CARTAS SIN FRANQUEO (LXVII)-¿QUÉ ES SER PACIFISTA?

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Estimada lectora; Marisol:

Aunque, como habitualmente, esta carta no lleve franqueo, sí lleva, sin que sirva de precedente, destinatario. Es de justicia que la mencione a la hora de confeccionar esta reflexión que se inspira en su respuesta, siempre amable, siempre exquisitamente redactada, casi siempre abrumadoramente halagadora. Se lo prometí, y como no me gusta parecerme a los políticos al uso, voy a cumplir con mi palabra.

 

Seguramente no contestaré a todas sus cuestiones, algunas de esas respuestas están implícitas en su mismo texto, pero si a una fundamental “¿Qué es ser pacifista?”

Efectivamente, no es una cuestión fácil de contestar, aunque su siguiente aseveración sí que se desmonta con cierta facilidad: “creo que todos los somos”. No, Marisol, ni siquiera apostaría porque lo fuéramos la mitad de la población mundial. Olvida usted, seguramente porque en su mundo diario no tienen cabida, a todos los colectivos violentos con los que coexistimos. Permítame enumerarle unos cuantos: sicarios, mercenarios, guerrilleros, traficantes, terroristas, asesinos, bandas de todo tipo, mafias, miembros de la Asociación Nacional del Rifle, sin entrar en violencias institucionales, en violencias políticas, religiosas, económicas o personales, que se sirven de estos colectivos para imponerse por la fuerza.

Asómese, no hace falta que sea demasiado, a cualquier medio de comunicación y encontrará una larga lista de actitudes violentas, de actitudes pre-violentas, y de actitudes que pueden incitar a la violencia. Desde las trifulcas políticas, pasando por la violencia doméstica, las peleas entre bandas rivales, las guerras, los enfrentamientos entre hinchas deportivos, casi siempre de fútbol, los tiroteos sistemáticos contra inocentes en los Estado Unidos de Norteamérica, los atentados de carácter religioso, la violencia policial en ciertos países;  y no quiero seguir, no merece la pena, enumerando noticias habituales con mayor, o menor, carga violenta.

No, Marisol, no todos somos pacifistas, ni siquiera la mayoría. Podría convenir con Vd., y seguramente usted conmigo, en que la mayoría de las personas de bien, esas que siguen un código ético con cierto compromiso, ambicionan un mundo en paz,  pero eso no es ser pacifista, es ser, simplemente consecuentemente razonable. Es más, si fuéramos preguntando por esos mundos, a cada persona que nos encontráramos, muchas se declararían pacifistas, pero, si los siguiéramos en su vida cotidiana, comprobaríamos el tremendo trecho que hay entre el dicho y el hecho.

Asista usted, si tiene oportunidad, a un partido infantil, da lo  mismo el deporte, acompañando a alguna de esas madres, también padres, aunque lo de las madres es más visceral, que se ha declarado pacifista, o partidaria de la paz, por no crear mayor confusión. Se sorprenderá, en muchos casos, de la transformación increíble de la persona. Los gritos, los insultos, las amenazas, los menosprecios hacia los niños rivales. Es asombroso, y desmiente el pacifismo de esas personas que, en su día a día, pueden tener un comportamiento ejemplar. Es más, si aún le quedan dudas, pregúntele por su transformación. La respuesta será casi unánime: “Yo soy una persona pacífica, -quién lo diría- pero si me buscan me encuentran”. Y desde luego, ninguno de ellos es un mago del escondite, ni lo pretende.

Así que restrinjamos un poco más; la mayoría de las personas de bien, en circunstancias normales, tiene  un comportamiento, y una idea de la sociedad, pacíficos. Incluso, muchos de los violentos, que se valdrán de diferentes excusas para justificar su contradicción, invocando siempre causas ajenas a su voluntad, pretenderán ser básicamente pacíficos.

Bueno, ya podemos establecer un primer filtro que separa a los violentos puros, de los pacíficos imperfectos, e incluso un segundo filtro que separe a estos de los auténticos pacíficos, los que nunca, en condiciones normales, pensarán en ejercer la violencia sobre un semejante. Bueno, pues, para mí, tampoco estos pueden considerarse pacifistas. Como nunca podré considerar pacifistas a aquellos que, declarándose como tales, usan la violencia en justificación de un activismo incompatible con lo declarado.

¿Qué separa, entonces, a un pacifista de una persona pacífica? Esto ya es más complicado, pero aún así, y siendo mis razones un tanto inaprensibles, me arriesgaré a poner sobre la mesa convicciones asumidas.

El pacifismo es una actitud militante, una convicción intelectual, una construcción ética del mundo y de la propia vida, que hace de la lucha por una paz, que siempre debe de empezar por uno mismo, que se desea, una columna fundamental en una construcción moral, que pretenda llevar a toda la sociedad una capacidad de convivencia, de tolerancia, de libertad, que vaya más allá de una vivencia cotidiana, de una declaración formal. Y en este punto tal vez deberíamos diferenciar al pacifismo radical, del pacifismo pragmático. El primero lo quiere todo ya, y ahora, sin preocuparse de las posibilidades, o de sus consecuencias. Declaran la paz sin preocuparse de la aceptación ajena de esa declaración, sin preocuparse de que esa declaración pueda ser respetada, o no. El segundo simplemente aspira a transmitir la convicción con una esperanza de futuro.

Así que, resumiendo, estimada Marisol,  le diría que ser pacífico es una lucha cotidiana cuya adscripción oral no presupone su cumplimiento, el pacifismo es una convicción ética, una afirmación visceral, que no admite renuncias.

Parafrasearía a Jesús, sin intención ofensiva alguna: hoy por hoy, el pacifismo no es de este mundo, como no lo es la paz ansiada, pero aspira a serlo algún día. Y ya que lo he mencionado, permítame un ejemplo: Jesús habla como un pacifista, sus apóstoles, muchos de sus discípulos, pocos de sus eclesiásticos de alto rango, como seres, más o menos, pacíficos, como pacíficos imperfectos. Esa puede ser la diferencia.

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