo levemente cínico, o no tan levemente, nos enfrentamos a una sociedad desquiciada por la misma inutilidad de sus gestores, en unos casos por incapacidad, y en otros por interés, aunque ese interés no sea propio.

En una sociedad en la que una parte parece conocer las cuestiones importantes, pero adolece de una incapacidad manifiesta para aportar soluciones y herramientas que las respondan, y la otra parte tiene las herramientas y las soluciones, pero le importa un ardite solventar las cuestiones fundamentales, no se puede decir que tenga un futuro halagüeño.

La justicia social nunca pasará por bajar, ni por subir, los impuestos, porque nada tiene que ver el objetivo con el mecanismo, ni por las subvenciones, ni por tolerancia con la corrupción o el fomento de la picaresca. La formación ética de la sociedad nunca pasará por adoctrinamientos de parte, ni por la ausencia de referentes morales con los que construirse. La sociedad justa nunca se conseguirá a base de leyes ideológicas, de leyes recaudatorias, de leyes populistas o de leyes que favorezcan intereses no declarados, pero esas son las únicas que prosperan, que se contemplan, desde hace unas décadas. La calidad de vida de una sociedad no se construye con la destrucción de alguna de sus clases, ni con una política económica que provoque una insondable brecha entre clases, ni con una gestión perversa provocada por gestores incapaces, si no con una justa homogeneización de las mismas, que no contempla ninguna de las ideologías que hoy quieren construir un mundo a su medida, en el que solo tengan cabida los afines, y los reprimidos. Porque, seamos sinceros ¿si no hay reprimidos, si no hay malditos, como podemos atemorizar a los propios con los infiernos de cualquier tipo?

Una sociedad moderna, una sociedad de ciudadanos, no puede sobrevivir a una política de subvenciones sin contraprestación, no puede sobrevivir a una legislación de intereses particulares, no puede sobrevivir a una corrupción institucionalizada, no puede sobrevivir sometida a intereses económicos en la sombra, no puede sobrevivir a la imposición de intereses ideológicos, religiosos o de cualquier tipo, que pretendan instaurarse en contra de su percepción, no puede sobrevivir a una carencia formativa continuada, no puede sobrevivir al enfrentamiento permanente entre sus miembros, no puede sobrevivir a la sistemática ignorancia de la soluciones reales que necesita para sobrevivir.

En definitiva, y por ir acabando, una sociedad que pretenda un futuro viable, no puede sobrevivir a la mentira mendaz, impertinente, desahogada y pertinaz entre la que nos movemos a diario. Ni a eso, ni a la indigestión permanente de la gestión de unos incapaces infundidos de un populismo fundamentalista, más interesados en el mensaje, que en el contenido, o en las consecuencias.

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