Hay un concepto democrático que me enseñaron en mi tierna infancia ciudadana, y que parece haberse olvidado a día de hoy. Pero estoy hablando de un olvido abisal, profundo, insondable, de esos en los que la presión de las inhabitables, humanamente hablando, profundidades hace inalcanzable cualquier objeto que allí se deposite. Estoy hablando de la sospecha sistemática del poder, hacia el poder, contra el poder, frente al poder.

A día de hoy solo vale el alineamiento inquebrantable, término perfectamente ideado por el franquismo que los supuestos “demócratas” de hoy en día ejecutan de forma impecable, evolucionada, inquebrantable.
A día de hoy, en base a un comportamiento cerril propiciado por unas ideologías frentistas, en muchos casos populistas, que han infectado y colonizado a los partidos políticos, convirtiéndoles en maquinarias diseñadas para alcanzar y perpetuarse en el poder a costa de lo que sea, el poder, su ejercicio, ya no es sospechoso, ahora es imprescindible para salvar al país de males intolerables que están encarnados en los programas de las ideologías de signo contrario. Ahora el poder ya no es sospechoso por su simple ejercicio, tal como democráticamente siempre se ha convenido, ahora el poder, su ejercicio, es una suerte de responsabilidad mesiánica, salvapatrias, populista y demagoga, encaminada a evitar los proféticos males que la oposición puede causar.
A día de hoy, sospechar del poder, alinearse frente a alguna de sus decisiones, cuestionar alguna de sus actitudes, criticar cualquiera de sus acciones, supone, para un sistema oficial de linchamiento del opositor, la automática alineación con las posturas de signo contrario, y la descalificación pública del opositor, su linchamiento, y la automática denigración de sus opiniones.
¡Qué cómodo! Elimino la oposición, elimino la discrepancia interna entre mis filas, y elimino la autocrítica. Todos en el mismo saco, todos en la misma opción política, que, esto no se dice, acaba siendo mayoritaria por aplastamiento. Porque esa es otra, si todos mis enemigos piensan en la misma clave ideológica, seguro que son más, y por tanto yo estoy usurpando la voluntad popular. Hagan números.
No es una práctica inocente, no es un discurso preocupado y generoso, si no una estrategia mentirosa encaminada a engañar al votante y hurtarle el debate sincero, y ocultar en cortinas de humo los fallos propios, mientras se centra el discurso en resaltar lo fallos ajenos, y se advierte sus peligros, casi nunca ciertos, o al menos no en el grado catastrófico en el que se presentan. No hay nada más dañino, nada más mentiroso, nada más antidemocrático, que un discurso basado en la ética comparativa por parte del poder, ya que eso supone un hurto del debate obligado en el que el poder tiene que justificar sus decisiones, y la oposición tiene que intentar desmontar, con datos, con argumentos constructivos, con cintura política, esas medidas tomadas, o propuestas. Cualquier perversión de esta práctica, es absolutamente antidemocrática, cualquier justificación por comparación, cualquier descalificación ideológica, cualquier actitud populista, son indicativos de una ínfima calidad democrática.
En una democracia real, cada actor tiene su papel, su función, y debe de atenerse a ella bajo la certeza de que no cumplir con los requerimientos de ese papel supone una degradación inmediata de la calidad de la institución. En una democracia formal, las formas, el atenerse a la obligación adquirida, no solo preserva la institución, y la fortalece, si no que supone un reconocimiento imprescindible del respeto al administrado, al representado, al ciudadano.
Cabría ahora, llegado este punto de la exposición, preguntarse cuáles son los roles y sus obligaciones, y, aunque pudiéramos pensar que estos son sobradamente conocidos, presunción que comparto por educación, los hechos de los últimos veinte, veinticinco años, parecen desmentir esta presunción. No sé si ese desconocimiento es real, o simplemente obedece a una estrategia interesada. Y si es verdad que no lo sé, sí estoy convencido de la segunda opción.
Los papeles, perfectamente definidos, son: poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial, oposición y votante. Y sus funciones, para un correcto desarrollo democrático. Son:
- Poder Ejecutivo. Respeto a la voluntad popular. Transparencia. Ética. Gestión económica y social de los recursos encomendados. Defensa pormenorizada, docente y documentada de las iniciativas a tomar, medios previstos para su ejecución y compromiso de cumplimiento. Exposición pormenorizada, docente y documentada, de las iniciativas tomadas, medios dispuestos para su ejecución, y colaboración para su cumplimiento. Respeto institucional hacia los otros poderes, la oposición, y, por supuesto, hacia los votantes.
- Poder legislativo. Transparencia. Ética. Legislación y control sobre las iniciativas propuestas por el poder ejecutivo. Respeto a la voluntad popular, ya que es el verdadero representante de esa voluntad expresada en votos, y el responsable máximo de evitar los excesos del poder ejecutivo, de tamizar sus iniciativas para someterlas al bien común de todos los votantes, darle forma legal, y garantizar los medios para su ejecución.
- Poder Judicial. Respeto a la voluntad popular. Transparencia. Ética. Ecuanimidad. Preservación de la ley. Control de los poderes ejecutivo y legislativo. Respeto institucional hacia los otros poderes. Control del abuso del poder sobre los ciudadanos. Garante de la igualdad entre todos.
- Oposición. Se le supone transparencia. Se le presupone ética, y su labor fundamental está en perseguir, denunciar e informar sobre los errores, abusos e incumplimientos de los otros tres poderes. Debe de ser el verdadero órgano de control del poder, y no está sometido, por su misma labor, a ningún control de los diferentes poderes, excepto del poder judicial, si hubiera lugar a ello. De su actuación, de su influencia, de su capacidad para frenar al poder, depende la auténtica calidad democrática. La oposición debe de ser la imprescindible voz popular que sospecha sistemática del poder, hacia el poder, contra el poder, frente al poder.
- Deberían de ser el verdadero motor de la democracia, ejerciendo su control inmediato mediante la oposición, frenando en la calle los excesos del poder, exigiendo la ética, la transparencia y el respeto que le es debido, y ejerciendo su voto con la responsabilidad de derrocar de su posición a aquel que no ejerza su función de forma impoluta, inmaculada.
Y una vez dicho esto, cojan ustedes un diario de sesiones, un periódico cualquiera, dense un paseo por las redes, e intenten reconocer algo de lo dicho, en la mal llamada democracia española. Ni uno ejerce su labor. Ni uno lo hace adecuadamente. Ya no hablemos de ética. Ya no hablemos de transparencia. Mejor, no hablemos de nada.
El poder ejecutivo trabaja con absoluta impunidad, y de espaldas a los deseos de la mayoría de los ciudadanos, a los que tendría que representar, pero los que se arrogado la función de adoctrinarlos. No da explicaciones de sus actos, invocando permanentemente unos supuestos fallos de la oposición, que no es su tarea, y creando un discurso incomprensible, falaz y antiético. Se ha apoderado del poder legislativo. Interviene, o descalifica, según le convenga, al poder judicial. Ningunea a la oposición, cuando no decide convertirse en oposición de la oposición usurpando un papel que no le corresponde, y que utiliza para evadirse del control institucional.
El poder legislativo se ha convertido, de cara a los ciudadanos en una correa de transmisión del poder ejecutivo. En una colección de aprieta botones que cobran, y vaya como cobran, y luego se aseguran la pensión que no alcanzan muchos ciudadanos después de una vida de trabajo, por apretar el botón que les manda el capataz de turno.
El poder judicial está permanentemente en sospecha de inclinación ideológica, propiciada por la intervención del legislativo en la conformación de sus órganos profesionales, lo que cuestiona, limita, pone bajo sospecha, su independencia.
La oposición, jhoy en día, es el muñeco del pim, pam, pum del poder ejecutivo, el burladero tras el cual se guarece cuando la lluvia arrecia, y carece de ninguna opción de control o capacidad para ejercerlo, y por tanto deja inermes y desamparados a los votantes.
Y los votantes… ¡válgame dios los votantes! Muchos de ellos fanatizados, incapaces de ejercer su labor de control sobre el poder por propio desestimiento, por cerrilismo ideológico, o por culpa de unas leyes electorales que, debido a la división en circunscripciones de diferente valor de voto, y a la obligación de votar unas listas cerradas, plagadas de desconocidos (desconocidos antes de ser votados, y desconocidos cuando acaba la legislatura), sobre los que no pueden ejercer ningún tipo de presión, o de control.
En una democracia, el poder es siempre el primer sospechoso de ser culpable. En una democracia, solo es poder está bajo sospecha permanente. En una democracia, siempre hay mecanismos, instituciones, formas de ejercer la autoridad popular, fuera de las urnas.
En España no. Hemos renunciado a controlar al poder, a declararlo sospechoso de abuso, y el poder lo sabe. ¡vaya si lo sabe!




