CARTAS SIN FRANQUEO (CLXXII)- LA DISTOPÍA IV

EL ESTADO ACTUAL

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Pero al final, analizar e identificar el camino que nos ha llevado al lamentable, y distópico, estado de la sociedad, del que las continuas noticias sobre declaraciones y actitudes de líderes no muy diferentes de matones de barrio, o abusones de patio de colegio, no nos va a facilitar la salida de este estadio vergonzoso, vergonzosos son los actos y las mentiras de quienes detenten el poder intermedio, en el que nos encontramos por méritos propios.

Foto de Amir Arabshahi en Unsplash

Veía ayer, con interés, con añoranza, con desilusión, la magnífica película que trata sobre la vida de Bob Dylan, pero que retrata, en lo que no cuenta, la desesperación de una generación que tuvo en su mano cambiar el mundo, pero acabó siendo fagocitada por el sistema. Aquella generación, entre mediados de los sesenta, y mediados de los setenta, perdida en medio de anhelos, de logros, y de fracasos, de renuncias que el sistema propició manejando tiempos y comunicación, herramientas que siempre emplea contra cualquier alternativa que surja, y que intente aportar una nueva sociedad fuera de los dos polos que el sistema propicia: o democracia, o totalitarismo, ambos identificados en dos ideologías irreconciliables, como en tiempos del parlamento revolucionario francés, en izquierdas, de tendencia socialista, y derechas, de vocación liberal.

Ambas tendencias, cuyos extremos patrocinados, son el comunismo totalitario, y el totalitario fascismo, manejan los tiempos, las concesiones sociales en anhelos éticos y económicos, si es que son separables, y, sobre todo, manejan los valores que crean la confusión, una sociedad inerme, y un poder dispuesto a perpetuarse y decidir en cada momento cual de sus varias caras es la interesante para que el sistema pueda extraer el máximo provecho con  las mínimas concesiones posibles.

Para comprobar esto, que todos los sistemas que hoy por hoy están vigentes son el sistema, basta con analizar con un mínimo de rigor, e independencia intelectual, los objetivos de cada una de las facciones. La llamada derecha busca y propicia una élite económica que maneje el poder. La supuesta izquierda promueve y propicia una élite ideológica que se perpetúe en el poder. En ambos casos se pretende generar una subélite visible, de segundo nivel, que represente el poder, al poder, y que en caso de crisis, en caso de sublevación, en caso de revolución, ofrezca una salida ciega que permita al sistema absorber, con la cara contraria a la puesta en cuestión, ese movimiento y, con el tiempo a su favor, dormirlo e integrarlo en el sistema mismo, en el mismo sistema.

Algunos de los trastocados valores que conducen de forma inevitable a la distopía, y que son claramente patrocinados por ese poder difuso que, generado y modelando el mundo desde hace siglos, va manejando las sociedades, son:

Promover  una legalidad imponible, coercitiva, técnica, inabarcable e incomprensible, que vaya  sustituyendo el sentido de la justicia propiamente dicha.

Patrocinar, imponer,  un formato de solidaridad, y caridad, que en último término, maquille los anhelos, desigualdades, e injusticias sociales, y evite la consecución de una imprescindible equidad, de una inalcanzable justicia social.

Reconducir el sistema retributivo, de tal manera que se vea mejor recompensada la especulación, el medraje, la labor improductiva, que el esfuerzo, o que la valía y contribución real a la sociedad. De tal manera que el mérito acabe siendo sospechoso y perseguible.

Lograr que toda acción moral, o ética, se vea como consecuencia de una obligación coercitiva, que soslaya, que hace prescindible, el compromiso del individuo con sus valores, y que, llevado al límite, imponga la moral sobre la ética. Esta forma de ordenar la sociedad, de formar y educar a los individuos, les lleva a obedecer la norma por temor represivo, sin que la convicción de su idoneidad, o necesidad real, sea finalmente importante.

Imponer el relato, la exposición de los hechos adaptados a la conveniencia del momento, la revisión de lo acontecido sobre lo realmente sucedido, la ética comparativa que permite justificar cualquier acto como consecuencia de alguno semejante ya sucedido, afrontar cualquier daño o renuncia claramente nocivos, como consecuencia de la lucha contra un mal mayor anunciado por el favorecido, sobre la verdad. Imponer una banalización del lenguaje retorciendo los conceptos, las palabras, hasta que su significado sea tan interpretable que no signifique ninguna de ellas nada concreto, o pueda llegar a significar cualquier cosa que el sistema necesite en cada momento, incluso que su significado utilizable sea absolutamente contrario a su significado original, semántico.

Favorecer el acatamiento sobre la comprensión, sobre el análisis, sobre la crítica, o el cuestionamiento de las acciones, normas y leyes que el poder promueva.

Alienar, o sea, alinear al individuo en grupos cautivos de sistemas de pensamiento colectivos, que mediante el fanatismo, la asunción de la colectividad sin cuestionamiento, la definición de unos objetivos comunes fuertemente implantados en la sociedad, que permitan la eliminación sistemática, su banalización, del librepensamiento, o pensamiento individual, que sea capaz de cuestionar una colectivización tendente al pensamiento único, cautivo. La primera consecuencia de este alineamiento ideológico es el desarrollo en el individuo de una necesidad de sometimiento al sistema que acaba anulando cualquier atisbo de libertad real, individual. Una herramienta importante para lograrlo, es demonizar al individuo en aras de una colectividad que garantice, que pretenda garantizar, de forma cómoda y decadente, eliminando el compromiso y el esfuerzo, una forma de vida claramente mediocre, pero aparentemente confortable.

Y este, en resumen, podríamos decir, que es el estado actual de la sociedad, a nivel mundial. Un mundo dividido, más en apariencia, que en realidad, entre tiranías de cualquier signo, y democracias nominales, vaciadas de sus virtudes y esencias, hasta hacerlas inoperantes para los fines que predican, indignas de ser llamadas tales. Máscaras que aparentan un funcionamiento, unos objetivos, que su propio funcionamiento, que los resultados obtenidos con el transcurrir del tiempo, que sus métodos, desmienten. Democracias con apellido que lo único que mantienen del sistema original es el hecho de votar, aunque entre falseamiento de recuentos, disciplinas de voto, falta de separación de poderes, incumplimientos sistemáticos de los programas presentados, o, en la mayoría de los casos, implantación del frentismo como método para dividir y debilitar a la sociedad, sin los recursos, sin las garantías mínimas para evitar bandazos, asaltos,  como el acontecido en las últimas elecciones de EEUU de América del Norte, como el acontecido en Alemania con Hitler, en Italia con Mussolini, en Venezuela con Chaves, o Maduro, y en tantos otros lugares, en tantos momentos de la historia reciente, estas democracias se acaben convirtiendo en la herramienta que va vaciando las esperanzas, que va anulando las posibilidades de ser el camino para poder salir de la pesadilla distópica y alcanzar una sociedad más justa, más equitativa, más libre.

Hay dos frases habituales en el movimiento del mayo del 68, que nos pueden poner en la pista de la esperanza. Solo las voy a enumerar, sin comentarlas, porque cada uno, cada lector, cada ciudadano, cada persona, debe de entender su significado, y pensar si es el momento de buscar la salida, o sigue el tiempo de acomodo. “Cien mil millones de moscas no pueden equivocarse, coma mierda”. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”

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