CARTAS SIN FRANQUEO (CXCVIII)- LA RAZÓN ANTIPÁTICA

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En el caso de un enfrentamiento entre derechos, ¿cómo podemos determinar cuál ha de tener prevalencia sobre el otro?, ¿por simpatía?, ¿por convicciones? No parece que ninguno de estos criterios pueda tener aplicación. Pero, a pesar de que nadie parece tener interés en el tema, todos los días se producen actos de reivindicación no compartidos por la mayoría de la sociedad, y que conculcan derechos ajenos.

En realidad, la verdadera pregunta tampoco es la que figura en el párrafo anterior, que, siendo una cuestión a tener en cuenta, no es el verdadero problema social, el dilema ético que intento plantear con mis palabras. ¿Es lícito que una minoría imponga su reivindicación a una parte de la población que no está de acuerdo con su planteamiento? ¿Todo vale a la hora de reivindicar una convicción? ¿Quién puede determinar si una reivindicación es justa, o no? ¿Pueden violentarse las normas impunemente en aras de una protesta, de una reclamación, por el simple hecho de considerar que esta es justa? Claro que, a nada que lo pensemos, quién llega a esos extremos de protesta, siempre considera que la suya es justa, y se siente en la obligación de epatar a la sociedad para que esta reaccione. Aunque sea negativamente.

Y ese es el quid de la cuestión ¿Es lícito imponer a una mayoría actitudes reivindicativas que resultan molestas, incluso lesivas, u ofensivas, por el único motivo de considerar que se tiene razón? Pongamos ataques a las obras de arte, pongamos manifestaciones violentas, pongamos piquetes de huelga, pongamos actos anticlericales, pongamos, por estar de plena actualidad, sabotear el trabajo de unos deportistas que son ajenos al conflicto. Así, a bote pronto, me sale un no rotundo. Así, a bote pronto. Pero ¿realmente unos derechos pueden, tienen que, prevalecer sobre otros? ¿Cuál debe de ser el límite? ¿Qué buscan realmente los activistas? ¿Es imprescindible enfrentar derechos para que una reivindicación sea efectiva?

Lo primero que tengo que hacer, para llegar a una respuesta coherente, es desligar la reivindicación, de la forma de ser reivindicada. Yo puedo estar de acuerdo en que la sociedad tiene que reaccionar ante determinadas cuestiones, pero eso no quiere decir que tenga que estar de acuerdo en cómo lo hacen determinados colectivos, por mucho que mi desacuerdo acarree de inmediato una descalificación que, la verdad, a estas alturas, ya no me inmuta.

Vamos a los ejemplos, que normalmente aclaran más que las meras palabras.

Hace unos días, circulando desde Cibeles hacia la Puerta del Sol, me topé con un abigarrado grupo de ciclistas y patinadores que obstaculizaban, claramente a propósito, la circulación de una vía principal. ¿Qué como sabía que era a propósito? Bueno, cuando alguien en actitud desafiante, chulesca, estúpida, te cruza la bicicleta delante del coche, mientras mira para otro lado, como si no te viera, y te desafía, por supuesto desde la cobardía de saber que es el más débil, y que está amparado por más de cien personas, es que lo está haciendo a propósito, me parece a mí.

Difícilmente, después de ese episodio, yo voy a apoyar lo que sea que esos congéneres reivindicaran, porque sus formas, su método para imponer a unos ciudadanos, por la fuerza, su pretendida razón, me resultan profundamente antipáticos.

Hace unos meses, varias veces, no sé qué colectivo, ni qué reivindicaba, lo que da una idea del éxito de su reivindicación, se dedicaban a agredir obras de arte, para luego encadenarse junto a ella. Como no tengo claro lo que reivindicaban, no puedo saber si estoy, o no, de acuerdo con lo que querían reivindicar, pero sí tengo clarísimo que su forma de hacerlo me resulta profundamente antipática.

Pero, a día de hoy, el mejor ejemplo es lo sucedido en varias etapas de la Vuelta Ciclista a España, en una demostración de un oprtunismo reivindicativo en el que se conculcan los derechos de unos deportistas, pretendiendo una reivindicación claramente justa en su planteamiento, pero absolutamente deleznable en sus formas. Ciclistas heridos, policías heridos, grupos reventadores profesionales por medio, disturbios, y una clase política exhibiendo su mediocridad, su populismo, su oportunismo y su falta de ética, general, y política.

Me gustaría saber en que favorece a la pacificación de Gaza, a la denuncia de Netanyahu, a la erradicación de Hamás, al cese de la guerra, a la llegada de alimentos a los que lo necesitan, sin que una caterva de sinvergüenzas intermediarios se queden con ellos, la violencia extrema, e interesada, la violencia de parte y que anula cualquier razón, la violencia para exigir la paz, que he visto el otro día en un claro propósito de sabotear un acto deportivo, que, con la excusa de un equipo patrocinado por una de las partes violentas, se perpetró, seguramente con intereses no confesados. Algunos internacionales, pero otros claramente nacionales.

No, la razón no se puede detentar a cualquier precio, ni mantenerse cuando se ha incurrido en una flagrante, e interesada, contradicción. La razón siempre debe de ser empática, simpática, para que pueda progresar adecuadamente y sumar defensores, y poder atraer a los que no la ven. Pero la razón antipática, la razón que se intenta imponer sin parar en a quién se perjudica, a quién se ignora, contra quién se ejerce, fuera de aquellos destinatarios directos de la protesta, es difícil de justificar.

Creo que Netanyahu debe de ser parado, creo que debe de llegar alimento a Palestina, libremente, garantizando que no llegue a los terroristas, creo que Hamás debe de desaparecer, creo que todo lo que allí sucede, sin olvidar África, sin olvidar Ucrania, sin olvidar China, sin olvidar tantos lugares del mundo donde la violencia es la única razón imperante, debe de cesar de inmediato, y los responsables, los directos, y los indirectos, deben de ser puestos a disposición de la justicia de forma inmediata (claro que eso abarca a políticos de todo el mundo, y, por supuesto, de nuestro país), como cómplices necesarios de un crimen de lesa humanidad. Sí, como cómplices, y cómo incapaces, populistas, mentirosos y dañinos.

Pero, una vez expuesto lo que creo, me niego a que mi reivindicación sea mantenida por grupos que nada tienen que ver con mi pensamiento, que nada tienen que ver con la razón, que nada tienen que ver con el conflicto, y cuyos métodos me resultan irracionales, y profundamente antipáticos.

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