CARTAS SIN FRANQUEO (CXCIV)- LA TIERRA PROMETIDA

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Hay una historia en la biblia, concretamente en el libro de los Jueces, que en su capítulo 12 habla de la guerra entre los Efraimitas y los Galaaditas, después de que estos últimos derrotaran a los amonitas, y que se remonta a más de 3000 años. Los hechos sucedieron en la llamada Tierra Prometida, en los mismos lugares donde hoy se desarrolla el genocidio palestino, y yo, cada vez que oigo esa historia, recuerdo lo que está pasando, como cada vez que escucho algo sobre Palestina, Israel, y el disparate que allí está ocurriendo, se me viene a la cabeza el texto de Jueces.

imagen plazabierta.com

Y esto viene a recordarme que desgraciadamente ese conflicto no es actual, aunque actuales sean las armas y los métodos, y que lleva toda la historia de la humanidad activo. Esto no justifica lo que está sucediendo, pero tampoco se puede olvidar como se inició esta situación.

Es un juego perverso, sangriento, en el que todos los inocentes pierden, y el mismo conflicto retroalimenta a los sanguinarios de una y otra parte. Es intolerable la hambruna, es intolerable el exterminio sistemático, es intolerable que se permita controlar un territorio a quién declara que su objetivo principal es exterminar el territorio adyacente, es intolerable el palabrerío vacío de acción y soluciones reales de los políticos externos. En esta historia todo es intolerable, seguramente por eso somos tan cretinos que en vez de promover soluciones, tomamos partido.

Pero tomamos partido sin analizar el origen, tomamos partido sin hacer otra cosa que posicionarnos ideológicamente, como si la ideología fuera una herramienta válida para aportar soluciones reales, de las que pueden sanar y perdurar, cuando las ideologías actuales solo buscan el mensaje impactante, el mensaje populista, que alinee a los propios, proporcione votos y adhesiones, y sirva para señalar a los que no lo son. Parecen importar poco las personas, parece importar poco el conflicto, parece importar menos la solución, lo único importante es el mensaje, que por supuesto no va acompañado de ninguna acción real que acerque el final de la situación.

Lo único que importa es señalar quienes son los buenos, quienes son los malos, y lo malos que son los malos, y lo buenos que son los buenos. Fuera complejidades, fuera complicaciones. Sencillo como el mecanismo de un chupete. Los mundos de yupi, pero con muertos, con hambrunas, con genocidios, con secuestros, con invasiones, con ataques y contra ataques, con todas las miserias que los políticos intentan apropiarse para su beneficio electoral, y nos hurtan de nuestro interés humano.

Es vergonzoso comprobar cómo el pretendido interés por un problema, unos problemas, porque en el mundo hay varios, se acaba plasmando en una patética lucha ideológica que nada tiene que ver con los muertos, con los vivos, ni siquiera con las necesidades perentorias de paz, de estabilidad y de seguridad de un zona que no la ha disfrutado jamás desde que el mundo tiene crónica. Eso sí, los de izquierdas son pro palestinos, de boquilla, por supuesto, y preconizan la creación de un estado palestino como si la tal creación, el tal parto, ya sistemáticamente intentado, con fracaso tras fracaso, en las descolonizaciones efectuadas, una de las cuales está en el centro de este problema, pudiera asegurar otra cosa que la prolongación del sufrimiento de una población en manos de organizaciones terroristas, diezmados por un estado con una infinita superioridad armamentística, económica y política, mientras los puros de espíritu los apoyan en su desgracia. ¡¡¡¡Gran consuelo!!!!

¿Y los de derechas? Se debaten entre un horror que preferirían no ver, y un alineamiento ideológico con el monstruo de la historia, que abusa de su superioridad militar, que se esconde tras una acción innoble e inaceptable perpetrada por los terroristas para hacer una limpieza étnica sistemática, que se declara víctima mientras extermina, que reclama la razón de una sinrazón.

En realidad las posturas, buenistas, y malistas, políticas no están especialmente interesadas en resolver algo que no tiene una solución fácil, y que, en todo caso, no pasa por hacer declaraciones rimbombantes, ni por horrorizarse, mediáticamente hablando, por las aberraciones que los bandos llevan miles de años perpetrándose mutuamente. El odio entre las partes implica unas medidas de sanación previas en las que ni los contendientes, ni las potencias con intereses geopolíticos, ni los políticos populistas de discurso fácil e intenciones mermadas, tienen interés, o intención de aplicar.

Para que cualquier política reparadora pudiera llevarse a cabo habría que partir de una erradicación absoluta del odio fanático, integrista, fundamentalista, ancestral, que los protagonistas se dispensan, más allá de capacidades militares, más allá de razones históricas, más allá de intereses geopolíticos, conveniencias ideológicas, o intransigencias religiosas. Y a ver quién es el guapo que lo intenta.

Al final, dada la absoluta inoperancia de los actores externos, y la fraternal y extrema violencia de los actores internos, tomar partido, y perdóneseme la banalidad, es poco más eficaz que apostar a los caballos, si la carrera es corta, sabemos quién va a ganar por medios y preparación, si la carrera es larga solo alguno de los dioses, en alguna de sus versiones, podrá saber quién gana. Aunque, eso sí, saber, ya sabemos quién pierde: todos ellos, todos nosotros, el sentido de humanidad.

Hagan juego, señores, señoras, espectadores todos. Que nadie se quede sin hacer su apuesta. El premio lo merece: La Tierra Prometida.

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