CARTAS SIN FRANQUEO (CXV)- EL HÁBITO DE LA LECTURA

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Me recordabas, a propósito de la presentación del libro de nuestro amigo, Ignacio Sainz de Medrano, la pregunta de aquella muchacha, adolescente, ya casi mujer, sobre la conveniencia, en realidad accesibilidad, de la historia narrada para gente de su edad, un poco en esa línea perversa de otorgar edades convenientes a los libros, sobre todo si son libros completos, obras literarias, narraciones, que van más allá del libro escrito para iniciación a la lectura, o del mensaje en redes sociales.

¿Existe, en verdad, una edad conveniente para acceder a las obras literarias? ¿Hay que esperar a una sesuda madurez para leer a García Márquez, o a Borges, y sin embargo, pasada la adolescencia, ya no corresponde leer a Salgari, a Verne, a Zane Grey, o a Lewis Carroll? A mí me parece una aberración, qué quieres que te diga. Como me parece una aberración considerar que hay obras, autores, imprescindibles.

Lo realmente preocupante es que alguien se plantee, pregunte, si un cierto libro es accesible para la gente de su edad, sea esa la edad que sea, porque los libros, los buenos libros, son atemporales, son refractarios al edadismo, tan grato a esta sociedad adicta a compartimentar todo, para evitar la libertad de nada, ni de nadie.

Recuerdo, con catorce años, que, estando en Orense, mi tío Toñito, tío abuelo por parte de madre, y en cuya casa de la Plaza Mayor pasaba temporadas vacacionales, me llevó a la librería de La Viuda, para que eligiera un libro que me apeteciera como lectura para esos días, y, siendo como eran tiempos de TBO, de Capitán Trueno, tiempos de viñetas famosas, inolvidables, propias de lectores juveniles e infantiles, yo escogí “La Anábasis”, la expedición de los diez mil, de Jenofonte, para sobresalto de la librera, y pasmo de mi tío. Y me lo leí, de pe a pa, sin saltarme ni un solo párrafo, pero sin ninguna comprensión lectora, he de convenir, y entremezclando su lectura con le “una Grulla en una Taza de Té”, de Yasunari Kawabata, que también se puso a mi alcance. Seguramente yo no tenía la preparación lectora conveniente para leer adecuadamente esas obras, pero mi edad no era ningún obstáculo para apreciar las historias por sí mismas. Eso sí, en mi elección, me refiero a mi elección en la compra, seguramente pesó el hecho de que había estudiado ese año la literatura griega clásica, y  no debo de descartar que en mi decisión hubiera un cierto afán de epatar.

Pero me estoy desviando, porque tu comentario no iba exactamente por la edad, aunque la edad es una perfecta excusa para enmascarar comportamientos que no nos satisfacen. Hay gente que lee, y no importa la edad que tenga, y gente que no lee, ni ha leído en su dilatada, y puñetera, vida. Y no pasa nada, ni se mueren antes, ni son necesariamente menos inteligentes, ni son más torpes, aunque sí, tal vez, tengan una menor cultura, pero de ese tipo de cultura que viene de oír cómo te cuentan historias gentes con otras vivencias, con otra imaginación, con otro enfoque de la vida. Lo que me lleva a otra actitud extraña, los que solo ven cultura en la lectura tradicional, en el “libro” de papel, y que, si ya son capaces de considerar sospechoso al libro electrónico, no digamos ya a series, videojuegos y otras forma de recibir historias e integrarlas en nuestra relación con el mundo, que al fin y al cabo es lo que es la cultura, la capacidad intelectual de ver el mundo que nos rodea con diferentes miradas. Cuanto más amplia es nuestra cultura, más capacidad de ver las distintas posibilidades de esa relación, de esa interacción.

Yo creo que la pregunta de esa niña, es la que se hace cualquier lector ante un libro, ante ese espacio narrativo cerrado al que no sabemos si queremos asomarnos, que no sabemos si “nos va a gustar”. Unos mirarán la portada con la sospecha de la edad, otros sospecharán del autor, otros del tipo de contenido, del género de la ficción, incluso, de la tipografía con la que se haya impreso. Es parte del encanto. Para eso existen los críticos literarios, para equivocarnos con análisis eruditos que solo les importan a ellos. Para eso existen los amigos, para hacernos recomendaciones de lo que ellos ya han leído. Para eso existen las librerías, para ofrecernos la posibilidad de deambular entre sus estantes, leyendo una reseña aquí, un resumen allí, una página al azar, de una portada llamativa. Para eso existen las ferias, para sumergirnos en una vorágine de obras y autores que emboten nuestros sentidos hasta el punto de acabar comprando allí lo mismo que compraríamos en una gran superficie, y desperdiciando la oportunidad de interactuar con autores desconocidos, con obras que están fuera del circuito comercial de las grandes editoriales, y descubrir miradas menos complacientes con el sistema, con la literatura oficial, que no necesariamente tienes que compartir, o que no necesariamente te tienen que gustar.

Y a eso iba, a esa pulsión por leer solo lo que nos gusta, hasta el punto de sentirnos obligados a leer íntegramente lo que no nos gusta, porque lo hemos elegido, no digamos ya si nos lo han recomendado, y, o, regalado. Y resulta duro, árido, leer lo que a uno no le gusta, unas veces por obligación circundante, (esto se lleva mucho en círculos activistas, en los que los autores y sus obras son de culto, y garantiza una visión uniforme del mundo), otras veces por obligación laboral, estudiantes y lectores de editoriales, y otras veces porque me lo recomendó fulanito y me va a preguntar por el libro. Y es ese miedo al rechazo de lo elegido el que nos lleva a hacer una especie de digestión previa, con tantos estómagos como asesores literarios consultemos en nuestro entorno.

Yo he sido un lector impenitente, un devorador de letras que leía lo mismo a Borges, que a Marcial Lafuente Estefanía, con todas las escalas intermedias. Tal vez por eso, nunca me ha dado miedo coger un nuevo libro, y asomarme a él sin prejuicios. Sin prejuicios y sin piedad.

No he sido capaz de leer a Marcel Proust, más allá de las tres o cuatro primeras páginas, a pesar de haber hecho varios intentos. No he sido capaz de leer a Carlos Fuentes, salvo que asumiera la posibilidad de caer en una profunda depresión que empezaba a atenazarme según iba volviendo las primeras páginas de cualquiera de sus obras. Nunca he leído “El Quijote” completo, secuencialmente, como libro. Nunca he leído, al menos de forma intencionada, autores ideológicos, porque me niego a ser colonizado, abducido, reducido intelectualmente, como observo que le pasa a muchos que si lo han hecho. Leí, con mucho trabajo, y tirando de cariño, “Las Cincuenta Sombras de Grey”, porque me lo pidieron, y tenía una cierta curiosidad por el fenómeno, a pesar de que en la página cincuenta ya tenía claro que el libro era timorato, una glosa a un maltratador narrada por una víctima con una visión erótica propia de una monja alférez. Claro que para darse cuenta de eso, habría que haber leído a Sade, los cómics de Milo Manara, o localizado a tus lolitas reales, vitales, después de haber disfrutado de la de Nabokov.

Dicho lo cual, en este mundo de sagas de diez libros de al menos mil páginas cada uno, yo, sin descartar esas sagas, sin descartar nada que sea narración, y, al fin y a la postre, aprendizaje por experiencias ajenas, estoy a punto de empezar a leer “El Porvenir”, de asomarme a ese universo, local, localizado, que Ignacio, el autor, nos describió en la presentación, y que me ha dejado una apetencia. Seguro que lo encuentro adecuado para mi edad, y para la de cualquiera con curiosidad en la mirada.

Y, querido amigo, una última reflexión, hay que arriesgar en la lectura, coger, de vez en cuando, un libro que nadie te ha recomendado, porque el título te parece atractivo, porque el autor te suena, porque la portada te invita, porque sí, sin miedo a descubrir en las diez primeras páginas que te has equivocado, porque esa equivocación, ya te ha enriquecido.

1 COMENTARIO

  1. Abrir un libro y adentrarse en su mensaje es arriesgarse a cambiar de ideas. Reciclarse con el pensamiento ajeno.

    Magnífica invitación a la lectura la que haces en este artículo.

    Muchas gracias.

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