Todo lo que afecta al alma, es complejo, es etéreo, es emocional, sensitivo, delicado, y exactamente así es la soledad, exactamente así puede vivirse, sufrirse, disfrutarse, o aceptarse, la soledad. Las soledades.
Porque no hay una única soledad. No es la misma soledad la que escribe Góngora, que la que describe Machado, o la que cantan Perales, o Juan Pardo. Ni siquiera la que yo me permití esbozar cuando aún no sabía, por edad, aunque si por vivencias, lo que realmente era la soledad.

Que solos se ven,
Los vivos ante el dolor.
Que solas las arboledas
Cuando calla el ruiseñor
Que solos están los hombres
Ante las camas vacías
Y cuando no tienen romeros
¡Qué solas las romerías!
Que solos los habitantes
De las ciudades erguidas
Cuanto más altas sus casas
Más solitarias sus vidas
Que soledad tan marchita
En la última amapola
Que ve marchitar las demás
Y ella se queda sola.
Y la primera dificultad con la que me encuentro, es que hablar de la soledad intentando dar unas pinceladas gruesas, generalizando, cuando es un proceso íntimo, personal, tan particular como las vivencias, apetencias, y rechazos de cada uno, es ya, de por sí, una osadía. Eso, y presuponer que la experiencia personal no va a aportar matices, reflexiones, perspectivas, es desconocer las propias limitaciones. Pero con todo, y con eso, soy consciente de hasta dónde llega mi osadía, como consciente soy, o intento ser, de mis pecados, y a pesar de las dificultades previstas, voy a intentar hablar de la peor de las soledades, de la soledad no deseada, de la soledad del que se siente abandonado, la soledad que se abate, principalmente, sobre personas que han compartido su vida con alguien, y esa convivencia se ve truncada abruptamente, de forma traumática. Sin olvidar, por supuesto, a las que habiendo elegido el camino de la soledad, por motivos económicos, sociales, médicos, o simplemente por decisiones propias, se sienten aislados, abandonados, con una necesidad de compañía que no logran encontrar, y que, a veces, ni siquiera buscan.
Es, sin duda, delicado afrontar cualquiera de los supuestos. Este escrito corre el riesgo, medido, asumido, de que todos se sientan aludidos, y nadie se sienta confortado. De que ninguno de los lectores concernidos lo analice como una llamada de atención para cambiar ciertos hábitos, ciertas querencias, ciertas resignaciones, o actitudes que resultan lesivas para poder salir de ese insondable pozo en el que la resignación, el cansancio, el desengaño, y el fatalismo, incluso la depresión, la nominal, y la médica, que son profundidades que van atrapando a la persona, que la van vaciando de fuerza y de determinación, hasta conseguir una entrega a la situación que tiene mucho de fatalidad auto complaciente, que son la esencia del problema. Y son muchos los factores que intervienen en esta actitud, en este desenlace, en esta lasitud vital. Veamos algunos, los más habituales, los más dañinos.
- El victimismo, es una actitud bastante general. La culpa siempre es externa a quién padece la soledad. La mala suerte, la incomprensión de quienes los rodean, la perfidia de los demás, suelen ser invocadas de forma constante, y con ellas se genera una zona de confort, una delegación de la desgracia propia en causas no manejables que lleva a renunciar, diría disfrutar, si no fuera por lo terrible del término, a la búsqueda activa de soluciones.
- La edad es sin duda un factor determinante. Basta con ver que el mayor número de personas que se quejan de soledad no deseada, son aquellas que han sobrepasado el umbral de la jubilación, esto es, los sesenta y tantos. Pero no es menos cierto que en muchos casos la edad entra de lleno entre los factores del victimismo. Es terrorífico oír de personas con plenitud física, con plenitud mental, frases como “para lo que me queda”, “yo ya estoy para pocos trotes”, “yo ya no estoy para salir a ciertas horas”, y más, y más, y más. Frases demoledoras, frases entreguistas que no describen un problema, que lo crean, como crean un desánimo creciente que va lastrando el día a día de quién las pronuncia. La edad solo es un guarismo que no significa otra cosa que los giros alrededor del sol que hemos vivido, un guarismo que solo tiene una utilidad administrativa, y que en algunos casos tiene un impacto emocional, para quién se lo permite, pero solo el autoconocimiento, solo la percepción diaria de uno mismo, determina el estado de nuestro cuerpo, la capacidad de vivir, la ilusión de seguir adelante.
- La situación económica es sin duda un agravante, incluso un detonante, en esa soledad. La imposibilidad de crearse una vida social compartida con personas activas, buyentes, es sin duda un lastre, pero también es cierto que no todas las actividades de grupo presuponen un dispendio inalcanzable, y que, muchas más veces de las deseables, ese inconveniente económico, muchas veces invocado como una previsión necesaria para un futuro que se desmiente, acaba desembocando en un victimismo auto lesivo.
- La inactividad laboral, para aquellos que han sido activos, suele generar un vértigo de utilidad, de inutilidad, que mal gestionado puede desembocar en una depresión post laboral que no encuentra motivación, ni salida, en ninguna actividad que no contemple una compensación económica. Algo así como pensar que si no me pagan no merece la pena hacerlo, o no es útil, o es prescindible. Es fundamental crear un hábito de ocupaciones que satisfagan, y den contenido a la vida.
- Otra actitud lesiva es un diseño emocional que niega la realidad, e impide a la persona establecer relaciones satisfactorias de ningún tipo. Es habitual la búsqueda de relaciones que se adapten desde el primer momento a un perfil predeterminado, sin dar opciones a que esas relaciones evolucionen, maduren y alcancen objetivos por sí mismas. El famoso dicho de que el árbol no deja ver el bosque es perfectamente aplicable a este caso. En esa suerte de desesperación por alcanzar un objetivo, se rechaza cualquier paso intermedio, lo que da como consecuencia la imposibilidad de lograr cualquier objetivo que necesite un desarrollo. Pongamos como ejemplo la consecución de una pareja: se plantea de inicio el deseo de una pareja estable, y definitiva, como si tal cosa fuera posible sin una labor larga, de acoplamiento de sentimientos, deseos y renuncias que puede desembocar, o no, en la formación de la tal pareja. El descarte de cualquier persona que no se acople de principio a ese objetivo, lleva al descarte inmediato, y muy posiblemente a la incapacidad para establecer relaciones de acercamiento que pueden derivar en amistades, en afectos no amorosos, o en emociones temporales que evitan la soledad. Es ademáshabitual, para mayor daño, el que algunas de estas personas intenten ejercer un chantaje emocional sobre las personas que se acercan a ellas, lo que provoca un rechazo autodefensivo en su entorno, que agrava, y retroalimenta, el problema.
Al final, y no va a resultar popular decirlo, descartados casos muy puntuales de soledad no deseada severa, normalmente debida a condicionamientos sociales, geográficos, demográficos, o médicos, irresolubles, y son los menos, la soledad no deseada suele venir acompañada de un victimismo incapacitante por parte de quien la padece. Una actitud de resignación, que lleva a recrearse en la queja sin plantearse las soluciones. Una posición pasiva de esperar a que algún milagro, de esos que son raros de ver, ponga en la puerta de nuestra casa, sin ningún esfuerzo por nuestra parte, a la persona, al sentimiento, a la solución a nuestro problema.
Es posible que en algunos casos de soledad no deseada, podamos hablar de que efectivamente es no deseada, pero, por respeto a quienes tiene una incapacitación real para relacionarse, sin que entremos en causas concretas, en la mayoría de los casos deberíamos de hablar de una soledad quejumbrosa, y asumida.
Habrá quién se pregunte que con que autoridad, o experiencia, me permito opinar sobre este tema. Con la experiencia de quién ha sufrido acoso durante algunas facetas de su vida, con la experiencia de quién se ha arruinado tres veces, y en la última de ellas ya con 69 años, se ha visto además abandonado por una pareja después de 49 años, con quién ha tenido que, desde la más absoluta soledad, en una ruina con deudas, que levantarse, dejando por el camino el fracaso de varios intentos de socializar, con quién ha sufrido chantajes emocionales, y además ha sido reiteradamente acusado de comportamientos que nunca ha tenido, con quién nunca ha permitido que el desánimo, ni la vida se lo llevaran por delante, ni nunca ha culpado a nadie de sus propios fracasos. Este es solo parte de mi curriculum emocional, y no la peor parte.
Tal vez habría que aceptar, y medicamente habrá personas que no puedan, que quejarse, que lamentarse en círculos quejumbrosos que “comparten” generosamente el lamento ajeno sin aportar soluciones, que decir lo desgraciados que somos sin buscar los cambios imprescindibles en el enfoque del problema, son brindis al sol. Son carnaza para retroalimentar nuestras necesidades de sentirnos desamparados, perjudicados, injustamente tratados, y abandonados. Pero tal vez nada eso sea cierto. Tal vez la soledad no deseada, en muchos casos, sea una adicción malsana a la infelicidad. Y sé que lo que digo es duro, pero parece cierto. Es más, en algunos casos es cierto.





Un hondo pensamiento el de este hermoso artículo.
Podemos pasarnos la vida deseando la solitud; es decir, la soledad escogida, y eso, para algunos, es muy bueno, porque reporta el mayor de los beneficios; el de la libertad.
Debemos, sin embargo, ser conscientes de que cuando ya no tengamos nada que aportar a los demás, sino que, por el contrario, supongamos una carga, estaremos condenados a la soledad.
Aun lo anterior, todo enseña y nada enseña más que aprender de uno mismo -de lo vivido- en soledad.
Varios planteamientos que Rafael López Villar hace de la soledad para los que se quejan de ella, sin poner remedio y sin sacarle partido.
Un brindis al sol. gracias