CARTAS SIN FRANQUEO CXLIII- DEUS IRAE

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Siempre me he reído, con algo de comprensión y un bastante de malicia, cuando oigo a alguien decir aquello de: “qué fácil es educar a los hijos de los demás”. Pues eso, que fácil es, desde la distancia y decadencia de la civilización occidental, organizarle la vida a unos señores que llevan matándose más de cinco mil años. Bastantes más.

Permitidme que os cuente de un personaje, Jefté, Juez de Israel y caudillo militar de los galaaditas, y que la cronología bíblica sitúa allá por el 1100 a.c., que, tras derrotar a varios enemigos de Israel, vuelve victorioso a su casa, y organiza unos festejos para celebrarlo, festejos que aprovechan los amonitas, pueblo vecino, pendenciero y traicionero, lo dice la biblia, para presentarse ante Jefté y exigirle que comparta con ellos el botín de su victoria. Jefté, hombre prudente, intenta razonar con ellos y convencerlos de lo injusto de sus peticiones, en un esfuerzo por evitar enfrentamientos, a lo que los amonitas, cada vez más envalentonados, responden con desmanes y exigencias. Harto, Jefté, de la situación, vuelve a reunir al ejercito y derrota a los amonitas totalmente, pero, previendo nuevas disputas, los persigue y ordena matar a todos ellos hasta exterminarlos, para lo que dispone soldados en todos los posibles pasos de los amonitas a sus territorios. Estos soldados han de preguntar a los que intenten cruzar una palabra clave que les es imposible pronunciar correctamente a  los amonitas, algo así como pedirle a algunos andaluces que pronuncien sucesión(*), debiendo matar de inmediato a todos los que la pronuncien mal, sin importar edad o género. Y hasta aquí es interesante esta historia.

Ahora Jefté se podría llamar Netanyahu, los amonitas serían los palestinos, y resulta que, con ligeros matices, la historia se repite. Yo no sé si por aquel entonces había potencias que con la excusa de interceder echaban sus garras en una zona geoestratégica de primer nivel. No sé si alguien pidió la creación de un estado amonita, o si alguien intercedió ante Jefté para que parara la matanza de sus enemigos. No lo sé, ni me interesa más allá del paralelismo entre esta remota historia y la que vivimos hoy en día. Lo que sí se es intentar ponerme en la piel de cada una de las facciones en conflicto, y que bajo ningún concepto voy a tomar partido por ninguno de ellos, a hacerme cómplice de la guerra.

Pero partamos de algunas constataciones, pocas: los palestinos nunca fueron un estado a lo largo de la historia; Hamás es una organización terrorista cuyo principal fin declarado es la desaparición de Israel, y en esto coinciden con un amplio espectro de organizaciones musulmanas, que, yo en mi lejanía y desconocimiento personal, calificaría de terroristas; es fácil suponer que Hamás, sus dirigentes, cuando realizó el ataque contra Israel que ha desencadenado este disparate, sabían perfectamente lo que iba a pasar, y lo buscaban; es fácil suponer que Israel, su inteligencia y dirigentes, sabían perfectamente lo que iba a pasar, y lo buscaban. Y de una presunción, Netanyahu, un radical tradicionalista, conoce perfectamente la historia de Jefté, y tiene una estampita suya en la cabecera de la mesa.

De todas formas, y para una mayor ilustración sobre la evolución política de la zona, y su tradición de matarse unos a otros sin descanso, ni objetivo visible, con la única, auténtica motivación de matar al otro, simplemente porque es el otro, es conveniente volver a ver la Vida de Brian; más concretamente la escena de la discusión de siglas en las gradas.

Dicho lo cual, y poniéndome en la piel de los actores, es previsible que pasen otros cinco mil años, otros cincuenta mil, y los galaaditas sigan buscando un Jefté que extermine a los amonitas, o un Netanyahu que sueñe con acabar con Hamás, y con todas las milicias y organizaciones que declaran su odio a Israel. Así como, entre los amonitas, o entre los palestinos, seguirá habiendo caudillos que antepongan su fanatismo religioso, su odio a los judíos y al pueblo de Israel, al bienestar y progreso de los suyos.

Habría que preguntarse, si existiera un estado palestino, que yo sería partidario de que existiera si esa fuese la solución a todos los problemas, cuál sería su ideario político preponderante: ¿el bienestar del pueblo palestino, o el exterminio de su vecino judío? Me temo la respuesta, la verdadera e íntima respuesta, y me temo que los israelitas también se la temen.

Y si se la temen, y me pongo en su caso ¿Quién negaría la tentación, nefanda pero comprensible, comprensible pero injustificable, de acabar con un enemigo que mientras exista compromete nuestro natural deseo de paz? ¿Nuestra misma supervivencia?

Esta, aunque lo parezca, aunque nos la vendan como tal, no es una guerra religiosa, no es una guerra cuyo único desencadenante sea la religión, esta es una vieja guerra tribal en la que las tribus se travisten en pueblos y naciones, en creyentes y fanáticos, para seguirse matando cinco mil años después. Entonces se invocaban los botines y las envidias, hoy se invocan al Deus Irae respectivo y a los bloques geoestratégicos, pero a estos argumentos, tan modernos, tan sofisticados, tan queridos por los que quieren arreglar el mundo sin moverse de la manzana de su casa, se les ven las costuras del tiempo, a nada que nos fijemos en ellas.

Me gustaría meter mis palabras en una cápsula del tiempo, convencido, lamentablemente, de que si alguien, dentro de cinco mil años, la encuentra, y la lee, podrá considerarla una lectura de actualidad.

De todas formas, lo que sí es evidente, basta con oír una cuantas declaraciones, si eres político y tu chiringuito depende de hacer todo el ruido posible, para que los fonovotantes (seres que votan en función del ruido percibido, pero no les preocupa en absoluto la veracidad o viabilidad del mensaje) te señalen como su mesías, y con eso ya eres personaje de la zona, suelta tu simplicista solución que no soluciona nada, que toma partido, que palabra tan fea, por uno u otro contendiente, y, así, de paso, te conviertes en cómplice de lo que está pasando, de lo que lleva pasando cinco mil años, de lo que seguirá pasando dentro de cinco mil años, en aquella zona donde reina el Deus Irae de todas las partes. Ah¡ y suerte en las próximas elecciones, el ruido es lo que importa.

 

(*) Pongo este ejemplo porque en la versión de la historia que yo conozco, los amonitas ceceaban, y no porque tenga ningún afán de chanza o menosprecio hacia el habla andaluza. Y ya me incomoda (en realidad jode) tener que hacer esta aclaración para los profesionales de la ofensa.

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