CARTAS SIN FRANQUEO (LXIV)- LA DESVERGÜENZA

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¿Es la desvergüenza la falta de vergüenza, o es algo más? Ya sabes que, en estas discusiones semánticas que nos asaltan, lo primero que hago es recurrir al criterio de la RAE, que en este caso dice: “Falta de vergüenza y de respeto”.

Imagen: runrun.es

Ahí le duele. En la desvergüenza es componente fundamental el respeto, la falta de respeto, claro. Porque, si hubiera un mínimo respeto, un mínimo aprecio a la inteligencia ajena, al prójimo en general, la vergüenza sería inevitable, pero el descaro, el desahogo, la prepotencia, la desfachatez, la sensación de impunidad con la que muchos personajes públicos, sobre todo de la política, de la economía, de las variedades -¿a que suena antiguo?-  y del deporte, se mueven por el mundo, hacen que la desvergüenza sea una actitud habitual en sus desempeños, en sus declaraciones, en sus maneras y en sus desplantes. O sea, la actitud de los sinvergüenzas.

Pero, aunque la teoría siempre preserva al escritor del fondo de sus palabras, aunque el decir aquello que los que más ruido hacen quieren oír, siempre favorece la acogida y valoración de lo dicho, me voy a enfangar un poco más y voy a bajar a la arena de señalar a los desvergonzados mayores del reino, y del mundo, con sus nombres y apellidos. Por supuesto, y dado el clima de desvergüenza general que parece presidir el mundo, y este país, sí son todos los que están, pero no están todos los que son, porque para esto último necesitaría un libro. Eso sí, la desvergüenza no admite medidas ni comparaciones, por lo que el orden de aparición no presupone una escala de perfección en la actitud, ni ningún tipo de categoría o clasificación. Es más, no hay orden ni concierto en su relación. Todos ellos son desvergonzados contumaces y suelen hacer profesión de fe de sus desvergüenzas, y reclamarlas como si de un orgullo se trataran.

No quiero evitar la tentación de poner en cabeza de esta lista de personajes nefandos al Sr. Galán, don Ignacio, Presidente y Consejero Delegado de Iberdrola, que desde su desahogo económico, desde su poltrona sostenida por políticos y familiares de políticos de todo signo, se permite el lujo de llamar tontos a los consumidores que tienen dificultades en pagar al mes un recibo de la luz cuyo montante apenas llega a una décima parte de lo que él gana en un día. Y no contento con llamarnos tontos, nos presenta la palmaria demostración de que lo somos anunciando unos dividendos de más de cuatro mil millones de euros (>4.000.000.000€), sacados de los bolsillos de todos esos españoles, entre otros, que apenas logran llegar a final de mes. Hay que convenir que con la aquiescencia de los gobiernos, todos, de los legisladores, todos, y de los votantes que siguen votando a quienes lo han permitido, lo permiten y lo permitirán. Sin duda no es el único que hace fortuna a costa de las necesidades ajenas, pero sí el más locuaz, y el único que se ha permitido llamar tontos, en púbico, a sus explotados.

Sería injusto, dadas las intolerables consecuencias de su desvergüenza, tardar ni un segundo más en señalar al causante directo de miles de muertos, propios y ajenos, sin contar el hambre, la desubicación,  y la necesidad de millones de habitantes del planeta, cuya contumaz mentira, que nadie con un mínimo de vergüenza asume, apenas da para intentar disimular sus ansias imperiales: Vladimir Putin, a quién la historia reserva una plaza destacada al lado de los grandes asesinos de la humanidad. Claro que, si esto fuera algún tipo de galardón, este sería compartido; compartido por su aristocrática élite, compartido por sus ministros, generales y conmilitones, con Labrov al frente, compartido por todos esos anónimos, y no tan anónimos, voluntaristas que tiran de ética comparativa, o de similitud ideológica, para justificar lo injustificable, compartidos por los gobernantes afines que no lo condenan de forma tajante. Y compartido, no lo olvidemos, por todos aquellos que ordenan una, basta con una, muerte ajena para sus propios fines.

Imagen: Pixabay

Y, sin salir de las noticias del día, no dejemos en el olvido a doña Mónica Oltra, flagelo de los imputados, apóstol de la diatriba política, azote de la sociedad heteropatriarcal, que en una pingareta léxica, hay que ver cuánto juego les da a algunos el fascismo, ha decidido que lo que es válido para los demás, no lo es para ella. Lo suyo es una “persecución política”, lo de los oponentes, no. Lo suyo, lo de su marido, no tiene nada que ver con ella, lo de los maridos de sus  oponentes, pongamos a la señora Cospedal, por ejemplo, era palmario que necesitaban de la complicidad de sus esposas. Y así sucesivamente. Claro que esta desvergüenza retransmitida, con luz y taquígrafos, no me parece muy distinta de la del señor Rato, de la del señor Echenique, de la del señor Iglesias, don Pablo, el moderno, de la señora Aguirre, de la señora Cisneros, de la señora Montero, y de todos aquellos cargos que pillados en un renuncio contrario a su palabras, buscan las mil escusas para no tener el comportamiento ético que le exigen a sus contarios, la dimisión inmediata y sin excusas. Y no olvidemos que, también en este supuesto, son solidarios de desvergüenza todos aquellos que teniendo la posibilidad de tomar medidas inmediatas, se ponen de perfil, y aquellos que por afinidad ideológica los disculpan, o incluso jalean.

Y ya que de políticos hablamos, no nos olvidemos de nuestro ínclito señor Sánchez, el mayor seguidor de las verdades marxistas de la historia, de don Groucho de hecho, de don Carlos de dicho, rey de la hemeroteca cambiante, polifacético personaje que puede tener una ética diferente como persona, otra como candidato y aún otra más como presidente. Su desvergüenza a la hora de mentir y no justificar las mentiras con un discurso que puede significar cualquier cosa, es democráticamente demoledora, es institucionalmente arrasadora. Y, una vez más, no nos olvidemos de su corte de sinvergüenzas aplaudidores, de su cla de militantes cómplices de sus hechos y de sus desvergüenzas. Podríamos destacar nombres, Carmen Calvo, María Jesús Montero, el señor Ábalos, el señor Illa, especiales protagonistas en el sostenimiento de la desvergüenza nacional. Nombro a estos en concreto, porque son los que más ahínco han puesto en la mentira continua, en el capotazo a la razón y a la verdad, pero mi omisión no exime a los no nombrados.

Y guardo sitio especial para el malhadado, el desvergonzado mayor de este gobierno, el capitán de uno de los mayores disparates de esta legislatura, que, lejos de presentar su dimisión inmediata, aún ahonda la herida con sus declaraciones, mentiras y correrías. Si, hablo de nuestro ínclito ministro de exteriores, hablo del sostenedor de una política exterior suicida, agravada por la situación internacional, hablo de don José Manuel Albares Bueno. Algo bueno tenía que tener, aunque solo fuera el segundo apellido.

No sería justo olvidar, en esta relación, a algunos personajes, algunos aun en activo, otros, afortunadamente, en el retiro de la historia de la desvergüenza. Este artículo carecería de rigor si en él no se menciona al señor Solbes (autor de la mentira que nos llevó a agravar un rescate y años de penuria que aún arrastramos), al señor Tezanos, inventor de la estadística ideológica, al señor Ruiz Gallardón, ministro responsable de encarecer la justicia para que no esté al alcance de todos, al señor Pere Navarro, recaudador mayor del Reino “por nuestro bien”, al señor Zapatero, principal valedor del forofismo y la radicalidad que hoy vivimos.

Tampoco olvidemos, siguiendo la actualidad, la desvergüenza de aquellos que aprovechan la relevancia obtenida con profesiones socialmente irrelevantes, pero altamente lucrativas, para exhibir ante los que no tienen acceso a ello, sus coches de lujo, sus mansiones, sus dilapidaciones, o como se come un chuletón bañado en oro. Su propio exhibicionismo habla de su carencia de valores, de su falta de vergüenza, de su nula conciencia. Por no hablar, que hablamos, hablamos, de todos aquellos que hacen de la venta de su intimidad, de su participación en exhibiciones de mal gusto y en programas deformantes y alienantes, su forma de vida. Todos ellos deberían de estar encuadrados en alguna profesión de contrastada antigüedad y nombre claro y conciso, sobre la que se discute su legalidad.

Y acabo, aunque esta carta pudiera parecer tan inacabable como la ristra de sellos que habría que poner para franquearla, como la desvergüenza que parece presidir tantas actitudes públicas y notorias. Acabo, con una mención especial al populismo, a los populismos radicales que mienten a sabiendas y se aprovechan de la credibilidad de muchos para medrar y hacer el  mundo peor. Acabo mencionando a Trump, a Bolsonaro, a Maduro, a Ortega, a Le Pen, a López Obrador, a Orbán, a Lukashenko, a Kadírov, y a todos esos líderes de la mentira y la tergiversación que parecen asomarse, cada vez más, a los puestos de poder que les permitan hacer un mundo más inhabitable, más insoportable, más devergonzado.

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