CARTAS SIN FRANQUEO (LXXXIV)-LA RAZÓN SIEMPRE VIAJA EN METRO

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Me recordabas el otro día esos versos  de Celaya, a los que tengo tanto apego desde que los descubrí, allá por mis dieciséis años, que nos llaman al compromiso, mezclando ese compromiso, según tú, con el agradecimiento, con la lealtad, con la fidelidad, y otros sentimientos de reciprocidad.

“Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales”,  “maldigo la poesía de quién no toma partido hasta mancharse”, y me lo decías con ese sentimiento tan gregario que tiende a olvidar que solo se puede ser leal con los demás cuando no se abandona la lealtad con uno mismo, que solo se puede ser leal desde la libertad de no modificar la propias posiciones, o valores, para acomodarse al concepto de lealtad ajeno, y que modificar el criterio propio, para agradecer el favor ajeno, no es agradecimiento, es servilismo.

No sé por qué extraño motivo se invoca la lealtad como una exigencia de renuncia de aquel al que se le solicita, a todo criterio que discrepe del solicitante. Triste virtud aquella que empieza por buscar la destrucción de la libertad ajena, en vez de buscar el compromiso y la verdad, aunque sea otra verdad diferente a aquella en la que creemos. Triste y peligrosa virtud aquella que tiene que ser definida y delimitada por alguien y no ser sentida, porque casi siempre cada uno la adaptará a su propia experiencia. ¿Alguien puede definir la verdad, la libertad, la justicia, la esperanza? No, primero porque no están a nuestro alcance, pero, sobre todo, porque en el momento en que alguien las define, solo parece querer imponer su criterio sobre ellas sobre cualquier otro criterio que puedan tener otros.

He vivido, a lo largo de mi vida muchas veces, episodios en los que se ha invocado mi lealtad en cuestiones familiares, en disputas entre amigos, en debates políticos y éticos, sin primero preguntarme cual era mi opinión en la cuestión en concreto, o si la tenía, o si la quería tener, o si la quería manifestar, ni en el por qué de mi posición, lo cual, ya de partida, es una falta de consideración, casi de respeto, hacia mis posiciones éticas.

La lealtad nunca puede ser la adscripción a un bando a costa de la renuncia a lo propio, la lealtad nunca puede ser un conmigo o contra mí, porque eso, en términos distendidos, puede ser una leva, o un chantaje. La lealtad, tal como yo la entiendo, es la capacidad de un ser humano de estar junto a otro en una circunstancia que lo requiera, sin juzgarlo, sin abandonarlo, sin identificarse con sus criterios o decisiones, en cualquier ocasión que lo precise. Lealtad es decir no cuando el no sea la respuesta, sin que ese no signifique una renuncia. Lealtad es decir, o a mi me lo parece, aquí estoy siempre que lo necesites, pero siempre que necesites un yo, y no otro tú.

“No sé porque me odias tanto si nunca te he hecho ningún favor”, es otra fase que he oído con cierta frecuencia y que tiene un reverso con un grado de perversidad que habla más del que invoca el agradecimiento, que del invocado ¿Puede el agradecimiento esperar la renuncia del agradecido a lo suyo? El agradecimiento es un llamamiento a la generosidad mutua, y no veo ninguna generosidad en esperar la renuncia ajena, pero sin embargo casi siempre se invoca en ese sentido, en un sentido de renuncia y destrucción, en un sentido de sometimiento, de servilismo del segundo donante hacia el primero. No, eso, para mí, no es agradecimiento, porque no es libre, ni, habitualmente justo. El agradecimiento sería una predisposición voluntaria, generosa, libre, del favorecido hacia su favorecedor sin que ello suponga un perjuicio superior al asumible, o, idealmente, ningún perjuicio.

La lealtad, el agradecimiento, y la justicia, que está en el origen de ambos conceptos, son virtudes con balanza, pero, esa balanza jamás puede pretender equilibrarse a costa del perjuicio del otro platillo. En una balanza justa, todo debe de pesar en positivo, porque el equilibrio viene dado por el peso de lo depositado en ellos, no por la ingravidez, o peso negativo de lo que se deposita en el contrapeso.

La vida, por muy simbólica que queramos planteárnosla, no es el transcurso por un tablero de ajedrez, lleno de casillas blancas y negras;  en la vida real las juntas entre casillas son mucho más extensas y profundas que las casillas mismas, y nuestra endeblez, nuestra infinita pequeñez, nos hace discurrir por estos caminos de color indefinido que transcurren entre las casillas blancas, las virtudes, y las casillas negras, las virtudes opuestas, sin que podamos hacer otra cosa que atisbar su existencia, y aspirar a vivir lo más cerca posible de algunas de ellas.

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Empecé esta carta con la estrofa de Celaya que ambos conocemos, pero ese poema de Celaya no es solo esa estrofa, aunque sea la más citada por aquellos que pretenden hacer de la lealtad ajena una bandera propia, a mí hay otra que me conmueve tanto como esa, en ese mismo poema: “porque apenas si nos dejan decir que somos quién somos, nuestros cantares no pueden ser, sin pecado, un adorno, estamos tocando el fondo”

Nadie parece estar interesado en el criterio ajeno, salvo que esté alineado, o sometido, al propio. A nadie parece interesarle otra verdad, u otra visión, que no sea coincidente, o convergente, con la propia. A nadie le preocupa lo que piensan los otros, salvo que sea para mostrar aquiescencia, o pleitesía. A nadie le interesa si fuerza, o violenta, el criterio ajeno cuando llama a una movilización en favor propio.

Suele, en todos estos casos, invocarse la razón, que no es otra cosa que una verdad construida por uno mismo sobre valores propios, pero que no es la verdad, o no tiene por qué ser más verdad que la razón construida desde otro criterio. La razón, querido amigo, es la renuncia perversa a la verdad, es la imposición del criterio propio sobre el ajeno. Hay tantas razones como individuos, tantas verdades como situaciones; lo aprendí en el metro, en mi nacimiento a la adolescencia, oyendo conversaciones de otros pasajeros que siempre tenían razón, hasta llegar a la conclusión de que, o todos los que tenían razón viajaban en el metro, conmigo, o todo el mundo actuaba cargado de una razón propia que invalidaba todas a las ajenas. Al final me decanté por esta última. Todos los viajeros de metro que contaban sus cuitas, sus traiciones, sus fracasos, lo hacían desde una posición de superioridad ética, de razón incuestionable, de apabullamiento moral del ausente, que, seguramente, a su vez, contaría la historia con los valores, las razones, los cuestionamientos contrarios a los que yo escuchaba, y seguramente con el mismo convencimiento por parte de ambos. Así que me acostumbré a escuchar sin juzgar, a entender sin compartir, a solidarizarme sin implicarme, a amar intentando no juzgar. Es a todo lo que me atrevo.

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La lealtad, el agradecimiento, la fidelidad, la amistad, son virtudes libres y recíprocas, y, por ello, nunca deben de ser solicitadas, o pretendidas, o analizadas, o invocadas. Su único campo de existencia es el sentimiento mutuo. ¿Qué clase de amistad es aquella que tiene que ser inquirida? ¿Qué clase de lealtad es aquella que se añora? ¿Qué tipo de agradecimiento es aquel al que se le imponen condiciones? ¿Qué tipo de reciprocidad es aquella en la que una de las partes pauta la de la otra? ¿Qué tipo de fidelidad es la que nace de una falta de libertad?

No, querido amigo, puedes tener siempre la seguridad de tener un amigo, de tener su cariño y su respeto, en la misma medida que seas capaz de aceptar su discrepancia, entenderla y amarla, en el mismo grado que su aquiescencia. De que tendrás su atención y su apoyo siempre que no pretendas que ello vaya en detrimento de él mismo. Esa es la lealtad, mutua, esa es la amistad, sin intereses, esa es la fidelidad, libre, ese es el sentimiento mutuo, compartido, del que se puede estar siempre seguro, lo otro, lo otro es un intento poco generoso de buscar súbditos en un territorio de libertad. O de creer que la razón siempre viaja en metro.

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