Seguramente ustedes han oído hablar de la navaja de como principio que intenta llegar a una conclusión en situaciones en las que no existe una certeza. Este principio, atribuido a Guillermo de Ockham, monje franciscano que vivió a caballo entre los siglos XIII y XIV, pero que hay quién dice que en realidad ya lo puso sobre la mesa Aristóteles, sostiene que entre varias posibilidades, la más sencilla, es la más probable.

Esta misma teoría, habitualmente utilizada en los campos filosófico y científico, que sin duda tiene sus detractores, y sus controversias, ha tenido una versión social, criminalística, que casi todos conocemos, si queremos intuir quién es el responsable de una situación, basta con que busquemos a aquel que resulte más beneficiado. Y creo, estoy convencido, de que esto es especialmente útil aplicado a la política.
En un mundo como el actual en el que el mensaje populista, el relato interesado, el retorcimiento del lenguaje, la acusación mutua, la mentira como estrategia, son comúnmente utilizadas por todas las fuerzas políticas, intentar acercarse a la verdad es un problema de muy difícil resolución.
Ni siquiera el diálogo, dominado por fanáticos ideológicos, por cerriles de la posición que dicta el líder, tiene cabida actualmente. La ética comparativa, eso que se conoce como el “y tú más”, que justifica todo, la entronización del adversario como enemigo, la descalificación de todo aquello que no sea propio, la radicalización profunda de las posiciones, que fomenta el frentismo, hacen imposible un análisis pausado, constructivo, de la situación. De cualquier situación.
Sin duda el primer requisito para una población que desea participar en la gobernabilidad de su área de convivencia, es un conocimiento veraz de los problemas a resolver, una perspectiva lo más ecuánime posible sobre las posibles soluciones y sus consecuencias, y un sentido docente sobre las decisiones de aquellos que las toman. Pero esto es imposible ante un discurso en el que lo único que importa es denigrar al contrario, amenazar con el desastre, imposibilitar el análisis, un nulo compromiso con lo ofrecido, una colonización furibundamente ideológica de los análisis, incluso de los datos.
En esta situación, es imprescindible ver a quién benefician los mensajes, donde la retroalimentación está oculta en las consecuencias directas. Veamos un ejemplo, el crecimiento de las posiciones extremas, populistas, en la vida pública española.
Es imprescindible, para que el populismo crezca, crear el clima adecuado, lo que se consigue manteniendo un discurso que exaspere a ciertas posiciones ideológicas, que automáticamente radicalizarán su posición, incurriendo en comportamientos difícilmente asumibles por esa mayoría centrada, que no centrista, como claramente han demostrado los sucesivos proyectos políticos, no ideologizada, ni dogmática, que al final es la que determina los resultados de las elecciones. Los resultados globales, claro, los enredos de una mayoría minoritaria ya no tienen nada que ver con lo votado, pero son parte de esa agitación, de esa exasperación, que el populismo necesita para mantenerse a flote.
Y, ¿quién estaría interesado en el crecimiento de una fuerza populista? ¿Quién pelearía para conseguir votos para otros? El juego se llama estrategia. Si yo consigo desestabilizar la zona más extrema de la ideología contraria, la facción moderada perderá votos, que, por otra parte, yo nunca habría podido conseguir. Es más, cuantas más posibilidades de perder unas elecciones tenga un partido, más radical debe de ser su actuación, de cara a conseguir una mayor reacción por parte de la parte radical contraria, y una radicalización de los menos moderados, que acabarán pasándose al voto radical, y debilitando el voto moderado, que es con el que se compite.
Y esta radicalización de la sociedad me sirve por dos caminos:
- Debilito la parte rival que me puede derrotar
- Activo al electorado que me vota alertando sobre la fortaleza del voto radical de signo contrario.
El juego es peligroso. El juego es terriblemente peligroso, pero tengo la sensación de que ese peligro no importa. De que se peligro no solo no importa, si no que es interesante que se exceda y dañe todo lo posible, ya que la situación será semillero de votos a las siguientes elecciones a las que se puedan perder.
El desprecio hacia los votantes, el ninguneo a la democracia, el daño a la sociedad que se pueden derivar de estas actitudes, son tales que no hay justificación posible para esa forma de actuar. La miseria moral de quién utiliza las instituciones para su propio beneficio, sea político, económico, o personal, debería de tener un capítulo especial en un código ético para servidores públicos, y un reflejo feroz en el código penal. Pero ni existe el tal código ético, ni se le espera, ni el código penal contempla como delito el fraude a la sociedad.
Hay muchos temas que son utilizados por los partidos para radicalizar el ala más dura del partido contrario, dañar su imagen entre los moderados, y conseguir que pierda votos por su extremo, y yo, cada vez que veo el maltrato que se hace de las instituciones, de los medios de opinión, y el abuso que se perpetra contra nuestra ilusión, y nuestra voluntad de lograr los objetivos que las acciones de los gobernantes nos niegan, veo el juego, veo a los jugadores, y veo la jugada. Los ciudadanos, el pueblo, las clases más humildes, siempre pierden, incluso cuando parecen haber triunfado. Sobre todo cuando parecen haber triunfado y las reivindicaciones se utilizan como objetos arrojadizos contra los contrarios. Voy a enumerar alguno, los más evidentes. Seguro que les suenan, y saben a que opción política corresponden.
- Inmigración. Este sí que es un tema de ida y vuelta. Mientras una opción se posiciona en una expulsión indiscriminada, e imposible, dada la dependencia que la economía actual tiene de la mano de obra inmigrante, el otro lado se preocupa de negar los aspectos negativos de una inmigración sin control, sin capacidad, o voluntad, para incorporarse a la sociedad que llegan, y crean unas leyes de absoluta permisividad que agreden al ciudadano de a pie. La complejidad de este tema, da para libros, y el maltrato del tema por ambos lados, da para aborrecer sus posturas.
- Servicios públicos. Su erradicación, su desmantelamiento.
- Salario mínimo. Posible ruina de los empresarios. Nadie, en su sano juicio, puede pensar que el actual salario mínimo, absolutamente insuficiente para una vida digna, sea adecuado, pero tampoco el método de la izquierda, subiéndolo a costa de beneficios empresariales, no siempre repercutibles, y que pueden dañar la viabilidad del pequeño empresario, y además, gravándolos con impuestos, con argumentos de TBO, es correcto, ni lo pretenden.
- Los impuestos. A diestro y a siniestro, porque son, seguramente, una de las herramientas más injustas y perversas que hayan existido.
- La propiedad privada, su absoluta indefensión ante mafias y comportamientos que nada tienen que ver con la sociedad, ante la voluntaria ceguera de una opción política, que niega el problema, que los ciudadanos viven día a día.
Y podría seguir, pero no voy a hacerlo porque cada uno de esos temas pide un libro, una biblioteca, para una resolución correcta, pactada, que no pretenda agredir a una parte de la sociedad para obtener réditos políticos de su utilización de parte.
Creo que esto que describo, esta forma de hacer, inmoralmente, antiéticamente, política, se llama retroalimentación, y consiste en mandar mensajes a la sociedad que exaspere, que radicalicen que desquicien a una sociedad indefensa ante tales manejos. ¿Una vergüenza? Posiblemente sí, esa de la que carecen nuestros, mejor suyos, que se los regalo, políticos.





Utilizando la famosa navaja: «Divide y vencerás».
Así de simple…
Extraordinario artículo.