CARTAS SIN FRANQUEO (CLXXX)- REFLEXIONES SOBRE LA IA, HISTORIA Y LITERATURA

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El hombre salió del paraíso con la maldición de ganarse el pan con el sudor de su frente, pasó de mantenido a tener que auto abastecerse, de depender de lo que la naturaleza disponía, a forjar un plan para poner la naturaleza a su servicio y necesidad, y, seguramente, para su estrenada su inteligencia autoconsciente, uno de sus primeros pensamientos estaría dedicado a como burlar esa maldición, cómo conseguir el alimento sin pasar por las penurias del trabajo, bien sea especulando, bien sea encontrando mano de obra que lo hiciera.

Foto de Drew Dizzy Graham en Unsplash

Así que, hilando muy fino, podríamos decir que tal vez la esclavitud fue la primera manifestación de inteligencia dependiente (cosa que la IA lo es, dependiente), sometida, en la historia. Claro que, y antes de que alguien se ponga a apuntarme ciertas consideraciones, es evidente que en la esclavitud se daba la inteligencia, ya que inteligentes, en el grado que fuera, eran los esclavos, pero evidentemente era una inteligencia natural, no artificial. La tecnología más avanzada del momento, era la de la guerra.

Pero no es de la esclavitud, por más puntos de conexión tenga con el tema, por más que abra una vía de herramienta animada, viva, que abre un debate interesante sobre el origen de la necesidad del hombre de poseer para evitar el trabajo, e, incluso lucrarse, que es la que subyace en todos sus intentos de conseguir auxiliares de sus esfuerzos, y necesidades, el objetivo de esta reflexión. La vía que a nosotros nos interesa, por su entronque directo con la IA, son las herramientas animadas, no vivas, que a lo largo de la historia, de forma ficticia, o real, el hombre ha ido creando para el ocio, el negocio, o la guerra.

Y dentro de estas herramientas no vivas, podemos relacionar varios tipos de “criaturas” artificiales, según su funcionamiento, y materia de la que están manufacturados:

  • Criaturas inorgánicas, de ahí su nombre, animadas mediante artes mágicas, o místicas. Aunque hay varios ejemplos a lo largo de la historia, sin duda el más famoso es del Rabino Judah Loew ben Bezalel, que lo construyó para defender el gueto de Praga, allá por el siglo XVI. La adscripción de los golem a labores bélicas, o de seguridad, los marca como criaturas violentas y poco recomendables en tiempos de paz.
  • Autómatas. Criaturas mecánicas de diferentes complejidades, especialmente diseñadas para el ocio. Objetivo de reyes y emperadores como muestra de refinamiento y para entretenimiento de ellos mismos y sus invitados. Desde simples mecanismos animados por resortes a cuerda, a complejos artilugios movidos por gas, o vapor, reprogramables y que contenían varias figuras. Siempre intentaban reproducir las formas y movimientos de los seres vivos: animales, o seres humanos. Siendo muchos los míticos, los más populares son, sin duda, los carillones que animan el tiempo en algunos lugares, y los famosos relojes de cucú.
  • Los robots. Evolución tecnológica, electromecánica, de los autómatas, que pronto adquieren un gran protagonismo y su popularidad, diversidad, y evolución en funciones y capacidades, los hacen tan añorados como temidos en el imaginario popular.
  • Y existen, sobre todo en la ficción, engendros cuya categoría se nos puede escapar, como pueden ser Mister Hyde, o el hombre hecho de retales del Doctor Frankestein, o los zombis, y, por ser axhaustivos, entes mágicos capaces del bien, y del mal.

Pero entre seres y artilugios, la IA se identifica, en realidad complementa, para ser más exactos prolonga y proyecta hacia nuevos límites, con los robots, esos engendros mecánicos cuya pretendida capacidad intelectual, desde el principio de su irrupción en la literatura, allá por los años veinte del sigo de igual número, lo señalan como colaborador imprescindible, y posible rival en el dominio del mundo. Incluso, se llega a imaginar, a nombrar, allá por 1960, algo que hoy en día es una realidad cotidiana, el cíbor, el cíber-organismo, un ser humano mejorado con mecanismos electrónicos imprescindible para moverse en entornos inhóspitos para la vida humana, pongamos el espacio. Clynes y Kline, presentan un concepto que hoy en día es parte de nuestra vida. Robocops aparte, cualquiera que porte un marcapasos, o una prótesis electrónica es al fin y a la postre, un ciberorganismo, un ser humano mejorado mediante dispositivos electrónicos. Y no olvidemos los nanobots, microartilugios electrónicos diseñados para ser introducidos en el ser humano, o en una máquina, para explorar interiormente, reforzar el sistema inmunológico o, directamente, curar.

El primero en usar el término robot, extraído del eslavo robota, trabajo, o trabajo duro, es el hermano, Josef, de un escritor húngaro, Karel Čapek, que a petición de este le sugiere el nombre para su obra de marionetas “Robots Universales Rossum”, que es, además del título, el nombre de una empresa que fabrica herramientas androides. Pero si Čapek es el autor de la palabra, será Asimov el que ponga a los robots en el camino de la popularidad y cotidianeidad, y el que los evoluciona hasta poder identificarlos como los depositarios de la IA a la que hemos llegado hoy en día.

Asimov abre dos caminos hacia la IA, Multivac, esa máquina colosal con vocación de controlarlo todo, precursora de nuestras nubes, y nuestros megacentros de datos, y los cerebros positrónicos de los robots, que US Robotics fabrica con fines de exploración espacial, y que sufren singularidades que los acercan a la autoconciencia, a la reivindicación, a la rebelión, saltándose la tres leyes ideadas por el mismo Asimov, y que son el primer código ético para máquinas de la historia. La incansable labor de Susan Calvin, la auténtica protagonista de la obra, robopsicóloga, precioso y preciso término que define su trabajo, intentado detectar y comprender la anomalía y sus consecuencias, nos habla del primer acercamiento razonado, razonable, a lo que hoy llamamos, rimbombantemente, Inteligencia Artificial.

No podemos olvidar al enigmático, y terrorífico, Hal 9000, no podemos olvidar a entrañables robots de películas, series y comics, en mi imaginario ocupa un lugar especial B9, el robot de Perdidos en el Espacio, no tan popular, ni “inteligente” como puedan ser R2-D2, o C-3PO, no tan atormentado por la autoconsciencia no reconocida, como los androides de “¿Sueñan los Androides con Hormigas Eléctricas?”, popularizados por Riddley Scott, en su película “Blade Runner”, no tan trascendental para el devenir del mundo como los Terminator, pero compañero de entusiasmos fantacientíficos de mi infancia.

Posiblemente, repasado este breve y apresurado recorrido por los balcones de la historia, y de la literatura, a la pretendida IA, podamos llegar a una conclusión bastante evidente: la imaginación aún va bastante por delante de la realidad. La ficción ya ha elaborado entes de fabricación humana con una inteligencia equiparable a la de sus creadores, aunque siempre, siempre, esa inteligencia acaba resultando sospechosamente humana, por igualdad, o por contraste, según sea los buenos, o los malos de la película, pero con las mismas ansiedades, con valores semejantes, con objetivos similares.

Pero, y no lo olvidemos, no lo obviemos, la actual IA, no tiene los niveles de verdadera “inteligencia”, que la mayoría de los artilugios definidos exhiben. No tiene la autonomía de raciocinio y el desparpajo de R2-D2. No tiene el miedo castrante de HAL 9000. No tiene la voluntad dominante y destructora de los Terminator. No tiene la desesperada y romántica rebeldía de los Nexus 6. No tiene la accidental autoconsciencia de los cerebros posítronicos. Y esta carencia marca la incuestionable falta de inteligencia de la actual, y rimbombantemente denominada, Inteligencia Artificial (IA).

Ciertamente el progreso de las máquinas humanizadas, ha sido realmente importante, pero, soberbias aparte, aún nos queda bastante camino que recorrer para poder crear una inteligencia que empiece su recorrido de convergencia con la nuestra, a la que podamos, en algún momento, decirle: seréis como dioses.

2 COMENTARIOS

  1. Magnífico artículo; pero…:

    Para qué crear artilugios mecánicos a nuestra imagen y semejanza, con nuestras mismas capacidades, si podemos perfeccionarnos genéticamente…?

    Quienes ostentan el verdadero poder no lo dejarán en manos de las máquinas.

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  2. Efectivamente, Catalina, pero hay consideraciones morales y éticas que me hacen tener más miedo a la vía genética, que a la vía cibor. Cuando en un ser humano sustituye un elemento disfuncional por una prótesis, estás actuando sobre una parte concreta. La genética es más imprevisible, y permite cambiar por completo el ser resultante. pero esto se merecería otro artículo. Ya veremos.

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