CARTAS SIN FRANQUEO (II) EL TIEMPO

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Me hablabas el otro día de la paciencia, de la espera, de la necesidad de mantenerse a la expectativa de lo que la vida vaya deparando para poder tomar decisiones acertadas en temas fundamentales. Espacios de tiempo indeterminados de indeterminadas consecuencias, de inciertas resoluciones, que apuntan a una prudencia temerosa, a una irresoluta indeterminación, más que una inconcreta esperanza.

Siempre pasa cuando hablamos del tiempo, siempre reflexionamos cuando tras hablar del tiempo evaluamos el transcurrido e, invariablemente, hacemos un balance de un bien del que desconocemos el caudal total del que disponemos. Más allá de la inferida eternidad que supone la observación, científicamente contrastada, de que siempre son los demás los que se mueren, esos balances son inevitables en la intimidad de nuestros pensamientos, en lo más recóndito de nuestra alma expectante. Cada vez más avara, cada vez más especuladora con el saldo restante.

Cuando estamos en la infancia los tiempos son espacios insondables imposibles de abarcar, y las referencias adultas a su transcurso que captamos a nuestro alrededor implican unas enormidades inagotables. Luego, cuando se alcanza esa mínima consciencia de una realidad cambiante, que la sociedad define como uso de razón, empezamos a ser conscientes de que el tiempo transcurre, aunque no sea un pensamiento que, dada la disposición natural de todo el tiempo del mundo, pueda perturbarnos más allá de un reconocimiento, puramente teórico y formal, de la existencia de la muerte, que en nada varía los plazos infinitos que nuestra vida dispone para ser vivida. En expresión popular tenemos toda la vida por delante y esa vida es infinita aunque se asevere que tiene un fin.

Luego los años van pasando, no vamos a entrar en una disquisición sobre la variable, e inaprensible,  velocidad del tiempo en su relación con nuestra vida. Ni siquiera voy a entrar en el poético debate de si el tiempo, en su relación con ella, con la vida, la ensarta, la empuja, la comprime o se la lleva por delante, me basta con saber que la relación parece existir y que seguimos sin ser capaces de entender el tiempo más que en un sentido.

El caso es que, según van pasando los años, la consciencia de un posible saldo nos obliga a tener al tiempo en cuenta en todos nuestros planes. Algunos para sumirse en un confort de espera pausada, casi pasiva, que va haciendo su vida contemplativa, una suerte de paisaje entrevisto a través de una ventanilla que se mueve en el camino. Otros, los más activos, los que consideran que hasta el rabo todo es toro, que hasta la muerte todo es vida, buscan con ansia las experiencias que la vida pone a su paso con afán de apurarlas hasta el último sorbo.

Sin duda la postura de la que me hablabas puede obedecer a una menor edad o al hecho de pertenecer a los confortables, o a ambas cosas, pero si se pertenece a la segunda forma de enfocar el futuro se empieza a entrever que aunque la vida sea lineal nadie ha negado que pueda discurrir paralela.

Cuando el tiempo apremia, cuando la posibilidad de reglar el tiempo disponible, regla que habla de repartir el día en partes asumibles de ocio, trabajo, familia y personal, se queda escasa y empiezas a necesitar días de 36, a 48 o a más horas, te das cuenta que la disposición pulcramente lineal y ordenada del tiempo produce una quiebra inasumible del saldo que tintinea en tú interior a cada momento desaprovechado. Y esa consciencia, esa percepción de saldo menguante, esa asunción del desconocimiento del caudal disponible, lleva a buscar convertir el tiempo consecutivo en tiempo simultáneo, en experiencias paralelas, esto es, que comparten el tiempo.

La edad, por más que haya quién no quiere pensar en ella, es un factor determinante en nuestra forma de buscar soluciones o empresas, y es problemático encomendar al tiempo la resolución de cuestiones que el tiempo mismo puede cercenar.

Por eso, cuando me hablabas el otro día de paciencia, de espera, de mantenerse a la expectativa en tus proyectos, no pude por menos que pensar, más allá de que el que espera desespera, que esa espera que invocabas podía ser más una apuesta porque el tiempo resuelva lo que se tiene miedo de resolver personalmente.

O, en términos taurinos, dar una larga cambiada, o hacer un brindis al sol.

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