CARTAS SIN FRANQUEO (LXII)- LOS INSTINTOS

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Se quedó a medias, nuestra conversación sobre los instintos. Me habías planteado la cuestión a cuenta del último artículo sobre las palabras de la Delegada del Gobierno de Madrid. Tu postura es que hay que erradicar los instintos, como si de un elemento físico se tratara, y, tal como te dije, esa pretensión no está muy lejos de aquellos terribles experimentos psiquiátricos para erradicar conductas “anómalas” que se estilaban en otros tiempos, cuando la homosexualidad, y otras supuestas desviaciones sociales, se trataban con electroshock, en los tratamientos más benignos, o con lobotomías.

 

Los instintos no son erradicables. Los instintos no van a desaparecer por la voluntad de una persona, por la convicción ética de otra, o por la conveniencia política de una tercera. Los instintos permanecerán con la raza humana mientras la condición animal no sea superada, es decir, mientras los seres humanos sean lo que son, existan.

Desde que el hombre adquirió la consciencia, y descubrió la ética, se inició una transformación para superar los instintos que afectan a la convivencia y dotarnos de unos valores, valores éticos, que nos permitan matizar nuestros impulsos más elementales, animales, y enmascararlos con esa pátina de conductas no naturales que se engloban bajo la etiqueta de “civilizadas”

Hay quienes llevan esa lucha con la consciencia de hacerlo, con el compromiso de lograrlo, con la convicción de que cualquier cesión en la educación es una puerta abierta a los instintos, y hay quién simplemente busca atajos, dando opciones alternativas que permiten asumir los instintos como conductas homologables, por el gratificante método de cambiarle el nombre por otro que la sociedad acepte. A la violencia le podemos llamar guerra. A la pasión sexual basta con que le llamemos amor para intentar asumirla, o incluso sublimarla. A la avaricia, a la acaparación, le llamamos inversión, o ahorro, o capitalismo. Hasta el infinito. Y no son ciertas, son solo la vergüenza ante la claudicación de lo instintivo, que nos negamos a asumir.

Hace unos años, en un perfil de Facebook, una mujer publicó una pregunta básica. El planteamiento del mensaje era: “Si te dijera que hoy voy a decir sí a todo lo que me pidas, ¿que sería lo primero que me pedirías?”

Hubo quién respondió que la paz mundial, quién se descolgó con cuestiones de hambre, de inmigración, de, en tono jocoso, dinero, pero ni una sola referencia a ninguna petición que emanara directamente del instinto. Todas las respuestas pusieron por delante el filtro de los valores, de una forma que simplemente pretendía ningunear al instinto. Pero este enmascaramiento, es, al tiempo que un éxito de los valores, un peligro evidente, ya que no sabemos cuántas de las personas que contestaron lo hicieron siendo conscientes de la negación que practicaban, fundamental para la superación, y no el simple maquillaje, del instinto animal que la pregunta parecía buscar. Siendo conscientes de que su respuesta era la que les deparaba una aceptación social, política, que nada tenía que ver con la verdadera intención de la pregunta.

Yo, por privado, mandé una respuesta lo más sincera y brutal que mi propio análisis me permitió: “Nada más leerlo, sin ningún tipo de censura civilizada, o consciente, surge el instinto con una propuesta de la que tu ser civilizado se avergüenza y contraataca con un deseo puramente floral y totalmente alejado de lo que realmente desearías. Y a partir de ahí empiezan surgir deseos que intentan captar lo que quieres, nótese el cambio de verbo, y balancearlo con lo que pretendes ser, pero ya nada tienen que ver con el deseo íntimo, real, puede que incluso brutal.

El deseo es instintivo, es supervivencia, es preponderancia, es primitivo. Puedo desear, en el sentido descargado del término, un feliz día a los que me rodean, la paz mundial, la felicidad de todos los hombres, menos dos o tres, pero estos son deseos cargados de voluntad, no de instinto, y nunca son, nunca serán, los primeros, ni los más sinceros.

Así que burla burlando si haces el ejercicio veraz, interior, de recorrer tus deseos en busca de aquel que podrías expresar sin escandalizarte, sin obligarte, sin pretender ser otra cosa que lo que realmente eres, casi en plan arqueólogo, podrás ir descubriendo las capas de civilización que has ido acumulando a lo largo de tu, a veces enriquecedora a veces castrante, vida.

Yo solo llevo haciéndolo unas horas y preveo días antes de que pueda llegar a una falsedad aceptable o una verdad no vergonzante.”

Esa amiga, a la que nunca llegué a conocer personalmente, de la que no tenía una imagen real, me respondió dándome las gracias por haberle proporcionado la única respuesta sincera que había recibido, la única que le permitía incorporar un análisis real del comportamiento, que era lo que pretendía con su pregunta.

En esa respuesta mía, está la respuesta a tú cuestión. Los instintos no se tapan con leyes, se tapan con educación. A las personas carentes de esa educación, las leyes les suponen un desafío a sus convicciones instintivas, y por tanto es muy probable que conviertan su desafío en una autoafirmación. Y la personalización ideológica de esas leyes solo supondrá una radicalización ideológica de los que las rechazan, dando, además de los argumentos ya apuntados, un cariz de posición política a lo que no debería de ser otra cosa que un fracaso social. Un fracaso social que, en este caso, provoca víctimas entre los colectivos que las leyes pretenden proteger, pero no protegen por su insuficiente dotación y por su ignorancia de una realidad que las supera, y las desarma por la simple acción.

Tampoco la inclusión de términos, intenciones y ocurrencias doctrinales, en la confección de los temarios escolares, mejora la situación, cuando se hacen de espaldas a la aceptación social imprescindible para su eficacia. Puede que el dos y el tres sean, en los ejercicios matemáticos escolares, igualitarios, solidarios y respeten la diversidad, pero, si al llegar a los hogares, a la vida real y cotidiana, el niño se encuentra un discurso de no aceptación, una respuesta frentista a lo percibido en el aula, difícilmente ese mensaje va a fructificar. Siempre confiando en que el niño, admirador, o sufridor, del mensaje familiar, ante la discrepancia, no acabe en el lugar contrario al pretendido.

Al final, el problema es e siempre el mismo, el populismo se preocupa de hacer leyes cuyo enunciado parece conveniente, necesario, irrenunciable, pero lo hace sin importarle la dotación para su puesta en marcha, sin un estudio mínimo de las consecuencias reales de su aplicación, y procurando que quede claro que son sus leyes y se hacen más en contra de los infractores que a favor de los perjudicados.

Y ese es un mal camino. Me lo dicen mi instinto, y los números de las noticias.

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