CARTAS SIN FRANQUEO (LXVIII)- ACERCA DE LA RAZÓN

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Me intentabas explicar, el otro día, lo importante que es tener razón, y solo se me ocurrió preguntarte ¿Para qué? Y ahí se quedó nuestra conversación, porque a ti, mi pregunta, te provocó un silencio reflexivo, y a mí tres cuartos de lo mismo. Y, tal como era inevitable, me volví para casa intentando resolver una cuestión que yo mismo había planteado. No nos llamemos a engaño, mi pregunta pretendió ser un recurso dialéctico, pero resultó ser una cuestión fundamental.

 

Al final resulta que esto de tener razón es más complicado de lo que inicialmente parece, porque no es lo mismo tener razón como fin, en un debate, por ejemplo, en el que la razón es el  fin último, que tener tazón como principio, como forma de acercarte a la verdad.

En el primer caso lo importante es la habilidad dialéctica del razonante, o, incluso, tal como describía Schopenhauer en “El Arte de Tener Razón”, la falta de escrúpulos para destruir los argumentos del rival mediante cualquier medio, incluido el ataque personal, y sin embargo en el segundo lo que se busca es la satisfacción de acercarse a la Razón, aunque, habitualmente, se acabe reclamando la Razón misma.

Y es en este segundo supuesto, el más habitual en las mesas familiares, en las barras de los bares, en las tertulias varias, en los juzgados y en las arenas políticas, donde tener la razón, te la des tú, o te la den otros, es el principio, y donde gestionar esa razón es una forma habitual de perder la razón, porque considerar que esa razón inicial es suficiente para que todo aquello que derive, o sea consecuencia, o tenga como punto de partida, esa asunción de la razón, también es razonable, es de una osadía, soberbia, estupidez, monumentales. O sea, y coloquialmente, donde la cagamos más a menudo.

La razón, así, con minúscula, no es más que una visión parcial de la Razón, una visión que satisface al que cree tenerla y que, habitualmente, jamás es reconocida por el resto de las razones. ¿Te parece lioso? Recurramos a los clásicos, a los mitos, que con tanta exactitud reflejan nuestros arquetipos y nuestras miserias. El episodio de Troya es perfecto. ¿No tenía derecho Helena a enamorarse de Paris, y no tenía, por tanto, razón al fugarse con él por amor? ¿No tenía razón Menelao, al montar en cólera cuando pensó que su esposa había sido raptada por Paris? ¿No tenía razón Agamenón al asistir a su hermano en su intento de recuperar a su esposa? ¿No tenían sus propias razones Ulises, Aquiles, Héctor, y tantos más, para desempeñar el papel correspondiente en una guerra propiciada por las diosas, más que por los dioses? Todos tenían sus razones, razones, casi todas, contradictorias, antagónicas, pero reconocibles. Bueno, todos no, a mi me cuesta reconocer ninguna razón, salvo el capricho y la soberbia en Paris, pero estoy convencido de que él también tendría argumentos para defender su postura.

Pero en todos ellos, el detentar una parte de la razón, su pequeña razón no es más que un principio, un principio sobre el que desarrollar las actitudes, sobre el que tomar determinaciones, que acaban en una guerra larga y cruenta, y en la que mueren muchos de ellos, cargados de razón. No hay nada más difícil, más complicado, que gestionar la razón, porque tendemos a pensar que esa razón nos concede carta blanca para aplicar cualquier método, para reivindicar cualquier consecuencia, para emprender cualquier acción encaminada a reclamar esa pequeña razón que ni es una Razón última, ni tiene por qué ser  reconocida por otros.

¿Cómo se debe de actuar, tras percibir una razón por nuestra parte? ¿De forma reivindicativa? ¿Vengativa? ¿Intransigente? ¿Condescendiente? ¿Soberbia? ¿Generosa? ¿Cuál de ellas es la actitud correcta? En este sentido los ámbitos reglados tienen la ventaja de que el reconocimiento de la razón lleva implícitas la consecuencia y el desarrollo de esa razón. En el ámbito judicial, la razón lleva aparejadas sus consecuencias, las condenas. En la política, en la que se supone que se accede a la razón por representación de una mayoría, supuesto cada vez más cuestionable,  la razón se aplica en función, al menos teóricamente, de un programa electoral, y todo lo que ese contrato no verbal recoge, tendrá su cobertura en la razón mayoritaria concedida. Pero, como es fácil ver, hay quién se carga de razón y se considera habilitado para tomar determinaciones no recogidas en el compromiso, incluso contrarias, y ahí, como ya había dicho, la caga, y pierde toda la razón.

¿Y en la vida cotidiana? En la vida cotidiana la razón, habitualmente auto concedida, alimentada por un entorno favorable, e intolerante con cualquier crítica o cuestionamiento, suele adolecer de sordera, psicológica, física e, incluso, ética. Y esta sordera es el primer síntoma, el primer paso, para entrar en la pérdida de cualquier razón que nos pudiera asistir de principio, porque conlleva la ignorancia, el desprecio, la falta de reconocimiento de las posibles razones ajenas, que tiene como consecuencia una actitud desmesurada de reivindicación que no tienen por qué compartir los demás, y que suele desembocar en una guerra de egos de consecuencias imprevisibles.

Y la pérdida de razón es la consecuencia más dramática de tener razón, y empecinarse en reivindicarla, y en exigir el reconocimiento ajeno, pero no la única, porque esa pérdida de razón, acompañada habitualmente de una pérdida de razonamiento, suele llevar a exigir de los demás una postura que puede llegar a provocar una ruptura ética. “O conmigo, o contra mí” parecen exigir muchos instalados en una Razón que nunca ha sido otra cosa que una de las razones parciales de un conflicto, o de un pleito, y todos aquellos que tengan un interés real en los contendientes, y un criterio ético suficiente para no ceder a chantajes emocionales, acabarán siendo, al menos momentáneamente, cuestionados en su afecto, en su amistad.

Me sucedió, la primera vez, en la separación de mi hermana, donde había razones para intentar mantener una actitud constructiva en medio de una guerra destructiva, a pesar de las presiones, de los vínculos afectivos, y aunque fracasé, sobre todo porque la edad no me había dado recursos para gestionar mis razones correctamente, aprendí algo que sí me permitió gestionar conflictos posteriores entre allegados , minimizando los daños. Nunca intervenir en una discusión ajena, y, cuanto más cercanos los enfrentados, mayor distancia y menor implicación. Es fundamental guardarte en lo más profundo los reproches y reconocimientos, de ambas partes, que puedas sentir, y no hacer uso de ellos salvo que la presión de alguna de las partes llegue a la violencia, o al odio.

Esa actitud te va permitir estar disponible para ambas partes si hay posibilidad de un acercamiento, evitará que ninguna de ambas  te reivindique como un trofeo en su necesidad de acumular razones, y te evitará tener que cantar las verdades del barquero a quién intente afiliarte a su bando, y, sobre todo, evitarás ser el chivo expiatorio de ambos bandos si algún día se reconcilian.

Y ¿Dónde queda la Razón? ¿Dónde queda la Verdad? Pues en el lugar que cualquier prudente sabe que quedan, en el Olimpo de lo inalcanzable, de lo inaccesible.

Tal vez te parezca que mis palabras reivindican la pasividad ante la razón. Pero, tú que me conoces, sabes que hay pocas personas que sean tan reivindicativas como yo. No, lo que quiero exponerte es que disfrutes de la paz espiritual que produce el haber alcanzado, por el método del cuestionamiento personal, de la verdad desnuda ante el espejo, la convicción de tener una razón defendible, y a partir de ahí, y en el lado más humano, elegir el ámbito y el alcance adecuado para tú reivindicación, teniendo a tu alrededor, y escuchando, a personas capaces de quererte lo suficiente para cuestionarte cada vez que tus actos, tus reivindicaciones, tus planteamientos, excedan la razón conseguida.

Y seguro que lo vas a hacer, excederte, excederme, excedernos, por mucha razón que tengas, o que creamos tener.

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