CARTAS SIN FRANQUEO (CLXXXIII)- EL BANCO EMOCIONAL

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Foto de K. Mitch Hodge en Unsplash
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Lo he debido de soñar esta noche, porque me he levantado con ese runrún que las ideas, la mayoría descabelladas, como esta, que se iluminan en sueños producen en el ánimo del día siguiente. Y si no lo he soñado, ha brotado en ese momento inaprensible que supone la frontera entre el sueño y la vigilia. No lo sé, tampoco importa mucho. El caso es que la idea lleva dándome la paliza toda la mañana, y me siento a escribir con el ánimo, habitual en mi, de quién necesita escribir las cosas para colocarlas en su sitio.

Foto de K. Mitch Hodge en Unsplash

Porque, y no es una muletilla de escritor, sino una realidad vivencial, yo pienso mientras escribo, pienso para escribir, de tal manera que tengo el extraño convencimiento de que si no escribiera sería un ser plano, en vez de un ser semipleno, que es lo que me parece ser realmente.

Pero esto no iba de escritores y plácets, iba de la idea que desde esta mañana, nada más despertarme, me ronda la cabeza, y, que como ya va siendo habitual, no sé cómo afrontar, por donde meterle mano. Así que me siento a escribir, y ¡que sea lo que dios quiera!

Me he dado cuenta de que todos los días, según van pasando las horas, acumulo una cantidad inconcreta de “te quiero”, caricias, besos y abrazos, sin destinatario conocido, o sin destinatario receptivo, o, simplemente, sin destinatario al que poder decirle que es destinatario. Complicaditos que somos, ya lo sé, pero vosotros, ilustrados lectores, también.

Y esto ¿cómo puede ser? Pues, en la mayor parte de los casos, porque no sabemos lo que queremos, o, si lo sabemos, ciertos criterios implantados con la educación nos impiden actuar libremente, o, también bastante habitual, por que deseamos lo que no tenemos, pero rechazamos lo que nos ofrecen.

El caso es que sea por lo que sea, y sea como sea, la acumulación se produce, y conlleva una carga de frustración que habría que ver como erradicar. Y en eso me levanto y me digo: ¿y por qué no creamos un banco emocional? ¿Un dispensador de afectos sin sentimientos? ¿un espacio de intercambio de bienestar sin compromisos, sin posesiones, sin renuncias?

Pues eso, ¿por qué no?

Y entonces empiezo a explicármelo.

Lo primero de todo, y fundamental, es descartar la posibilidad de guardar en el banco afectos no deseados, acosos, malos entendidos, indiferencias, o rechazos plenos, porque el banco solo puede almacenar sentimientos positivos, compartidos, queridos.

Y en esto nos surge la principal complicación, porque no podemos aceptar como capital los rechazos viscerales, los rechazos con sentimientos negativos, los rechazos por incompatibilidad entre los polos, pero, sin duda, es el rechazo el principal argumento de imposición en la cuenta corriente de cada uno, pero han de ser rechazos positivos, rechazos educativos, rechazos como sin querer queriendo, vamos, por explicarme igual de mal.

Más o menos, estas serían las emociones que podrían ser depositadas en la cuenta ahorro de cada uno, de cara a ser, en su momento reintegrados al impositor, o atendidos contra talón conformado al portador del documento (vale por dos abrazos y tres besos apasionados, por ejemplo):

  • Aquellos abrazos, besos, caricias, y “te quiero” que en la soledad de un momento surgen por pura necesidad emocional, pero que no tienen ningún receptor concreto. En todo caso, las paredes, los sillones, el aire vacío de la casa.
  • Aquellos que se producen en las mismas circunstancias, pero tendrían un receptor identificable pero ausente, sea de forma ocasional, o permanente.
  • Aquellos que se producen por distanciamiento, por enfrentamiento, o por indiferencia, ya que, si se produce una reconciliación, ya nos son recuperables, mientras que, una vez depositados, podría solicitarse su reintegro.
  • Y, sobre todo, más que ningún otro, los más abundantes, aquellos que por traba moral, educativa, o social, son rechazados por mor de unos parámetros que nada tienen que ver con las emociones. Aquellos que son rechazados por el qué dirán, o porque para poder ser expresados tiene que pasar requisitos de tiempo, de proyecto, de rigor planificador y castrante, o simplemente, porque son pecado (huyamos del término pecado en su concepto religioso, y tomémoslo en su sentido moral. Acto fuera de una imposición castrante, compartida, aceptada, pero no reflexionada).

Yo a estos últimos, a esos que necesitan ser aceptados con firma de contrato, juramento de por vida, e invocación de eternidad de sentimientos que se han demostrado efímeros, y evolutivos, sin que nadie, ni el que jura, ni el que recibe el juramento, ni, si se invoca, el que sirve de testigo, puedan garantizar lo que sucederá al día siguiente, les pondría un canon de ingreso, por inconsistentes. Porque, evidentemente, es una invitación al engaño, al dame pan y dime tonto, al “prometer hasta meter, y después de metido, nada de lo prometido”, que casi todos, hemos oído, voy a dejarlo en oído, alguna vez en nuestra vida, y que, por más grosero y malsonante que sea, refleja una circunstancia bastante extendida en esta vida.

Las emociones, y no digamos ya los sentimientos, son aves del momento, efímeras, volátiles, aleves, que se extinguen con el mismo desarrollo de la emoción, y quién quiere una continuidad sentimental en su vida, solo puede alcanzarla viviendo la emoción de cada día, el sentimiento de cada momento, y ningún contrato, promesa, o compromiso, los garantiza.

Y cuando esto no se cumple, cuando los contratos regulan, o pretenden regular, el amor, y las emociones se aplacan, o intentan crearse porque el contrato lo dice, o porque el compromiso lo exige, la frustración, el desengaño, el engaño y la desilusión vienen a cubrir lo que los sentimientos positivos dejan vacante.

Es lamentable ver, sobre todo en personas que ya deberían de haber experimentado y reflexionado lo suficiente sobre esta cuestión, cuantas personas renuncian al amor en nombre de una supuesta búsqueda del amor. Cuantas personas ponen tantas condiciones previas que ni siquiera permiten que el amor se asome a sus vidas. Cuantas personas pretenden vivir el sueño de Cenicienta, de Ghost, de Pretty Woman, de películas y novelas que hablan de amores ideales, y se olvidan de poner en marcha sus emociones diarias para vivir sus propias y cotidianas emociones, invocando algún posible fracaso, que, en todo caso, sería una consecuencia de que algo se intenta, de que algo real  se busca, de que la vida se está viviendo.

 

Foto de Wiki Sinaloa en Unsplash

Así que, y para salir de profundidades abisales, y que no vienen a cuento, que surgen de mis palabras, queda inaugurado el primer banco emocional. Acabo de depositar por soledad y ausencia, un par de “te quiero”, varios abrazos, y una cantidad importante de besos y caricias. Quedan a disposición de quién quiera aceptarlos sin condiciones previas, sin premisas, sin recatos, con la misma naturalidad con la que yo los he depositado.

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