Llevo meses moviéndome entre la indiferencia, que no siento, y la prudencia, que no es mi estilo, para evitar hablar de los entresijos de la política, que se ha convertido en el tema permanente de la opinión pública, que no publicada, permanentemente maltratado por la falta de medios de información, los de opinión crecen como setas. Es difícil asistir a una conversación, asistir incluso casualmente una de esas que escuchas a tu lado en el transporte colectivo, en la terraza del bar, o viendo escaparates, sin que el hartazgo de la gente con la situación aflore.

Puede que la calle sea de derechas, y de ultraderecha, mantra que por repetido ya repele a cualquier cabeza no fanática, en los países gobernados por una izquierda populista, o de tendencias autócratas, en España, en Brasil, en Venezuela, en Rusia, o en China, por poner algunos ejemplos. O que sea de izquierdas y ultra izquierda, en países en las que una derecha rancia y populista gobierna: en EEUU, en Argentina, en Israel, como ejemplos más destacados. En realidad que el pulso de la calle se declare contrario a un gobierno instalado en un dogmatismo de parte, sea esa parte de la izquierda, o la derecha, contrario al sentir mayoritario popular.
Ambas posiciones, la derecha patriótica, y de defensa de las grandes empresas, y/o la nación, o la izquierda liberadora, y de defensa de las grandes empresas, y/o el estado, se arrogan la defensa de la democracia, y su regeneración, sin empacho, con desahogo, mientras sus actos desmienten absolutamente tal pretensión.
Ni a la derecha, sea con ultra, o sin ultra derecha, le importa un ardite que haya democracia, o no, mientras haya mercado, beneficios, ni a la izquierda, sea socialista, populista, o comunista, le preocupa que la democracia prospere siempre y cuando pueda manejar los impuestos, e imponer su idea de estado sobre cualquier otro derecho, o consideración, individual.
Suele decirse, y es mentira, parcialmente mentira, que todos son iguales. Craso error. Son distintos. Es verdad que sus objetivos son comunes, vaciar de contenido la democracia, controlar o erradicar la clase media, lograr un hartazgo popular que permita instaurar una democracia decorativa, que permita ejecutar todos los mecanismos democráticos, pero sin contenido en derechos, sin acceso a las decisiones, sin una representatividad real, pero sus fines son diferentes. La derecha quiere convertirnos en clientes de una empresa universal, omnipotente, de la que ellos son accionistas, y la izquierda quiere hacer de nosotros contribuyentes sojuzgados a mayor gloria de un estado omnipotente dirigido por una élite política, de la que ellos son parte activa.
Ya, ya lo sé, élite y política son dos palabras que difícilmente casan, pero estoy hablando de intenciones, de aspiraciones, no de realidades sociológicas, educativas, y, o, de capacidad intelectual.
El caso es que, y me voy a ceñir a nuestro país, la democracia es una entelequia que, a día de hoy, y casi seguro de mañana, de pasado mañana, de …, nuestra democracia empieza y acaba en las urnas, empieza y acaba, el mismo día en las urnas, ya que el único acto democrático de esta falsa y vaciada democracia, es que vamos a votar, y los votos se cuentan para saber quién es el próximo que nos va a engañar, a mentir, y a vaciar nuestros bolsillos y nuestras ilusiones durante los siguientes cuatro años.
¿Que es una cuestión de decencia? Puede ¿Que es una cuestión de valores? Naturalmente ¿Que es una realidad educativa? Por supuesto, ¿Que es una consecuencia de una ciudadanía decadente y acomodaticia? Es evidente. Pero sea cual sea la razón, o las razones, el caso es que la democracia ha fenecido, la real, y nadie sabe como ha sido. O no lo quiere saber, que es aún más grave.
La democracia, ese invento liberal moderno, que recoge la tradición griega, que pretende instaurar que sean los ciudadanos los que manden, al menos en su planteamiento prístino, intelectualmente impecable, está basada en tres columnas irrenunciables: la separación total de poderes, la representatividad total de los ciudadanos, garantizada por la convocatoria de elecciones libres, y la participación ciudadana, y la libertad de expresión. Suele añadirse el respeto a los derechos humanos, pero eso, aparte de ser más moderno, viene implícito en los tres pilares ya mencionados.
Pues ni una, no cumplimos con ninguna de las tres bases descritas en el párrafo anterior. Con cada una de ellas, examinadas una a una, o directamente no se cumple, o, lo que es aún más patético, se pervierte su significado hasta dejarlo vacío de contenido, con lo que cumplirlo, o no cumplirlo, no supone ninguna garantía democrática.
Pero voy a hablar en concreto de España, porque es esa parte del mundo en la que habito, y que más conozco, no porque sea única, o diferente de otros muchos países que están cayendo en una cada vez mayor radicalización populista. Por partes.
- La separación de poderes. El poder judicial, garantía de control sobre los otros poderes y su limpieza de actuación, recibe un ataque feroz, absolutamente despiadado y antidemocrático, cada vez que los jueces dictan una sentencia contraria a los intereses partidistas de alguna de las facciones. Esto es especialmente lamentable, especialmente antidemocrático, cuando es alguno de los otros poderes, sea el legislativo, o el ejecutivo, el que realiza esa crítica, cuestionando esa separación, y pretendiendo eliminar esa supuesta independencia, mediante nombramientos de parte, y leyes que arrogan al legislativo potestades de elegir parte de los órganos profesionales de la judicatura, tal como ya hacen con la fiscalía. Pero es que sería bueno que alguien me explicara, dada la moda de la disciplina de voto, que anula cualquier posibilidad de discrepancia dentro de los grupos parlamentarios, donde está la separación entre los poderes legislativo, y ejecutivo. Y en esto, en esta aberración democrática, la izquierda, la izquierda actual, parece tener unas ideas más retrogradas, más antidemocráticas, con un discurso intervencionista más propio de una autocracia, que de una democracia, que no parece tener ninguna reacción por parte de unas bases entregadas a un discurso populista.
- La representatividad. La esencia de la democracia, desaparecida a día de hoy. Empezando por la ley electoral, que trocea, prioriza y desnivela el valor del voto de los ciudadanos, que debería de ser siempre el mismo, en función del territorio en el que habita. En este sentido solo una circunscripción única para cada votación puede solucionar una aberración democrática que vacía considerablemente de contenido cualquier posibilidad democrática. Pero no solo eso daña la representatividad. Los políticos, elegidos para dar voz a los ciudadanos, han decidido erigirse en intérpretes de la voluntad popular, interpretación que, casualmente, siempre coincide con sus intereses, y no siempre con los intereses de los electores. Los políticos han decidido, también, que su programa electoral no es un compromiso con sus electores, y que, a partir de resultar elegidos, pueden libremente hacer caso omiso, cuando no ir en contra, de lo ofrecido durante las elecciones. Y todo esto se resume en que el sistema actual no tiene ningún mecanismo de control por el que los ciudadanos puedan ejercer su censura sobre sus electos, y confía toda posibilidad de evolución de la legislatura al compromiso ético, prácticamente inexistente, del político con quienes lo han elegido. Y ya no hace falta hablar de hasta qué punto la representatividad es una falacia en manos de aberraciones representativas como la disciplina de voto.
- De la libertad de expresión poco se puede decir, ya que todo lo expuesto anteriormente retrata un país sometido a unas estructuras de poder que actúan sin control, sin empacho, con absoluta impunidad, con absoluto desahogo, y que en su soberbia ni siquiera se preocupan de lo que se pueda decir, o publicar, salvo que afecte a los suyos, en cuyo caso utilizan el descrédito, la infamia, el bulo y el acoso para desacreditar a quién osa hacerles frente, en abuso de una libertad de expresión que queda desacreditada por su misma invocación.
No, a mí, a día de hoy, no me parece vivir en una democracia. No, a mí, a día de hoy, no me parece que España sea una democracia porque me convoquen a votar cada cuatro años, entre otras cosas porque esa votación me parece un brindis al sol en el que se me invita a sancionar unas actitudes que valoro como antidemocráticas.
De nada sirve votar, de nada sirve tener un parlamento, de nada sirve tener leyes supuestamente democráticas, cuando esas mismas leyes, su promulgación, su aplicación, su redacción, se hace en función de intereses ideológicos, o recaudatorios, o frentistas, en contra de los ciudadanos, de sus intereses, de sus convicciones, lo que desmonta el gobierno popular que es la base de la democracia.
Así puestos, yo no quiero esta democracia, yo no quiero una democracia decorado, porque para eso me quedo con lo de las moscas, y la mierda. Claro que estoy hablando de democracia, pero ¿de qué democracia?






Amén a cada párrafo.
Las descritas en este acertado artículo son, sin duda, las características que conforman una verdadera democracia.
Hay, sin embargo, otro requisito indispensable para esa democracia real y deseable: que los votos sean depositados por individuos libres, solidarios y éticos.
Cada pueblo tiene el gobierno que se merece; esto obedece al cociente intelectual medio del conjunto de sus ciudadanos y, por supuesto, a su ética y moralidad.
A un pueblo de individuos libres, por ende pensantes, no habría déspotas que lo sometieran.