Hemos dado un repaso sobre todos los ámbitos que afectan directa, o indirectamente, a la IA. Posiblemente no estaremos mucho más cerca del conocimiento profundo de un desarrollador, pero sí la hemos situado en un contexto en el que poder profundizar para encontrar su lugar actual correcto, y, sobre todo, hemos puesto en cuestión la mayor inquietud que alimenta el debate social, a pié de calle: la IA no es una inteligencia.

Hoy por hoy, en el que el término inteligencia solo responde a un interés comercial, y no a una realidad, no hay mucho de qué preocuparse, pero la irrupción de la informática cuántica abre una posibilidad de que asistamos a una nueva expulsión del paraíso, o toma de conciencia de nuestra obra, en la que nosotros nos convirtamos en los dioses que dan la alternativa a una nueva consciencia que se mueva en un mundo vetado, al menos no natural, para nuestra inteligencia binaria. Pero falta tiempo. Aún falta tiempo.
Llevamos años, siglos, incluso milenios, preparándonos para asumir la responsabilidad para la que se nos anunció que teníamos que prepararnos, “seréis como dioses”, la mayor parte del tiempo sin ser conscientes de ello, pero dejando chispas, en nuestro pensamiento, en nuestro arte, en nuestra vocación, de un atisbo de comprensión de lo que buscábamos. Hoy parece que empezamos a entenderlo.
El anuncio, excesivo, interesado, incierto, de la existencia de la mal llamada Inteligencia Artificial, o IA, ha abierto el debate a nivel de la calle, deslumbrada por lo inadecuado de la denominación. El término inteligencia, destinado a impactar, a abrumar, a captar, ha causado una inquietud innecesaria, en aras de una comercialización universal.
No, efectivamente, y tal como reflexión tras reflexión hemos venido sosteniendo, no existe la tal inteligencia, no existe otra cosa que una herramienta que aprovecha al máximo el desarrollo de las técnicas de programación, para conseguir una eficacia brillante. Tan peligrosa, dada la mala utilización, dada la beatificación de la utilidad, dada la personalización a la que invita la errónea denominación, como brillante, e impactante en su uso.
Tal vez, la comprensión Potemkin sea la máxima exposición de la falsedad de la denominación, ya que, aplicada al tema que nos ocupa, denuncia un analfabetismo funcional de la herramienta. Esto es, los programas de IA proporcionan respuesta a casi cualquier pregunta que le podamos plantear, pero ni entiende lo que responde, ni analiza la veracidad de la respuesta, ni aporta ninguna novedad en ella, ya que su construcción es puramente relacional. La respuesta es un compendio de respuestas ya construidas, y almacenadas
Para mayor ilustración de los lectores, la expresión “comprensión Potemkin” se basa en una anécdota protagonizada por el general ruso Grigori Potemkin, que construyó aldeas ficticias para que Catalina la Grande, durante una visita real a la península de Crimea, apreciara una prosperidad absolutamente irreal, una prosperidad construida para su vista.
La humanidad se enfrenta a desafíos para los que su biología, adaptada a su entorno natural, se verá sobrepasada físicamente, incluso intelectualmente, y esos desafíos la obligarán a crear, a superarse, a construir herramientas que sobrepasen sus limitaciones, y seguramente, en ese desafío, acabe encontrando su vocación divina, y creando una nueva inteligencia, adaptada a los entornos inaccesibles para su naturaleza puramente humana.
La exploración espacial, con entornos desconocidos, imprevisibles, la explotación de recursos en otros mundos, en condiciones inimaginables, enfrentados a peligros ignotos, la colonización de planetas extrasolares, incluso los solares, exigirán de herramientas en las que habrá que delegar de forma amplia, y, aunque no todas, algunas necesitarán de la habilidad necesaria para tomar decisiones, lo que supondrá capacidad de análisis, posibilidad de tomar decisiones en función del análisis efectuado, y habilidad para reordenar el trabajo en función de las decisiones adoptadas.
Estas máquinas estarán mucho más cerca de una inteligencia, que las actuales, aunque no pasarán, al menos en principio, de herramientas sofisticadas, con amplias capacidades, con una amplitud mayor en capacidades comunes con su constructor, pero no con capacidades independientes.
Para que una inteligencia pueda ser considerada como tal, necesitará desarrollar capacidades inalcanzables para el ser humano, capacidades que el ser humano necesitaría para adentrarse en entornos que le sean totalmente ajenos, no físicamente, que es el desafío espacial, si no intelectualmente. Y este desafío intelectual, esta barrera con la que la dicotomía binaria del hombre se enfrenta, con capacidad para enunciarla, pero con mucha dificultad para entenderla, puede ser el entorno cuántico, cuyos principios: de incertidumbre, de simultaneidad, de entrelazamiento, son casi ininteligibles para la mente humana.
Una herramienta que desarrolle una comprensión no compartida con su creador de su entorno, supondrá el primer atisbo de una inteligencia real, posiblemente en ciernes, pero realmente inteligencia, y a esa inteligencia, como a ninguna otra, no le será aplicable el término de artificial, aunque sí podría aplicársele el de creada. A mí me gustaría más IQ, inteligencia quántica, pero aún nos queda bastante tiempo para pensar en cómo llamarle. Esto no va a suceder mañana. Yo creo que ni pasado mañana.




