CARTAS SIN FRANQUEO (CXII)- MÁS DE LO MISMO, LA CENSURA

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Tal como ya te dije, a los que hemos vivido en el franquismo, en sus últimos años, no por finales menos complicados, ciertas ocurrencias populistas nos suenan a conocidas, a vividas, a viejas fórmulas que el populismo cree descubrir, y presenta como propias, con nuevas palabras, pero que son, finalmente, más de los mismo, más de lo más oscuro del afán político.

Al final, igual que los extremos, igual que los extremeños de Muñoz Seca, igual que las identidades ocultas tras palabras que desmienten los hechos, los totalitarismos, sean del signo que sean, acaban buscando lo mismo, cercenar la libertad individual, desmantelar la representatividad de la sociedad, imponer unos criterios acordes a su ideario y reprimir cualquier conato de disidencia. Eso que, en palabras llanas, agudas o esdrújulas, se llama censura.

La ocurrencia de Sumar, con ese código deontológico del periodismo impuesto y administrado desde el poder, se llama, y algunos ya lo hemos vivido en el franquismo, censura. Pura y dura, no diferente a la que impone Putin en Rusia, maduro en Venezuela o Xi Jinping en China. No diferente de la que impuso Franco en España, Hitler en Alemania, O Stalin en la URSS. NO diferente de la que describen Orwell en 1984, o Bradbury en Farenheit 451. Porque, salvo para interesados, forofos y otros entes de escaso pensar, la censura es el primer síntoma del totalitarismo. Tal vez no el peor, tal vez no el más sanguinario, o perverso, pero sí la enseña de la represión y un ataque directo al libre pensamiento.

fotocomposición plazabierta.com

Y ahora, con una finta difícil de creer, imposible de asumir, nos dicen que eso pertenece a un programa anterior, antiguo. Y, posiblemente, sea cierto, lo de que es antiguo, porque no hay nada más antiguo y definitorio que contemplar la censura, siempre enmascarada de altos principios y grandes criterios morales, de medida imprescindible para preservar a la sociedad de fiascos y sinvergüenzas, como una herramienta de la libertad y de la verdad, pero, por más antiguo que pueda ser, que pueda parecer, o que quiera hacerse creer, el simple hecho de que en algún momento se haya contemplado, de que se haya llegado a plasmar en un documento, aunque sea para descartarlo, los define. Totalitarios, sinvergüenzas dispuestos a imponer a la sociedad su verdad y sus criterios, si es preciso contra su voluntad. Si es necesario, en un estado posterior de capacidades, y como demuestra la historia, a la fuerza.

Exactamente lo mismo, con distintas palabras, con distintos instintos, que nos plantea el extremo contrario, que comparte las soluciones, el totalitarismo, el rancio aroma de la represión y la imposición.

Que no nos engañen las palabras. La libertad es irrenunciable sea desde el criterio que sea. Yo no voy a renunciar a la libertad por la presión inmigratoria, por unas leyes de género que me parecen erróneas, o por la inutilidad administrativa y burocrática de unos estómagos agradecidos multiplicados en parlamentos autonómicos perfectamente superables, y me digan que ellos van a solucionarlo. Yo no voy  a renunciar a la libertad porque las fronteras sean injustas, porque las minorías sean discriminadas, porque la sociedad esté configurada de una forma intolerablemente injusta, y me digan que ellos van a solucionarlo.

No, yo no voy a entregar mi libertad, a dilapidar mi libertad, en apoyar a unos vividores que saben enumerar los qués, los malditos qués, que no funcionan en esta sociedad, porque lo que han demostrado, cada vez que han tenido oportunidad, cada vez que hemos caído en la tentación de desesperarnos y entregar la cuchara del poder a estos totalitarios de todo signo, es que no tienen ni idea, más allá de censuras, imposiciones, represiones y, finalmente, sangre, de cómo. Y los cómo con sangre, los cómo con represión y dolor, no son mis cómo, y acaban no siendo ni siquiera mis qués.

Y es que una cosa es compartir las palabras, la ideas que parecen traslucir las palabras, la denuncia de lo que no funciona en una sociedad, los qués, y otra, muy distinta, inaceptable, aberrante, es compartir los hechos, los caminos trillados y sangrientos, la justificación de las medidas, que abortan la libertad y el progreso, los cómos.

Si no hay libertad, no hay justicia. Si no hay libertad, no hay democracia. Si no hay libertad, no hay equidad. Si se restringe, aunque sea parcialmente, temporalmente, aparentemente de forma justificada, la libertad, ya no hay libertad.

La libertad no es un quesito en porciones, no es divisible, ni negociable, ni moldeable. Solo existen la libertad, y la falta de libertad, y esta falta de libertad, el camino hacia la libertad que queda por andar,  sí que es parcelable, escamoteable, sustraíble, y con eso, y con el engaño de las palabras, que todo lo resisten, nos incitan a entregar parte de ese camino ya andado en aras de unos valores que dicen defender, con palabras, con qués, pero no defienden con hechos, con cómos.

No sé a quién voy a votar, si es que cambio en el último momento mi habitual voto en blanco que denuncia la incapacidad de representarme de los que se presenta, pero sí tengo muy claro a quienes no votaría, ni en defensa propia, a quienes jamás encomendaría la gestión de una sociedad llena de necesidades y carencias, de una sociedad maltratada por la mediocridad, el arribismo y las ideologías. A esos, ni aunque me ofrezcan veinte mil euros por la cara, ni aunque me ofrezcan quitar todos los impuestos.

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