CARTAS SIN FRANQUEO (CLXXXIX)- REFLEXIONES SOBRE LA IA, LA LÓGICA

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Bueno, pues este extenso recorrido que hemos realizado sobre la IA, analizando cada una de sus principales facetas, va llegando a su fin, y va llegando a su fin haciendo una reflexión sobre una de las partes fundamentales, sobre la parte intelectual, inteligente, de la IA, la lógica.

Foto de Ecliptic Graphic en Unsplash

Porque, y a pesar de todo lo dicho hasta este momento sobre la IA, sí hay un componente inteligente en la IA, la inteligencia humana, natural, que la programa, y la inteligencia humana, natural, que la utiliza y provoca sus resultados. Y, como veremos al final de esta reflexión, lo que sigue sin aparecer por parte alguna, es una inteligencia no humana, artificial, creada por los humanos.

Vimos, y es fundamental a la hora de entender esta reflexión, como el hierro que soporta un sistema informático es esclavo del sistema binario, ya que cada célula programable de ese sistema, solo admite dos valores, sí o no, encendido o apagado, activo o desactivado, y como combinando una cantidad determinada de esos valores binarios podemos llegar a valores de interpretación directa del ser humano, habitualmente en base decimal y lenguaje coloquial, lo que se conoce como una interfaz.

A partir de ahí, y mediante una gran sofisticación en los sistemas de programación, apoyados en innovaciones y mejoras de las memorias, logramos avances importantes que, salvo que uno reflexione, hacen olvidar el alma pedestre de la programación, la lógica binaria.

Ya no usamos aquellas memorias de núcleo de ferrita, aquellos sistemas de lectura secuencial, aquellas moles informáticas que necesitaban de una habitación entera para contener una cantidad de datos inferior a la que hoy maneja y almacena un teléfono móvil. Ya no necesitamos “empaquetar” los datos para optimizar el uso limitado de datos muy limitados. Hoy todo es exceso, todo es velocidad, todo es accesibilidad, todo es integración. Bueno, en realidad, no, porque todo eso es el resultado de combinar una inmensa cantidad de cuadrículas con valor binario. Esto no ha cambiado. Podemos usar más cuadrículas, podemos acceder a ellas más rápido, y su respuesta a nuestras órdenes es, también más rápida, podemos combinarlas de más maneras, con una mayor versatilidad en el acceso y la combinación con el exterior, pero, si empezamos a diseccionar el resultado, llegaremos, inevitablemente, a la humilde cuadrícula binaria.

Podemos dejarnos deslumbrar por avances como las redes neuronales, los algoritmos, internet, o grandes avances en la forma de tratar los datos, almacenarlos, o presentarlos, pero, no lo olvidemos, al fondo, desapercibida, olvidada, ignota, sigue estando la cuadrícula binaria, que, nos pongamos como nos pongamos, condiciona cualquier logro, avance, optimización, o atisbo de inteligencia que podamos plantearnos.

Hubo hace un tiempo, en TVE, un programa infantil, demasiado bueno para pervivir, demasiado instructivo para interesar, demasiado educativo para triunfar, que se llamaba “El Monstruo de Sanchezstein”, y que intentaba de una forma creativa y divertida, hacer una introducción para niños al mundo de la lógica. La dinámica del concurso consistía en que un concursante, un niño, tenía que dirigir al monstruo hasta una mesa con regalos, y ordenarle coger el que había elegido, eso sí, con instrucciones precisas, secuenciales, y no excesivamente complejas. Por ejemplo, avanzar hasta la mesa de regalos podía descomponerse en:

  1. Luis Ricardo, avanza siete pasos
  2. Luis Ricardo, gira cuarenta y cinco grados a la derecha
  3. Luis Ricardo, avanza hasta que yo te diga
  4. Luis Ricardo, para
  5. Luis Ricardo, avanza un paso más

Si en algún momento el concursante daba una orden no inteligible, o excesivamente compleja, Luis Ricardo emitía un sonido de incomprensión, y no hacía nada.

Eso es la lógica, la ordenación secuencial de órdenes, desde una situación inicial, hasta la consecución de un resultado. Incluso la ordenación secuencial de componentes de tal forma que se obtenga una estructura manejable.

Luis Ricardo trabajaba en un lenguaje de programación infantil, de muy alto nivel, ya que en lenguaje máquina puro, la orden “avanza” se compone de cientos, tal vez miles de órdenes que chequean, ejecutan y devuelven el valor de miles de cuadrículas binarias, hasta que el terminal de recepción de datos, en este caso el motor que acciona el pie del monstruo, se pone en marcha para producir un movimiento aparente, condicionado por la orden de cantidad, o distancia, o… Miles de líneas de órdenes básicas que solo manejan ceros y unos, hasta conseguir un valor operativo.

¿Se puede conseguir con esta lógica binaria, siempre dependiente de una orden que la ponga en marcha, una inteligencia? No, definitivamente no.

Podríamos conceder que los algoritmos serían lo más parecido en una máquina al sentido común humano. Podríamos convenir en que las nuevas memorias podrían asemejarse, en estructura, que no en funcionalidad, a nuestras redes cerebrales. Podríamos aceptar que hemos logrado que nuestras creaciones imiten con apariencia de auténticas, la creatividad, y la curiosidad, pero carecen de iniciativa, como carecen de originalidad, salvo como logro estadístico, que son las dos características que separan la actividad productiva, de la inteligencia operativa. La capacidad de preguntar.

Durante años di cursos de lógica informática, y esos cursos, radicalmente prácticos, consistían en hacer un organigrama para un programa que ejecutara un método lógico para calcular una raíz cuadrada. Todos mis alumnos sabían cómo hacer esa operación manualmente, pero eran incapaces de descomponer esa práctica en las instrucciones secuenciales necesarias para realizar la operación en un ordenador. En unos casos se olvidaban de que la forma de iniciar un programa es requerir el dato a calcular, en otros casos se olvidaban de controlar el número de decimales a obtener en caso de un resultado periódico, en la mayoría de los casos eran incapaces de ordenar el bucle de cálculo para que el ordenador pudiera ejecutar las órdenes en la secuencia correcta, y, a la mayoría, se le olvidaba comunicar el resultado obtenido.

Si queremos encontrar todos los objetos de un color, simplemente los miramos, y señalamos los objetos del color solicitado. Se acabó. En un programa, en un desarrollo lógico, ya muy simplificado, hay que crear un bloque que sirva para varias situaciones. Veamos cómo sería:

  1. ¿Qué color se desea buscar? (entrada de datos que pone en marcha la rutina)
  • 1.1 ¿Desea finalizar la rutina?
    • 1.1.1 Sí. Ir a punto 9
    • 1.1.2 No. Seguir en punto 2

2. ¿Se ha dado un color?

  • 2.1 No. Volver a punto 1
  • 2.2 Sí. Seguir en punto 3

3. Seleccionar un objeto. (sería otra entrada de datos)

  • 3.1 ¿Desea seleccionar otro color?
    • 3.1.1 Sí. Volver a punto 1
    • 3.1.2. No. Seguir en punto 4

4. ¿Se ha seleccionado un objeto?

  • 4.1. No. Volver a punto 3
  • 4.2. Sí. Sumar 1 a objetos seleccionados. Continuar en punto 5

5. Comprobar el color (comparar el valor del color seleccionado, con el valor del color del objeto y activar una posicióde memoria con 0 si es igual, y 1 si es distinto)

6. ¿El color del objeto es el mismo que el seleccionado (valor 0)?

  • 6.1 Sí. Activar resultado positivo. Almacenar objeto en una lista de positivos. Sumar 1 a resultados positivos
  • 6.2. No. Activar resultado negativo

7. Comunicar resultado.

8. Volver a punto 3.

9. ¿Desea emitir resultados?

  • 9.1. Si. Continuar en punto 10
  • 9.2. No. Ir al punto 3

10. Emitir resultados ( puedo sacar una lista, puedo decir cuántos objetos hemos seleccionado y cuántos eran del color…)

11. Ir al punto 3.

 

Así, es, aunque no lo parezca, aunque la apariencia nos deslumbre, cómo funciona un programa, con preguntas y respuestas binarias, con un sí/no que va configurando opciones más complejas, y si en vez de querer ver todos los objetos de un color de una lista, quiero ver el color de cada objeto de una lista, tengo que cambiar el programa, y si quiero hacer una estadística de cuántos objetos hay y cuántos son del color seleccionado, tengo que ampliar el programa, y si quiero cualquier otra información, necesito otro programa, o ampliar el que tengo. Tal vez la IA generativa, sea capaz de complementar un programa, pero siguiendo las instrucciones de otro programa. Quizás puedo, estadísticamente, intuir las respuestas a algunas preguntas, porque estadísticamente puedo anticiparlas, pero tiene que estar programado (eso son los algoritmos, una explotación estadística de un análisis histórico). Pero, no seamos soberbios, no nos engañemos, así, también, es como funciona nuestro cerebro. De una forma binaria, secuencial, lógica, pero con una eficacia que, de momento, nuestras herramientas no alcanzan, con una iniciativa que nuestra IA no tiene, y con una creatividad que la IA no puede superar, porque su límite es la creatividad de quién la ha programado. En definitiva, sin inteligencia, aunque, sin duda, con ciertas eficiencias concretas que superan a las nuestras naturales.

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