CARTAS SIN FRANQUEO (LI)- EL ANIMALISMO

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Hay debates que, dado el desenfoque inicial del asunto a debatir, dada la inamovible postura de alguna de las partes, dispuesta a pasar por encima de cualquier consideración léxica, legal o ética, que pueda cuestionar sus pretensiones, es un debate viciado. Y ese debate acaba convirtiéndose en eso que, en mi juventud, conocíamos como discusión bizantina, o lo que es lo mismo, a discutir sobre el sexo de los ángeles. En eso se convirtió nuestra charla sobre animalismo del otro día.

Cada vez que oigo reivindicar, con absoluta convicción por parte de quién lo hace, como tú hacías, los derechos de los animales, me pregunto qué es lo que quieren decirme, o qué lección sobre los derechos se han saltado para poder defender con ese énfasis algo que, ni léxica, ni jurídicamente, es posible. Y si es así, que lo es, seguramente me están intentando decir algo diferente a lo que me están diciendo, y, por tanto, me están pasando la carga de la interpretación.

Bien, asumo la carga, y en defensa de esa asunción, en defensa de lo que me quieres decir, puntualizo que los animales no son sujetos de derecho, y por tanto no pueden detentar derechos, invocar derechos. ¿Y por qué no son sujetos de derecho? Veamos una definición: “Se considera sujeto de derecho a un centro de imputación ideal de derechos y obligaciones; esto es, aquella unidad sobre la que la ley efectúa imputaciones directas, arrojándole derechos y obligaciones. Para el derecho, los únicos sujetos de derecho son las personas.”

Bueno, me decías sin asomo de duda, como me diría esos supuestos interlocutores a los que me he referido, basta con cambiar la definición, y asunto arreglado. Efectivamente, el lenguaje lo soporta todo, y la definición se puede cambiar sin grandes dificultades, pero, en el momento en el que quisiéramos hacer el encaje jurídico, nos encontraríamos con que el problema persistía, ya que solo es sujeto de derecho aquel que es, inseparablemente, reo de obligaciones, aquel que es responsable, y por tanto imputable directo de obligaciones ante la ley. Y los animales no son, no pueden ser, al menos de momento, imputables directamente. Sus responsabilidades las asumen sus propietarios, que son los verdaderos sujetos de derecho.

Pero, más allá de las cuestiones, de las razones técnicas, podemos entrever las consecuencias de aplicar la reivindicación de los derechos humanos sobre los animales, desplazándonos en el tiempo a un supuesto punto del futuro, a un hipotético instante, en el que esos derechos se hicieran efectivos.

El primer derecho, del que emanan todos los demás, es la libertad, lo que supondría que de forma inmediata todos los animales en cautividad, todos los animales de explotaciones ganaderas, todas las mascotas, todos los animales de zoos, acuarios y demás lugares de confinamiento animal, quedarían en libertad, y serían condenados a una vida silvestre para la que no están preparados, algunos fuera de su hábitat natural, a una vida de lucha por la supervivencia para la que no han sido educados, para la que, en el caso de algunas mascotas de diseño, ni siquiera están capacitados. Y la misma presión de esa lucha por la supervivencia haría que muchos de ellos fueran peligrosos para los seres humanos que entrarían, con evidente ventaja, en ese ciclo de cazador/presa que caracteriza a la vida salvaje, a la lucha de instinto.

Por supuesto, ya sé que tu primera intención es rebatirme que las mascotas entren en esa libertad, pero, si dotamos a los animales de los derechos humanos, las mascotas no pueden quedarse bajo la tutela de otro ser, en este caso humano, ya que podría considerarse explotación, o, incluso, se podrá llegar a hablar de conductas de acoso y sometimiento. ¿No es así con los seres humanos? Pues lo mismo, pero con mayor rigor dada la incapacidad de los animales para defender por si mismos esos derechos adquiridos. Un  disparate, un dislate, una sinrazón.

Bueno, también podemos hacer que los derechos sean optativos. Una vez más la palabra lo soporta, pero ¿Quién decidiría sobre la voluntad del animal a vivir en libertad, o no? ¿Algún humano? ¿Y dónde está el derecho del animal, su capacidad de reivindicación? ¿Sería entonces un derecho del animal o una potestad del humano?

Al final, el trasfondo, el verdadero concepto a debatir, debe de ser el maltrato animal, debe de ser la necesidad de trasladar nuestros mejores sentimientos a unos seres vivos que conviven con nosotros, que nos sirven de alimento, de entretenimiento, o nos hacen compañía, y que forman parte de nuestras vidas. Y ahí, en esa reivindicación, en ese enfoque, sí que casi todos podemos estar de acuerdo. En la erradicación de la violencia gratuita, en el control de los términos mínimos de una convivencia, que dependerá del fin para el que esa convivencia esté enfocada.

Pero eso no son derechos de los animales, son obligaciones éticas de los seres humanos hacia los animales, aunque esas obligaciones no pueden ser las mismas hacia una mascota, que hacia un animal silvestre -y menos si puede resultar un riesgo para la vida-, hacia un gusano de seda, que hacia una procesionaria, hacia un tiburón, o hacia una trucha, hacia un gato, o hacia un león, por simple supervivencia, por simple prevalencia de las especies.

Recuerdo que, haciendo el camino de Santiago, coincidí con una persona que consideraba que la única salvación del planeta, del reino animal, pasaba por la extinción del ser humano y caía en contradicciones tales como avisar a algún otro peregrino, sentado bajo un pino infectado, sobre el peligro de que le cayera encima una oruga, pero luego intentaba reconstruir la fila de procesionarias que algún caminante precedente había roto y aplastado para evitar esos daños de los que ella, simplemente, advertía, pero que otros intentaban evitar activamente.

No, la salvación del planeta no pasa por la extinción del ser humano, y el problema del maltrato animal no pasa por otorgar unos derechos sin sustancia, sin criterio, ni por humanizar a los animales -¿Qué culpa tienen ellos de que nosotros seamos como somos?-, sino por implantar unas obligaciones éticas, esas que conviene aprender de pequeño y trabajar con el tiempo, acompañadas de un desarrollo jurídico, que garanticen la erradicación de situaciones de sobrexplotación, crueldad o violencia gratuita, en la relación del hombre con los animales, con los que comparte planeta, y en algunas ocasiones, espacio lúdico y hogar.

“Cuánto daño hizo el señor Disney”, decía aquel conocido mío, y olvidaba a los cuentistas llamados infantiles, y a todos aquellos que pretenden hacer de un animal un remedo de ser humano y aplicarle unas potestades que ni tiene, ni, si fuera consciente y pudiera, querría. Ganaríamos más, seguramente, si pudiéramos acercar más el decadente comportamiento humano a los usos y costumbres animales. Pero eso no tiene vuelta atrás, y venimos marcados por la decisión de Adán y Eva, somos descendientes de aquellos que eligieron la consciencia, la razón, el libre albedrío y tenemos que vivir con ello. No castiguemos a los animales con nuestras obsesiones.

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