CARTAS SIN FRANQUEO (CLXXIV)- A VUELTAS CON EL AMOR

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Hablaba el otro día con mi amiga Sol, a propósito de un artículo sobre el “burnout” amoroso, sobre el amor, la amistad, la pasión y todos esos sentimientos, sobre todas esas emociones y sensaciones, sobre los que es más fácil pontificar que llevar a la práctica, de forma distendida, pero interesada. Es un tema bastante recurrente, señal de que está vivo, entre las personas que estamos en individualidad (me niego a utilizar el término singles) a partir de los sesenta, y que hemos empezado a vivir esa extraña etapa que algunos han empezado a llamar la “sexalescencia”.

 

Foto de Vladimir Fedotov en Unsplash

Solteros, viudos y separados, algunos de forma traumática, sobre todo los viudos, jubilados, o a punto de estarlo, con ganas de apurar el trago de la vida hasta escurrir el envase, en una forma física buena, o aceptable, con una situación económica que, sin llegar a la opulencia, permite ciertas licencias, y con ganas de quemar el mundo.

Venimos con experiencia, con experiencias, suficientes para que todo lo que nos rodea merezca una mirada detallada, una mirada forense y pormenorizada, que nos permita recapacitar sobre donde estamos, cómo, o desde donde, hemos llegado hasta aquí, y, sobre todo, al menos en pensamiento, hasta donde queremos, o nos atrevemos, a llegar, a vivir, a experimentar.

He hablado de mi amiga, “casimiga”, Sol, pero podría hablar de Marian, de Teresa, de Miguel, de Mar, de Isabel, de…, de tantos, casi todos, los que me rodean y buscan, la mayoría, la compañía de otros, sin comprometer la libertad que apreciamos. No todos, es verdad, también hay personas que buscan reproducir una relación como la que ya vivieron, pero, si juzgo por lo que vivo, son los menos. En este caso, de Sol son las contra respuestas que originaron estas reflexiones, diría que en voz alta, diré que a pluma abierta.

Pongo en contexto. Se llama “burnout” a la situación anímica en la que caen las parejas que no comparten otra cosa que una convivencia rutinaria y castrante, carente de un necesario aprecio mutuo y sentimientos, pero que por costumbre, por “buenas costumbres”, por falta de inquietudes, o por otros motivos, económicos, sociales, o religiosos, siguen compartiendo su mutua insatisfacción.

Pero vamos a la charla, que es lo que importa.

Una vez leído el artículo, planteaba Sol que por todo eso hemos pasado muchos, pero que  influye, en ese desenlace, el que la pareja no hayan conseguido ser amigos profundos, a la vez que amantes, porque cuando el enamoramiento se enfría no queda nada.

Posiblemente tiene algo de razón pero habrá que fijarse en que estamos en un momento especial, en un momento en el que tenemos la oportunidad de explorar nuevos caminos para los sentimientos, en un momento en el que el paradigma del sexo reproductivo, en nuestro caso no solo por paradigma, si no por transcurso natural, por edad, va dando paso al sexo placentero, sin objetivos, pero seguimos lastrados por una moral que nos inculcaron desde nuestra infancia, y que nos hace ver determinadas situaciones como nocivas, o como indeseables. No hablemos ya de falla moral, o de pecado.

Insistía Sol en esa idea que los románicos nos han dejado como herencia, y como lastre. “Para mí lo ideal es que el sexo surja en esa relación de amor. Hay gente que lo ve como aparte, algo desconectado del sentimiento amoroso, y puede ser, pero para mí pierde su esencia.

Posiblemente, Sol, no va desencaminada, según esa moral, ese concepto romántico del amor, pero la realidad es que esa confusión identitaria entre sexo y amor, surge de un error que la moral reproductiva nos ha impuesto. El sexo es una expresión del placer justificada como mecanismo de recompensa para favorecer la reproducción, o sea, la supervivencia de la especie, pero que se independiza de cualquier función instintiva en los animales más conscientes, y que en el caso de los hombres ha sido regulada por medio de las diferentes morales dominantes en las sociedades, para garantizar la supervivencia del estado, o la religión. Pero este concepto de utilidad social, va siendo superado por una sociedad que se encamina a una decadencia reproductiva, y productiva, por diversos motivos.

El amor, como camino al sexo, solo es una vía, la que más conviene a ese modelo reproductivo, pero el sexo, en una consciencia superior, en una sociedad más avanzada intelectual y éticamente, puede ser simplemente una respuesta a una afectividad sin cortapisas, a una afectividad limpia y sin barreras morales. Algo que surge en un momento, en unas circunstancias determinadas, que se consuma, y que no tiene por qué tener un objetivo de repetirse, de crear una estructura, un compromiso, ni por qué no tenerlo.

Sol, como si estuviéramos jugando una partida de ajedrez léxico, intenta cercar mi rey con un argumento clásico. “Sí, pero una cosa es el sexo sin más, y sin menos, y otra hacer el amor que debería de ser una unión de cuerpos y almas”, pero sucede, contra argumento yo, que ese amor de cuerpos y almas exige renuncias, exige compromisos, exige convivencias, y todos ellos lastran, a la larga, o a la corta, la afectividad real, porque suelen llevar aparejada la trampa máxima que asegure una estabilidad familiar, que es la base de las sociedades competitivas. Hablo de la fidelidad, mortaja y tumba de la verdadera afectividad. El amor solo poder existir, como todo lo auténtico, en libertad, pero esa libertad queda comprometida, anulada, por las concesiones y las convenciones, y entonces se cambia el amor por la rutina. ¿Podríamos tener esta conversación, formar este grupo, o decidir libremente nuestra actividad, desde una situación de convivencia cerrada? No. Estaríamos condicionados por lo que nuestra pareja pudiera opinar sobre cómo le afectan nuestras palabras, y esas palabras pasarían por los filtros, por la censura, de la convivencia.

No se rinde Sol, e intentar llevar mi argumento a su terreno. “La libertad es lo primero. Tú eliges libremente estar con esa persona, pero claro que hay un compromiso. Igual que con la amistad. Compromiso de conocimiento y crecimiento mutuo, de disfrute y apoyo…”, pero esa trampa de la libertad de renunciar a la libertad, apenas logra conmoverme. Es una trampa habitual que por repetida, tiene una respuesta rápida, no existe la libertad en un compromiso. La libertad no está sujeta a proyectos, solo es reconocible en cada momento, en cada decisión de cada momento. Y, si hablamos de amistad, en la amistad nunca hay compromiso, hay afecto, el que produce el placer, la apetencia, de estar con el otro, y en esto mismo, como es evidente, nos quedamos al borde del sexo.

Imaginemos una situación posible, mi vocación cuentista se impone. Están dos personas asistiendo a un evento emocional -un concierto, un espectáculo, un paisaje especial- y en un momento determinado surge una emoción de proximidad, esa sensación que todos conocemos, un roce especial que despierta apetencia de proximidad con el otro -un baile, un abrazo, una reacción espontánea, una canción que nos conmueve, …  Lo natural sería permitir que esa sensación fluyera, y llegara, o no, a consumarse,  pero no hay amor, no en el sentido de poner condiciones, premisas, proyectos, compromisos. Me parece más importante el momento que el proyecto, más relevante la emoción que el posible sentimiento, más efectivo el afecto que el amor. En esto, sin duda, me siento cigarra.

Claro que habrá quien pueda pensar, Sol, por ejemplo, que esa posible situación no tiene nada que ver con la amistad, ni con el amor que es de lo que se supone que estamos hablando, pero yo creo que sí, tiene que ver con la amistad. Es casi imposible que esa situación se dé sin que exista un afecto de base, tal vez no una amistad previa a la situación, pero que es casi inevitable después de ella. Sí, claro, Sol me lo recuerda, hay gente que se conoce en un momento determinado, en un lugar propicio, una discoteca, una red de contactos ad hoc, que surge una apetencia entre ellos, algo circunstancial, algo efímero, y tienen sexo, inmediato, y no se dan ni el teléfono, pero ese es otro sexo, buscado, y que no necesita de ningún tipo de afecto. Hay muchos tipos de sexo, afectivo, del que hablamos, comercial, no hace falta explicarlo, ocasional, como el que acabamos de comentar, institucional, el de parejas pactadas, y más… Insisto, yo, hasta ahora, solo estoy interesado en el afectivo. En tiempos pude incurrir en el ocasional, tampoco mucho, y jamás he practicado ni el comercial, ni el institucional.

Al final, y en esto las conclusiones han de ser personales, me da la impresión de que entre la moral que nos inculcaron, y la moral que los nuevos moralistas, censores, fundamentalmente del espectro político, y de todo signo, pretenden utilizar como mordaza contra nuestra libertad, podemos encontrarnos en la situación de que perdamos un tiempo que nos va faltando, para apurar la vida hasta que los sucesivos fondos que vamos encontrando tiendan a infinito. Vivir no se sabe cuánto dura, pero sí se sabe que lo que no se ha disfrutado, no vuelve, y el amor, es para amar, la amistad para sentirse pleno, la pasión para no medir, y el sexo para disfrutar cuando el cuerpo nos envíe las señales inequívocas de que el placer está a nuestro alcance. No importa si el sentimiento que lo activa es el amor, la amistad, la pasión, o un incipiente acercamiento a otra persona, lo que importa es si estamos preparados para gestionarlo, o seguimos sujetos a convenciones que nos fuerzan a rechazarlo, incluso a ignorarlo, o no reconocerlo.

De otros amores, más fraternales, más consanguíneos, más afectos que sentimientos, si os parece, hablamos en otro artículo. Y de la moral, de las buenas costumbres, de las renuncias, a ser posible, nunca.

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